ENTREVISTAS

Es uno de los grandes bajos de la actualidad. Desde su debut en 1986, ha actuado en los principales escenarios del mundo. Este mes regresa al Liceu de Barcelona como Fiesco de Simon Boccanegra, el mismo papel con el que debutara en el Gran Teatre en 1986, ahora en la producción de José Luis Gómez y bajo la batuta de Massimo Zanetti. Furlanetto Acompañará a Plácido Domingo en la celebración de los 50 años del debut español del artista madrileño, precisamente en el coliseo liceísta.
 
 
Celia MAZA DE PABLO
ÓPERA ACTUAL 190
(ABRIL 2016)
 
 
 
Los críticos alaban su potencia vocal y su capacidad interpretativa. Fue Herbert von Karajan el culpable de que la carrera –y la vida– de Ferruccio Furlanetto (Sacile, 1949) cambiara de la noche a la mañana. Conoce muy bien a Fiesco, y lo disfruta, porque el control absoluto de su voz le permite concentrarse en la actuación, y eso es, al fin y cabo, su propósito: “Ser un actor-cantante”. Su regreso este mes al Liceu barcelonés con este personaje de Simon Boccanegra será una ocasión especial, porque coincide con el 50º aniversario del debut de Plácido Domingo en España y en el Gran Teatre –a quien acompañará en la obra verdiana–, artista al que admira y respeta. Lo confiesa durante una larga conversación mantenida en Londres con ÓPERA ACTUAL en la que no mira ni una sola vez al reloj, prestando siempre toda su atención. Todo un caballero. Como Don Quijote, su personaje favorito.
 
ÓPERA ACTUAL: Este será un Boccanegra muy especial para Domingo...
Ferruccio FURLANETTO: Sí, y estoy muy orgulloso de celebrar este aniversario con él. Cuando tienes al lado a alguien tan experimentado, tan artista como Plácido, todo es muy genuino. Le conocí al inicio de mi carrera, en Nueva York, en 1989. Después de cantar tantas veces juntos, es un auténtico placer estar con él en esta ocasión.
 
Ó. A.: ¿Qué opina del cambio de registro que ha hecho Domingo?
F. F.: Él siempre dijo que empezó como barítono, por lo que volver a su registro original habrá sido una evolución natural... Cuando alcanzas cierta edad es difícil mantenerse en según qué registros. Este cambio es una buena posibilidad para permanecer en el mundo de la ópera. Si eres cantante resulta muy difícil parar. Es algo que llevas dentro. Y si tienes que parar como tenor pero tienes la oportunidad de continuar como barítono, ¿por qué no hacerlo?
 
 
Ó. A.: ¿Qué le seduce de Fiesco?
F. F.:Su aria está magníficamente escrita. Es muy interesante ver la evolución de Verdi: en un principio sus personajes están más pensados para barítonos, pero después hay papeles cien por cien para bajo. Es el caso de Fiesco.­ Solo si no tienes dificultades vocales puedes meterte en el personaje. Esto es lo importante: solo si tu voz está bajo control podrás moverte y respirar como Fiesco.
 
Ó. A.: Dice que cada vez que interpreta un personaje es diferente.
F. F.: Es que debe ser diferente. Como cantante debo ser un filtro entre el compositor y el público. Tengo que interiorizar el personaje y la música bajo mi piel, sentir su historia como si fuera la mía, su amor, su dolor. Yo fui muy afortunado porque durante mi juventud crecí con increíbles directores musicales y de escena que me enseñaron a ser un actor-cantante. Todos los personajes que he hecho durante los últimos años son precisamente eso, papeles en los que por supuesto la técnica es importante, pero en los cuales la interpretación resulta clave. Hablamos del rey Felipe II, de Don Quijote, de Boris Godunov...­ Roles para los que primero tienes que digerir la partitura y luego procurar ser honesto con el papel. Solo si vives realmente el personaje puedes transmitir cada día algo diferente al público. Tu papel es ser el intermediario entre una obra maestra y el público.
 
Ó. A.: ¿Cómo un estudiante de Ingenie­ría de Montes acaba cantando ópera?
F. F.:Mi bisabuelo era un fanático de la ópera. Cuando yo era pequeño, tenía una especie de voz de tenor y él me enseñó Il Trovatore. Y yo cantaba por darle el gusto; cuando crecí no tenía el más mínimo interés por la ópera. Mi adolescencia coincidió con un momento increíble para la música pop y yo tenía un grupo, era cantante y guitarrista. Pero nunca me gustó el ambiente. No era para mí. Mientras tanto seguí estudiando. Sentía verdadero amor por la naturaleza, pero al mismo tiempo seguí el consejo de mi tía materna de intentarlo con la ópera. De alguna manera sentía que tenía que hacer algo con mi voz, era un don. Empecé con el maestro Campogalliani, que enseñó también a Pavarotti, Freni, Scotto y a todos los grandes nombres italianos de esa generación.  Un año más tarde debuté en un pequeño y hermoso teatro en Lonigo, cerca de Vicenza. Hice Sparafucile con solo tres días de ensayo. Seis meses más tarde llegó Colline en Trieste, con un muy joven Josep Carreras y con Katya Ricciarelli. Fue maravilloso.
 
Ó. A.: ¿Cuáles eran sus ídolos?
F. F.: Cesare Siepi, que tenía esa voz increíble y mediterránea. Fue probablemente el mejor Don Giovanni. Cuando estaba empezando me encantaba ese repertorio y él me guió hasta allí. Y el otro era Boris Christoff, con quien canté mi segunda ópera, un Don Carlo en Turín. Él era Felipe II. Siempre me fascinó, no solo porque era un intérprete sensacional y un gran actor en el escenario, sino también por su técnica vocal.
 
Ó. A.: ¿Recuerda cuándo dejó de ser una promesa para ser una realidad?
F. F.: Sí, perfectamente. Fue en 1986 con Felipe II en el Festival de Pascua de Salzburgo, bajo la batuta del gran Herbert von Karajan. Yo estaba como suplente y quien tenía que hacer el papel se puso enfermo. Karajan con un simple chasquido de dedos podría haber conseguido a quien quisiera, pero me escogió a mí. Fue todo muy rápido, tanto que no me dio tiempo a ponerme nervioso. Minutos antes de empezar el maestro me dijo que hiciera el aria como la había hecho para él años atrás, en mi primera audición. Todo salió muy bien. Aquella noche el mundo supo que había nacido otro bajo. Karajan tenía ese poder que nadie tiene ahora.
 
Ó. A.: ¿Qué supuso él en su carrera?
F. F.: Karajan fue el responsable de que yo diera el salto definitivo. Probablemente yo podría haberme construido una carrera igualmente buena, porque ya estaba cantando en Milán o Nueva York, pero haber sido elegido por Karajan supuso un gran empuje.
 
Ó. A.: Los años que pasó cantando Mozart también los define como claves.
F. F.:Sí. Estuve cantando principalmente Mozart durante 25 años. Considero que es un medicamento sorprendente, porque no hay otra manera de cantarlo si no es con una técnica natural, sin tratar de ser más viejo, más canalla o lo que sea. Mozart preservó mi voz como ningún otro repertorio lo habría hecho. Y cuando físicamente ya no podía hacer determinados papeles –porque ya no puedes correr como antes–, volví a mi repertorio original, a Verdi. Me encontré con 54 años con la frescura vocal que no tenía en mis treinta. Podía hacer incluso papeles que, sin Mozart, no habrían sido posibles. Felipe II, Don Quijote, Fiesco, Boris... Solo si posees el absoluto control de tu voz puedes disfrutar con estos personajes.
 
Ó. A.: ¿Por qué dice que Don Quijote es su favorito?
F. F.: Es un personaje ideal. Todo hombre debería ser un Don Quijote al menos durante tres horas de su vida. Es alguien que está totalmente enamorado de todos, de la naturaleza y la poesía. Es amor puro. Es sensacional. Son inimaginables las reacciones que provoca en el público. La belleza del personaje va directo al corazón.
 
 
Ó. A.: Los compositores rusos también ocupan parte de su repertorio.
F. F.: Me encantan, y como bajo te ves obligado a entrar en este mundo porque la mayoría de los papeles más importantes del repertorio ruso están escritos para mi cuerda. Además, a pesar de que el ruso y el italiano no tienen nada en común, cuando se trata de cantar, ambos están basados en las vocales, aunque requiere mucho estudio y disciplina. Pasé tres años estudiando ruso antes de mi debut en esta lengua, en 1993.
 
Ó. A.: ¿Qué opina de las producciones polémicas de los actuales directores de escena?
F. F.: Me parece realmente doloroso lo que ocurre. Yo tuve la suerte de crecer entre grandísimos profesionales que ponían todo su talento al servicio de la ópera. Ahora hay gente que viene del teatro, del cine o de musicals que utilizan la ópera para su propio interés, ya que es un mejor mercado que los anteriores. Antes, en los créditos, estaba el título de la ópera seguida del director de orquesta y de los cantantes. Ahora, en grande, aparece el director de escena. Después de más de 42 años en esto, aún sigo sin comprender por qué los directores de escena pretenden convertirse en protagonistas. No lo son. En ópera, lo más importante es la música y las voces al servicio de esta música. Si luego, además, tienes una buena puesta en escena, eso es un extra, pero no debe ser lo más importante.
 
Ó. A.: ¿Se ha sentido incómodo en una producción por la regia?
F. F.: Intento no participar en producciones en las que puede haber un riesgo. Pero una vez sí que estuve haciendo unMacbeth terrible. Fue en París. Me encontré en una posición muy desagradable: quedarme y hacer el papel por dinero, como una prostituta, o irme y perderlo todo. Finalmente me quedé y la verdad es que me sentí miserable durante mucho tiempo porque sentía que había insultado a Verdi, a la música y a mi profesión. Desde entonces tengo una lista de gente con la que no quiero trabajar, personas que saben que la única manera de que se hable de ellos es siendo trasgresores. Los cantantes están en manos de gente que les trata como marionetas y que están destruyendo nuestra profesión. Si tuviera que empezar ahora en esto, estaría muy preocupado.
 
Ó. A.:¿Ve peligrar el futuro de la ópera?
F. F.:No por esta razón, ya que la ópera siempre será una increíble forma de arte. Incluso cuando uno se encuentra con producciones terribles, siempre puedes cerrar los ojos. El cantante siempre intentará dar lo mejor de sí, actuar como filtro de la música para llegar al público. Es una pena, pero sí: siempre podrás cerrar los ojos.
 
Ó. A.:Y su futuro, ¿cómo lo ve?
F. F.:Quiero continuar siempre y cuando siga sintiendo satisfacción y disfrute con lo que hago. Cuando comience a fatigarme, ya veremos qué camino tomo. Muchos colegas se dedican luego a la enseñanza, pero no creo que por ser un buen cantante tengas que ser un buen profesor. Yo, por ejemplo, no tengo ese don. Decidir quién tiene voz y quién no es una gran responsabilidad. Hubo un tiempo que pensé dedicarme a ayudante de dirección de escena, pero tal y como está ahora el panorama no creo que sea una opción para mí.
 
Ó. A.:¿Cómo le gustaría ser recordado?
F. F.:Sinceramente, eso no me preocupa. Me gusta ser hoy considerado un actor-cantante, un intérprete con el cien por cien de control de su voz para interpretar al cien por cien el personaje. 
 
 
SIMÓN LICEISTA
Simon Boccanegra, de G. Verdi
12, 17, 22, 23, 25, 26, 28 y 29 / IV.
 
Simon Boccanegra: Leo Nucci (12 y 17) / Giovanni Meoni (22, 25 y 28) / Plácido Domingo (23, 26 y 29).
Amelia Grimaldi: Barbara Frittoli (12, 17, 22, 25 y 28) / 
Davinia Rodríguez (23, 26 y 29). 
Gabriele Adorno: Fabio Sartori (12, 17, 22, 25 y 28) / 
Ramón Vargas (23, 26 y 29). 
Jacopo Fiesco: Vitalij Kowaljow (12, 17, 22, 25 y 28) / 
Ferruccio Furlanetto (23, 26 y 29). 
Paolo Alban: Àngel Òdena (12, 17, 22, 25 y 28) / 
Elia Fabbian (23, 26 y 29).
 
Dir.: Massimo Zanetti. 
Dir. esc.: José Luis Gómez
 
 
 
 
 
 
 
 
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