ENTREVISTAS

Acaba de triunfar con su Macduff en su debut en el Palau de les Arts de Valencia junto al Macbeth de Plácido Domingo. Pero Giorgio Berrugi se siente más cerca de Rodolfo de la Bohème, papel que ha interpretado en la Deutsche Oper de Berlín, el teatro San Carlo de Nápoles, la ópera de San Francisco o la Fenice de Venecia. Entre enero y febrero el tenor de pisa cantará el rol pucciniano por primera vez en España, en la ópera de Oviedo y en la producción de Emilio Sagi.
 
Sergio SÁNCHEZ
ÓPERA ACTUAL 187
(ENERO 2016)
 
 
 
Solo unas semanas después de su debut operístico en España como Macduff de Macbeth en el Palau de les Arts de Valencia (ver crítica en pág. 50), Giorgio Berrugi regresa ahora para protagonizar La Bohème en la Ópera de Oviedo. El tenor italiano, que en Valencia cantó en 2013 el Réquiem de Verdi, es un caso atípico en el que vale la pena profundizar.
 
ÓPERA ACTUAL:Usted es un intérprete poco conocido en España a pesar de que ya ha cantado en importantes teatros internacionales. ¿Puede presentarse al público español?
Giorgio BERRUGI: Soy músico y padre. Empecé a cantar hace poco tiempo y antes de ello era clarinetista en una orquesta sinfónica. Antes de eso estudiaba filosofía y me pagaba los estudios haciendo de barman. Debuté en 2008 con el Rodolfo de La Bohème en La Fenice de Venecia, estuve formándome durante tres años con la compañía de la Semperoper de Dresde y no tardé mucho en empezar la carrera internacional.
 
Ó. A.: ¿Qué le hizo cambiar su carrera habiendo ya cumplido los 28 años?
G. B.: Siempre había sido consciente de mis posibilidades vocales, pero de niño escogí el clarinete. No obstante, y tras haber visto cumplido mi sueño de tocar el gran repertorio sinfónico, acabé comprendiendo que la orquesta no era el mejor sitio para mí: era demasiado curioso, exuberante y rebelde y tenía la sensación de que tenía que hacer algo más. Entonces llegué incluso a pensar en dejarlo todo y dedicarme al jazz.
 
Ó. A.: ¿Qué tiene la ópera para hacerle dejar el clarinete?
G. B.:El canto es maravilloso porque es la expresión de un instrumento hecho de cuerpo y alma. Aquí lo que vibra no es una boquilla o una cuerda de metal, sino tus propios huesos y tu propia carne. La ópera te da la oportunidad de vivir otras vidas y la de ser por unas horas un rey, un revolucionario o un poeta.
 
 
Ó. A.: ¿Cómo condicionó su formación musical la decisión de estudiar canto?
G. B.: Tuve que aprender a tocar un instrumento nuevo y experimentar mucho a nivel técnico, pero mi nivel artístico tenía ya una cierta identidad. El empezar relativamente tarde me ha ayudado a mantener una cierta humildad de base y a gestionar bastante bien la presión.
 
Ó. A.: También se interesó en algún momento por la música electrónica.
G. B.: En mi etapa juvenil estaba más interesado en el jazz y en el rocky en mis primeros pasos como clarinetista trabajé con obras de Stockhausen, Maderna o Cage. Mi trayectoria profesional quizá sea atípica, pero también me ha supuesto una apertura mental importante al conocer primero la música del presente y desde allí regresar a sus raíces. La ópera es algo radicalmente distinto, algo basado en la acción dramática y en la vida humana. Si en la música culta la búsqueda espiritual puede formularse en términos abstractos, en la ópera los valores están siempre ligados a la humanidad, a sus emociones y a sus contrastes.
 
Ó. A.: Su etapa de formación con la Ópera de Dresde es también algo poco usual en un cantante italiano.
G. B.: En Italia con la ópera pasa lo mismo que en el fútbol: todos se sienten entrenadores y conocen la lírica mejor que los cantantes. El poder ir a Alemania fue para mí una gran suerte, porque allí pude equivocarme, levantarme otra vez y mejorar sin tener tanta presión encima. Pero sobre todo pude progresar técnicamente siguiendo mi propia personalidad y mis necesidades expresivas, lo que en Italia no hubiese podido hacer.
 
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“En Italia con la ópera pasa lo mismo que
 
en el fútbol: todos se sienten entrenadores
 
y conocen la lírica mejor que los cantantes”
 
 
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Ó. A.: Llega a Alemania alrededor de 2010, sin conocer el idioma y destinado a cantar los roles italianos, y se encuentra con que en el plazo de un mes tiene que participar en el estreno de la Gisela de Henze. ¿Cómo afrontó ese desafío?
G. B.: Ahí sí hubo presión, porque a pocas fechas del estreno todavía seguían llegando nuevas páginas de la ópera. Ensayaba durante todo el día y por las noches repasaba la pronunciación y descifraba la música nueva. Pero el tener que crear un nuevo personaje representa siempre un gran privilegio.
 
Ó. A.: ¿Cómo afronta el estudio de nuevos papeles?
G. B.: Soy inquieto y un voraz devorador de música y es cierto que he debutado muchos roles nuevos en poco tiempo. Lo he hecho sobre todo por curiosidad, por el deseo de explorar la potencialidad de mi instrumento y para experimentar con papeles de características distintas. Pero no he querido arriesgarme a cultivar un repertorio más dramático y he rehusado todo lo que considero poco adecuado a mi temperamento o a mi instrumento. El estudio de un nuevo rol empieza con descifrar la parte musical y ponerla en relación con el tejido orquestal, cosa fundamental porque en la ópera la palabra ha de estar estrechamente vinculada a la orquestación y el ritmo. Luego empieza la investigación musicológica, momento en el que se puede empezar a recitar el texto buscando soluciones para los distintos estados de ánimo; cuando un rol ha sido excavado a fondo, no hay problemas para ponerlo en voz y ello se consigue en pocas semanas. Los problemas surgen si se decide olvidarse de la dramaturgia y crear solo efectos circenses. En ese caso el canto se convierte solo en una proeza atlética y queda desligado del componente artístico.
 
Ó. A.: ¿Hacia qué repertorio cree que evolucionará su voz?
G. B.:En los próximos años quisiera profundizar en papeles que ya he debutado, como los del primer Verdi o Hoffmann, y quizá pueda añadir algún rol francés de Massenet, sin dejar de hacer Bohèmes para divertirme con los amigos. No sé que será de mi voz en el futuro, pero estoy convencido de que las cuerdas vocales han de someterse a un pensamiento artístico. Lo más importante es que la mente se mantenga abierta.
 
Ó. A.: ¿Con qué compositores siente más afinidad?
G. B.: Mi ópera preferida es Simon Boccanegra y en general me gusta mucho Verdi, pero suelo escuchar todo tipo de música, especialmente del repertorio sinfónico y camerístico. Ahora mismo me siento especialmente atraído por autores nórdicos contemporáneos como Rautavaara o Arvo Pärt. La lírica forma parte de mi vida cotidiana y cuando la escucho es difícil que me abandone a ella, pues siempre estoy buscando puntos de análisis o de investigación.
 
Ó. A.: Rodolfo es un perdonaje emblemático. ¿Cuál podría ser el secreto de este papel, que ha despertado el entusiasmo de tantas generaciones?
G. B.: La Bohème es la ópera de la juventud, de los primeros amores y de la libertad. Esta levedad despreocupada que contrasta fuertemente con la amargura de la muerte de Mimì es lo que fascina al público cualquiera que sea su edad. Puccini se presta a distintos enfoques: su lirismo romántico y la orquestación potente podrían inducir a las versiones más pomposas y divísticas, pero aunque la relación con Wagner no puede obviarse Puccini no es un compositor sinfónico, sino de teatro, y sus prelaciones, como en Verdi, están claras: la dramaturgia ante todo. Creo que si sacrificamos un poco el carisma y el carácter mítico de los personajes en favor de un frescor neorrealístico, especialmente en casos como el de La Bohème, podremos ser al mismo tiempo modernos y fieles a la idea del compositor.
 
 
 
 
 
 
 
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