Teatro Calderón
Recital Lucía MARTÍN
Obras de Fauré, Hahn, Dell´Acqua, Delibes, García- Abril, J. Turina, Ortega, García Leoz, Guridi y Moreno Torroba. Irene Alfageme, piano. 10 de marzo de 2017.

Lucía Martín e Irene Alfageme, en Valladolid © Teatro Calderón / Beatriz García
 
 
La soprano Lucía Martín y la pianista Irene Alfageme escogieron un programa lleno de pequeñas joyas para este recital de Juventudes Musicales de Valladolid, y su gran virtud estuvo en cómo lograron profundizar en ellas. Especialmente afortunada resultó su interpretación de las canciones españolas, en concreto las Canciones de Valldemosa de Antón García-Abril, los Tres sonetos de Joaquín Turina y Memento de Miquel Ortega. En el caso del primero ambas transcribieron magníficamente las armonías transparentes y frescas de sus canciones. Martín pasó del delicado lirismo de “Agua me daban a mí” a la suma de las características mencionadas con un dramatismo contenido en “A pie van mis suspiros”, allí donde las dos intérpretes se potenciaron. No menos conseguido resultó el Tríptico de Canciones de García Leoz. En la jocosa “A la flor, a la pitiflor” ambas intérpretes dieron la sensación de que estaban realizando un refrescante y bien acompasado dúo a dos voces. Con Memento surgió un canto spianato y una declamación de tanta intención e intensidad que Martín consiguió meterse en la piel de la emotividad lorquiana en torno a la muerte.
Comenzaron el recital con las Cinq mélodies “De Venise” de Fauré, que llenaron de sugestivos pequeños efectos a base de recrearse en sus modulaciones. La seducción, la expresión que surge a través de las agilidades y la coloratura se hicieron muy patentes en la versión de “À Chloris” que interpretó la soprano. Efectos parecidos aunque desde una perspectiva diferente se escucharon en Les filles de Cadix de Delibes.
El recital concluyó con zarzuela, concretamente con una joya como la Romanza de Mirentxu de Guridi, interpretada con un afortunado canto legato y no pocas dosis de sutileza. En cuanto a la Romanza de Valentina de La marchenera la cantante la interpretó con gusto, aunque pudo darle mayor desparpajo.
Martín hizo aflorar un universo lleno de matices, en base a una técnica muy depurada, puesta al servicio de la naturalidad. La cantante conjugó un dominio considerable de la pausa, unos ataques en piano nítidos, un rubato con el que acentuó los efectos, un fraseo y una dicción que hizo que se le entendiera el texto en todo momento, de manera proverbial en las canciones españolas, y un registro central amplio y bien asentado, desde el que se proyectaba al agudo sin estrépito. Mientras que Alfageme se mostró como una pianista comunicativa, que combina soltura y rigor estilístico, y que al tiempo que se plegó a la voz no dejó de lado las enormes posibilidades del piano, como se percibió en Turina.
En una sala llena, acústicamente tan seca y poco generosa, Lucía Martín e Irene Alfageme ofrecieron un recital basado en una proverbial musicalidad, que concluyó con dos obras fuera de programa. * Agustín ACHÚCARRO
 
 
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