Angers-Nantes Opéra
Mozart Le nozze di Figaro
Andrè Schuen, Nicole Cabell, Peter Kálmán, Hélène Guilmette, Rosanne van Sandwijk, Jeannette Fischer, Fulvio Bettini, Gilles Ragon, ÉricVignau, Dima Bawab. Dirección: Mark Shanahan. Dirección de escena: Patrice Caurier y Moshe Leiser. 6 de marzo de 2017.
 
Dos detalles del montaje de Moshe Leiser y Patrice Caurier de Le nozze di Figaro © Angers-Nantes Opéra
 
Fieles al modus operandi que se impusieron ellos mismos, los directores de escena Patrice Caurier y Moshe Leiser concibieron esta puesta en escena escuchando la música de la obra. Al tiempo, adoptaron un hilo conductor presente en la obra de Pierre Caron de Beaumarchais, origen del libreto de Lorenzo da Ponte: la personalidad del paje Cherubino y sus andanzas. Su simplicidad y su voluntad monolítica y obsesiva de poseer a todas y cada una de las mujeres de la obra provoca en esta trama, una tras otra, intrigas matrimoniales y extramatrimoniales, sustos y sorpresas –algunas al límite del descoco– en una forma de teatro de enredo que anticipaba en más de un siglo el théâtre de boulevard. Deus ex machina de las locuras de aquel día loco, en la visión de Leiser y de Caurier –como en la de Beaumarchais– todos los personajes acabaron en paz y armonía aparentes, pero también con un gran recelo, insatisfacción, sospechas y ocultos deseos de venganza unos contra otros. Estas transformaciones se manifestaron en las actitudes dramáticas de los cantantes, muy bien trabajadas porque estuvieron bien preparadas por Leiser y Caurier, pero también por la soberbia escenografía de Christian Fenouillat. Bien apoyada en la iluminación de Christophe Forey, fueron, una y otra, decisivas en el éxito de la noche. En particular produjo un gran efecto el hecho de que el jardín del acto final, en el que se perdieron los personajes, se fuese tejiendo lentamente, insidiosamente, en el interior mismo de la casa de los Almaviva en cada aparición del paje.
 
Si Cherubino fue la base de la concepción visual del espectáculo, el personaje de Susanna fue capital en el desarrollo de la historia. Helène Guilmette lo afrontó sin complejos, con una emisión clara y una personalidad fuerte; se transfiguró al final adaptando maneras distinguidas, señoriales, sin ostentación, con el vestido de la Condesa. Aplaudió el público a Peter Kálmán, un Fígaro de físico inesperado, totalmente calvo, robusto, algo envejecido por el maquillaje; gracias a su voz potente y a la claridad de su dicción mantuvo bien alta la importancia del personaje. La voz de Nicole Cabell (Condesa), de espectro muy amplio, pareció más apta para defender la música del siglo romántico, pero gracias a ella adquirió el personaje profundidad, calor, feminidad y verosimilitud. Andrè Schuen (Almaviva) quedó muy en su lugar, de patán de alta cuna a pesar de sufrir esta noche una inoportuna traqueítis. Rosanne van Sandwijk (Cherubino) se expresó con un notable instrumento vocal, flexible y expresivo. Todos los demás artistas se mostraron a la altura de las circunstancias. Salúdese la pureza de canto de los brevísimos coros, aunque sea solamente para honrar el trabajo del español Xavier Ribes. * Jaume ESTAPÀ

 
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