Opéra Royal de Versalles
Luigi Rossi ORFEO
Judith van Wanroij, Francesca Aspromonte, Giuseppina Bridelli, Giulia Semenzato, Nahuel Di Pietro, Ray Chenez, Dominique Visse, Víctor Torres, Marc Mauillon, David Tricou. DirecciónRaphaël Pichon. Dirección de escena: Jetske Mijnssen. 3 de marzo de 2017.
 
La Opéra Royal de Versalles importó el montaje de Orfeo firmado por Jetske Mijnssen de la Opéra National de Lorraine © C2IMAGES

Mucho se ha debatido sobre las transformaciones profundas que algunos directores de escena adoptan para poner al día una obra. ¿Qué se dirá entonces de la transformación en profundidad que el abad Francesco Buti, autor del libreto, operó sobre la historia de Orfeo en ersta ópera de Luigi Rossi? ¿Cómo aceptar que, en el espectáculo de tres horas de duración –el original duraba seis– el principal personaje sea Aristeo –un pretendiente desafortunado de Euridice– y que la serpiente muerda el pie de la recién casada solo al cabo de una hora y cincuenta minutos? Rossi compuso su Orfeo a petición del cardenal Mazarino, a la sazón regente del trono francés, que pensó con ello consolidar su prestigio y el de Francia y, de paso, dar indicaciones de lo que iba a ser su gobierno. Mazarino fue pues quien condujo la pluma de Francesco Buti con fines políticos, poco o nada comprensibles hoy. Cúlpese al cardenal de las libertades tomadas por el abad escribano sobre la inmortal historia. La obra se estrenó en París en 1647 y obtuvo un éxito rotundo, según parece, por la originalidad del género –la ópera era entonces un género desconocido en Francia–, por sus dimensiones –vocales y orquestales–, por el trabajo de la maquinaria utilizada y por la calidad de sus intérpretes, una gran mayoría de los cuales eran castrati. Una parte del coste de la producción se sufragó ordenando un impuesto ad hoc. Los tiempos cambian.
La versión presentada a primeros de marzo ciertamente impresionó, pero no por las mismas razones: subyugó al público la música de Rossi por la densidad de sus armonías, la variedad de sus recitativos y por la riqueza de sus líneas de canto. La orquesta y el coro Pygmalion, dirigidos por Raphaël Pichon, su creador, mantuvieron la tensión dramática y el respirar lírico necesarios para hacer plausible, y pues posible, la continuidad del relato. Brillaron, sí, las voces, pero lo que apreció mayormente el público fue el ingenio de la sencilla puesta en escena de Jetske Mijnssen, centrada más en el trabajo dramático de sus actores que en la maquinaria del lugar puesta a su servicio. Por fortuna fue la voz de Giuseppina Bridelli (Aristeo, el infortunado pretendiente), potente, segura, masculina, flexible, la que más atrajo el interés general. También Judith van Wanroij dio de Orfeo una versión técnicamente perfecta, y si Francesca Aspromonte (Euridice) dudó en algunos momentos al inicio de su trabajo, alcanzó niveles óptimos en las escenas críticas como la de su muerte y las de sus intervenciones desde el otro mundo. Capítulo aparte mereció el trabajo vocal y dramático de Dominique Visse en el papel de Vecchia en un disfraz de la propia Venus aconsejando a Euridice que aceptara los ruegos del insistente pretendiente. * Jaume ESTAPÀ
 
 
 
 
 
 
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