CRÍTICAS

Montpellier
Opéra Comédie
Rossini ARMIDA
Karina Deshayes, Enea Scala, Edoardo Milletti, Darío Schmunk, Daniel Grice, Giuseppe Tommaso. Dirección: Michele Gamba. Dirección de escena: Mariame Clément. 28 de febrero de 2017.
 
Mariame Clément montó Armida en Montpellier © Opéra Comédie / Marc Guinot
 
Michele Gamba atacó la obertura con el espíritu bélico de las tropas cristianas a la conquista de Jerusalén. Los metales y la nutrida percusión sonaron el alalí con un frenético desespero que las cuerdas no lograron calmar. Solamente la escenografía –un simple terreno de sport– apaciguaba los ánimos al levantarse el telón. Siguió el chef en sus trece, hasta la entrada de Rinaldo obligando a tutti quanti a elevar la voz más de lo debido. Algo calmaron los ímpetus de la batuta de Gamba los dos compinches –Ubaldo y Carlo– en el cuadro final, pero en cuanto desaparecieron volvió el chef a las andadas.
 
Mariame Clément, no paró de dar una en el clavo y otra en la herradura, pasando de la tropa de cristianos al equipo de fútbol, supuestamente de Francia puesto que Rinaldo, disfrazado de Zinedine Zidane con el número 10 en la espalda, mata a Gernando de un cabezazo. La desestructuración de las obras de antaño desvía la atención del público, facilitando así el trabajo del nuevo narrador, cuya dificultad principal, no se olvide, reside en mantener la atención en la continuidad del relato, no en su truncamiento. Desorientados en su trabajo dramático por la puesta en escena, totalmente apabullados por el frenesí del foso, los cantantes no tuvieron más remedio que elevar el volumen de sus voces. Si el efecto en algo favoreció al coro –el masculino en particular– tuvo consecuencias negativas para los solistas. En particular para Armida, la maga interpretada por Karine Deshayes: la soprano, al forzar la voz, endureció la línea de canto y sustrajo lirismo a la historia de amor. Cierto que cumplió en los pasajes de coloratura y mostró que estaba en plena posesión del personaje, pero el tono mandón de la orquesta y la falta de continuidad de la puesta en escena, deslucieron su interpretación. En la bellísima aria final, no faltó el spot de luz con el que se fija habitualmente la atención del público al cantante de varietés.
 
Lo mismo se dirá del trabajo de los cinco tenores que la acompañaron. De todos ellos fue Enea Scala (Rinaldo) quien quedó más malparado: a pesar de sus esfuerzos visibles pidiendo inútilmente al foso bajar el volumen, tuvo que resignarse y aguantar sus envites, con lo cual fracasaron sus tentativas de enriquecer su personaje con un contenido lírico. Además, al aumentar el esfuerzo vocal perdió automáticamente timbre y precisión. Edoardo Milletti (Gernando y Ubaldo) estuvo en cambio favorecido por la dirección musical en su rol de matamoros, muerto aquí de tan curiosa manera. Mucho le ayudó Darío Schmunck (Carlo) en su papel de Ubaldo en el segundo acto. Entre los dos lograron por un momento hacer frente al director musical con algún éxito. Daniel Grice (Idraote y Astarotte) y GiuseppeTommaso (Eustazio) completaron el reparto con idénticas facultades y dificultades que las de los comprimarios. * Jaume ESTAPÀ
 
 

 
 
 
 
 
 
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