CRÍTICAS

Valladolid
O. Sinfónica de Castilla y León
Falla  EL CORREGIDOR Y LA MOLINERA / Shostakovich SINFONÍA Nº14
María Mezcle, cantaora; Magdalena Anna Hofmann, soprano y Thomas Oliemans, barítono. Dirección: Gordan Nikolic y José Luis López Antón. Coreografía: Aída Gómez. Auditorio Miguel Delibes, 23 de febrero de 2017.
 
La Sinfónica de Castilla y León unió a Falla y Shostakovich en un mismo programa © O. Sinfónica de Castilla y León / Nacho Carretero
 
 
En El corregidor y la molinera de Manuel de Falla se contó con una coreografía de Aída Gómez y una intervención más que oportunade su Compañía de Danza española. La bailarina Miriam Mendoza, como la molinera, dio un recital de expresión corporal y de precisión rítmica con una forma de bailar muy dúctil y con una gestualidad admirable. Delante de la Sinfónica de Castilla y León se colocó un escenario con la casa del corregidor y un pozo, que aunque pudo parecer poca cosa es lo que permite el escenario del Auditorio vallisoletano; tal vez se debió recurrir a jugar con la luz. Lo cierto es que la versión de la obra de Falla no cuajó y quizá las razones haya que buscarlas en lo sucedido antes del concierto: estaba anunciado con meses de antelación que Gordan Nikolic dirigiría tanto la obra de Falla como la de Shostakovich, pero a la postre no fue así y eso obligó a que precipitadamente tuviera que asumir la dirección José Luis López Antón. Ya fuera porque Nikolic prefirió desligarse de la dirección de esta obra –en la que sí intervino como concertino– o porque se produjera un problema de comunicación entre director y organizadores, lo cierto es que esto lastró el resultado final. López Antón, al que habrá que valorar su esfuerzo, consiguió imponer una suerte de transparencia, remarcando las partes solistas, aunque faltara mayor variedad rítmica y se produjeran desajustes. Para “La copla del cuco” se contó con la cantaora María Mezcle, cuya intervención resultó al tiempo altisonante y con un carácter y un empuje rotundos.

En la Sinfonía Nº 14 de Shostakovich, ya con Nikolic en su doble faceta de director y concertino, las cosas cambiaron mucho. Confirió a la sinfonía una oscuridad omnipresente, exacerbada por las cuerdas graves, con lo que consiguió una sensación de presencia casi corpórea de la muerte en cada uno de los poemas cantados. La declamación, el parlato y un sentido del canto spianato del barítono Thomas Oliemans contribuyeron a definir su participación desde el inicial “De profundis” lorquiano. En su interpretación de los poemas consecutivos, del 7 al 9, se pudo comprobar su variedad de recursos, ya fuera remarcando la pesadumbre y la aflicción o llevando al límite la agitación. De la soprano Magdalena Anna Hofmann cabe recalcar la amplitud de la voz y su manera de emplearla. Produjo una heladora sensación el que a una coloración lírica correspondiera una expresión desoladora, como ocurrió en ese “Trililii, Trililii”, (tres lirios, tres lirios) de El suicida. Nikolic se adentró en cada uno de los recovecos de la partitura y no desaprovechó ni los silencios –¡tan perturbadores!–, para lo que contó con una orquesta muy cualificada.  * Agustín ACHÚCARRO
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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