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Ha consolidado internacionalmente su trayectoria como director de Ópera italiana belcantista y romántica en los principales teatros europeos y de Estados Unidos. En su regreso al Gran Teatre del Liceo dirigirá su primer versión de Verdi en el coliseo lírico barcelonés: Rigoletto 
 
Lourdes MORGADES
ÓPERA ACTUAL 200
(MARZO 2017)
 

Teatro dell’Opera, Roma / Yasuko Kageyama

 

 

 
La ópera es para Riccardo Frizza (Brescia, Italia, 1971) “el mayor compromiso con la música”. Adora el teatro y ha hecho de la lírica el centro de su carrera como director de orquestra especializado en repertorio italiano belcantista y romántico, a su pesar, pues reivindica su derecho a dirigir también títulos del repertorio francés y alemán. Acaba de dirigir Norma en la Lyric Opera de Chicago y a partir del 21 de marzo hasta el 6 de abril asume la dirección musical de las 13 funciones de Rigoletto programadas por el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, en el que debutó en 2005 con Semiramide de Rossini y al que regresó la pasada temporada con I Capuleti e i Montecchi. Ahora vuelve con una partitura muy especial para él, asegura a ÓPERA ACTUAL, la primera ópera que dirigió profesionalmente: “Fue en 2001, en el Festival Verdi de Parma. Rigoletto es una buena ópera para un joven director que empieza. La música es bastante instintiva, es un Verdi con una escritura fácil, tiene muchas ideas muy espontáneas y las melodías son fantásticas. Es la ópera que más he dirigido en mi carrera”.
 
Ópera Actual: ¿Cómo ha cambiado su visión de esta ópera en los quince años que han pasado desde que la dirigió por primera vez?
Riccardo FRIZZA: Con los años tu sensibilidad como músico madura y eso te hace ver cosas diferentes en la partitura y te hace reconsiderar los tempi. Cuando hace unos años que no dirijo una partitura –hice Rigoletto por última vez en 2013 en Verona–, al retomarla- encuentro cosas nuevas. Luego debes amoldarte a los cantantes que tienes y no todos son iguales.
 
Ó. A.: ¿Escucha grabaciones antiguas para ver cómo han cambiado las interpretaciones a lo largo del tiempo? 
R. F.: La verdad es que no suelo escuchar ese tipo de grabaciones porque no quiero que me influyan, ya que prefiero tener mi propio concepto de la obra. Lo hago así desde que en 2007 dirigí mi primer I Capuleti e i Montecchi, en la temporada de la ABAO--OLBE de Bilbao. Me preparé la ópera sin escuchar ninguna grabación y cuando entré en los ensayos comprobé que lo que había pensado funcionaba perfectamente. Desde entonces todas las óperas nuevas que incorporo a mi repertorio las preparo de la misma manera, sin escuchar versiones de nadie. Conozco la versión del aria “Casta diva” por Maria Callas, pero la grabación de la ópera entera no la he escuchado, ni me interesa, porque no tendré nunca a Maria Callas en un reparto. Tengo que construir y amoldar la ópera a los cantantes que la interpretarán y prefiero no tener influencias y hacer mi versión siendo fiel a la música escrita.
 

The Metropolitan Opera/En el podio del Metropolitan de Nueva York, escenario en el que Frizza ha dirigido títulos como Norma, Tosca, La Bohème o Maria Stuarda  

 

 

 
Ó. A.: ¿Esa fidelidad a la música escrita puede chocar a veces con los directores de escena?
R. F.: Sí, porque a veces los directores de escena piden cortes y yo me niego a hacerlos. Musicalmente lo necesito todo, por motivos de estructura, del arco de la ópera; si se corta algo luego se nota que falta alguna cosa. 
 
Ó. A.: ¿Ha tenido algún problema al respecto?
R. F.: Problemas importantes no, pero algunas cosas sí, por ejemplo en la producción de Rigoletto del Liceu, la directora de escena Monique Wagemakers quería cortar la repetición de la cabaletta del tenor y me he negado. Si está en la partitura hay que hacerla. Además, el tenor viene preparado para cantar lo que está escrito, la repetición de la cabaletta es una parte suya de bravura y tiene derecho a hacerla. En todo caso, no he tenido ningún problema con la directora de escena. La idea de que los directores de orquesta y los de escena nos peleamos no es cierta. Las cosas se hablan y si las personas son inteligentes siempre se llega a un acuerdo. Si lo que se quiere es marcar territorio y adquirir importancia no iremos a ninguna parte. Quiero entrar en el territorio de la dirección de escena porque los directores de escena cuando hablan conmigo de temas musicales también entran en mi terreno.
 
Ó. A.: ¿El director de orquesta tiene la última palabra en todo lo que afecta a la música?
R. F.: Casi siempre. Un director desconocido que tiene que trabajar con un monstruo de la dirección de escena tiene que callarse, pero un director de orquesta con una carrera consolidada es otra cosa, aunque a veces decir algo es un riesgo, porque a los teatros no siempre les queda un buen sabor de boca si consideran que un artista les ha creado problemas. 
 
Ó. A.: ¿A qué se refiere con “entrar en el territorio de la dirección de escena”?
R. F.: Me gusta el teatro y algún día me gustaría dirigir escénicamente, sería la forma más profunda de interpretar una partitura, que la persona que dirige la parte musical también dirija la parte escénica. 
 
Ó. A.: ¿Y qué tipo de producciones escénicas le gustan?
R. F.: Al principio de mi carrera me gustaban las producciones tradicionales, pero con el paso de los años he cambiado. He adoptado el punto de vista escénico y me he preguntado cómo se puede llevar a escena actualmente óperas escritas hace 250 años. El significado que le dio el compositor en el pasado ha cambiado, porque la sociedad ha cambiado y hay que buscar una manera más moderna de llevar las óperas a escena para comunicar con el público. Hoy prefiero puestas en escena que, siguiendo la dramaturgia original, propongan un punto de vista diferente. 
 
Gran Teatre del Liceu / Antoni BOFILL/ Chicago Lyric Opera / Aplausos finales en la Norma que acaba de dirigir en la Lyric Opera de Chicago, con Sondra Radvanovsky como protagonista.
Arriba, en su última actuación en el Liceu de Barcelona, al mando de I Capuleti e i Montecchi
 
Ó. A.: Se inició como director de orquesta con la música sinfónica, ¿qué parte del tiempo dedica actualmente a dirigir conciertos?
R. F.: Solo dirijo unos tres o cuatro conciertos al año, que son suficientes para mí. Me gusta dirigir ópera, es más divertido.
 
Ó. A.: ¿Por qué es más divertido?
R. F.: Porque amo el teatro y me gusta todo lo que conlleva poner en escena una ópera. Cada vez que subo al podio es un desafío para mí, no sabes que pasará ese día; aunque esté dirigiendo un mismo título en días siguientes, cada función es diferente. 
 
Ó. A.: En el mundo sinfónico el director tiene el protagonismo, mientras que en la ópera debe compartirlo con el director de escena y los cantantes. ¿Esto le supone algún inconveniente?
R. F.: No dirijo para tener protagonismo, lo hago porque me gusta, porque es mi profesión. Dirijo mucha ópera italiana y bel canto. Cuando un director de orquesta dirige Sonnambula o Capuleti pasa bastante desapercibido porque el centro de atención son los cantantes. Eso me gusta, cuando el director de orquesta no tiene protagonismo significa que en el escenario todo ha ido bien. En Estados Unidos se considera que el director solo dirige la orquesta, y no es así. El director es quien desde el principio modela toda la parte vocal, trabaja con el coro, busca el sentido de las palabras. Eso implica mucho más que dirigir solo la orquesta y la representación.
 
 
Ó. A.: ¿Qué cree que aporta su bagaje como director de ópera a su carrera como director sinfónico?
R. F.: Hace años al primer violonchelo de la Filarmónica de Viena de la última época de Herbert von Karajan le preguntaron lo mismo y dijo: “Somos la primera orquesta del mundo porque tocamos ópera cada día y sabemos respirar, frasear y escucharnos porque estamos escuchando siempre a los cantantes y no hay nada mejor que los cantantes para saber cómo se tiene que frasear la música”. Y estoy de acuerdo. Creo que un director que dirige ópera aprende a respirar y frasear de manera más natural gracias a la voz, que es el más natural de los instrumentos. Los mejores directores de orquesta, del pasado y los actuales, han dirigido ópera. No conozco a grandes directores que solo hayan dirigido música sinfónica. 
 
Ó. A.: ¿Cómo selecciona las óperas que dirige?
R. F.: Hay teatros en los que te piden lo que te gustaría hacer en los próximos años y si tienes un proyecto a largo plazo buscas tres o cuatro títulos para las próximas temporadas que sean de interés común, obras que te gustaría estudiar, profundizar, descubrir y que al teatro le gustaría hacer. Otros teatros te ofrecen un título y aceptas o rechazas dependiendo de si te interesa o no. Hay algunos títulos que hace años que no dirijo y que me gustaría volver a hacer. Uno de ellos es L’italiana in Algeri, que hice mucho al principio de mi carrera y que no dirijo desde hace 10 años. 
 
Ó. A.: ¿Por qué le interesa ahora L’italiana in Algeri?
R. F.: Cuando la dirigí por última vez, en el Festival de Aix-en-Provence, era joven y cuando ahora oigo la grabación considero que todos los tempi son equivocados, son demasiado rápidos. Quiero reconsiderar esta ópera y hacerla como ahora creo que debe hacerse. 
 
Ó. A.: ¿Qué proceso sigue cuando estudia una nueva ópera para incorporar a su repertorio?
R. F.: Antes que nada busco la fuente literaria y dejo la partitura para el final. Sigo el mismo proceso que siguió el compositor. Busco el tema que le interesó, si es una novela o una obra de teatro la leo, luego voy a por el libreto, que es la fuente de inspiración para componer, lo estudio y de ahí voy a la partitura; poco a poco descubro el porqué de tal frase, de tal nota, de una coma, todos los detalles. Finalmente, como complemento, me gusta leer los análisis críticos que los musicólogos han hecho de la obra y así me construyo la visión de la ópera. Este proceso lleva tiempo, a veces toda una vida, porque cada vez que retomas una partitura descubres cosas nuevas. Nunca se termina. 
 
Ó. A.: Ha dirigido en algunos de los grandes teatros del mundo, como el Met de Nueva York, La Scala de Milán o la Ópera de París. Le quedan, sin embargo, dos grandes teatros en los que debutar, la Wiener Staastoper y el Covent Garden de Londres. 
R. F.: La vida es larga. En Viena he dirigido en el Theater an der Wien, en el cual se hacen cosas muy interesantes, y eso de alguna manera me ha cerrado un poco las puertas de la Staasoper, un teatro con un gran repertorio que hace ópera cada día, lo que a veces comporta que, en óperas de repertorio, el director de orquesta no siempre pueda hacer los ensayos que quiera.
 
Ó. A.: ¿Dirigir en La Scala es algo especial para un director italiano?
R. F.: Para cualquier director trabajar en La Scala es algo especial, no solo para un italiano, por el nombre del teatro, su orquesta y por el público, que no es fácil, sobre todo con el repertorio italiano. Cuando subes al podio notas el peso de la historia. 
 
Ó. A.: ¿En ese sentido es más fácil dirigir en la Ópera de París o en el Met?
R. F.: También son teatros importantes. En el Palais Garnier de París hueles la historia. El Met, por su parte, es imponente con esa sala  en la que caben 5.000 personas. 
 
 
Teatro dell’Opera, Roma / Yasuko Kageyama / Dirigiendo Linda di Chamounix en el Teatro dell’Opera de Roma
 
Ó. A.: Técnicamente, ¿el tamaño de un teatro puede condicionar?    
R. F.: La medida de los teatros te hace reconsiderar aspectos técnicos y musicales. Cuando debuté en el Met dirigiendo Rigoletto llevaba los tempi que siempre había llevado en los otros teatros en los que había dirigido la obra y me di cuenta de que los cantantes tenían que correr a derecha e izquierda del enorme escenario y llegaban sin aliento; ello me hizo reconsiderar los tempi en el Met, llevarlos menos rápidos para dar posibilidad a los cantantes de moverse. Cada teatro cambia y cada foso tiene una acústica diferente. La acústica del Met entre foso y orquesta es una de las mejores porque la orquesta se puede escuchar desde fuera muy bien definida, en cambio en Chicago, donde acabo de dirigir Norma, el teatro es muy bueno para las voces, pero el sonido de la orquesta es más oscuro, poco definido y hay que trabajarlo más. 
 
Ó. A.: ¿Le interesa la ópera contemporánea?
R. F.: Me interesa la ópera del siglo XX, la del siglo XXI me interesa menos. Los grandes compositores como Britten, Martinu, Prokófiev o Stravinsky me interesan mucho. Actualmente estoy en conversaciones con un teatro para dirigir una ópera de Prokófiev.
 
Ó. A.: ¿Los directores de orquesta comparten problemas entre ellos?
R. F.: Cuando coincido con los directores con los que tengo amistad no solemos hablar de problemas técnicos, sino más de las actitudes de los teatros de ópera, de las problemáticas que tienen, de cómo uno puede actuar, qué cosas mejor no hacer, hasta dónde puedes llegar si quieres obtener alguna cosa... Claro que no todos los teatros son iguales. Desafortunadamente, en los últimos años, el director de orquesta ha perdido su importancia en los teatros y el protagonismo se lo llevan los directores de escena y actualmente también algunos directores de los mismos teatros. A veces cuesta hacer buena música porque tienes que luchar contra asuntos extramusicales, aunque siempre se intenta hacerlo lo mejor posible.
 
Ó. A.: Después de quince años como free-lance, ¿tiene interés por ser director musical de un teatro de ópera?
R. F.: Actualmente sí. Hace algunos años no. Pero hoy, con mi trayectoria y la experiencia que he adquirido dirigiendo por todo el mundo, creo que estoy capacitado para responsabilizarme de la dirección musical de un teatro. Espero que la oportunidad llegue. Por ahora he recibido algunas ofertas, pero he de sopesarlo bien porque no todos los teatros son iguales y no siempre puedes dejar tu impronta. Es una decisión difícil y espero la ocasión más adecuada. 
 
Ó. A.: ¿Qué le gusta más de ser director de orquesta?
R. F.: Dar vida a algo que solo está escrito en un papel, eso me fascina. 
 
Ó. A: ¿Cuáles son sus futuros compromisos en España tras dirigir Rigoletto en el Liceu?
R. F.: En 2019 dirigiré en la temporada de la ABAO, una compañía a la que tengo mucho cariño porque fue una de las primeras que me contrató, allí debuté en 2004. En el Liceu de Barcelona estamos en conversaciones para futuras colaboraciones.
 

Richard Tucker Foundation / Dario ACOSTA / Experto en voces, Riccardo Frizza dirige habitualmente conciertos con las más  importantes estrellas de la lírica. En la imagen, junto a Renée Fleming en la gala del centenario de Richard Tucker en Nueva York

 
Amplio repertorio
 
El amplio repertorio de Riccardo Frizza se centra en la ópera italiana belcantista y romántica hasta llegar al verismo, con Verdi, Bellini, Rossini y Donizetti como protagonistas. Sin embargo, el director de orquesta italiano no se siente un director especializado. “Simplemente soy un músico, pero el italiano es un repertorio que conozco bien y representa el 50 por cien de la oferta operística. Me gusta dirigir Verdi, Bellini, Rossini y Donizetti, pero también hacer repertorio francés y alemán, y algún día espero hacerlo”, asegura. En 2006 Frizza dirigió La flauta mágica en Génova, pero ahora lo que quiere es aproximarse a Wagner. “Me interesan mucho Lohengrin y Valquiria”, señala, pero se lamenta de que actualmente un director de cualquier nacionalidad pueda dirigir Verdi, Bellini o Wagner y en cambio a los italianos se les suela relegar a dirigir solo repertorio italiano. “Creo que es un gran error. En el pasado los directores italianos también dirigían Wagner. La sensibilidad de un director que ha dirigido bel canto también puede ayudar a hacer Wagner. Me gustaría que los directores de los teatros arriesgaran más. Tarde o temprano alguien me permitirá dirigir repertorio alemán. Ahora todavía no es el momento, pero en cuatro o cinco años sí. Antes quiero completar el catálogo verdiano”. Solo le quedan por dirigir Il corsaro y La battaglia di Legnano. Verdi es para el maestro italiano “un genio”. “En una ópera suya te das cuenta de que cada nota, cada acorde, cada armonía tiene un sentido, no hay nada superfluo. En sus obras no solo ves el talento de Verdi como compositor sino también como dramaturgo. Su capacidad para gestionar los tempi del desarrollo dramatúrgico de la ópera es imponente”, apostilla. *L.M  
 
Quiero ser director
 
Riccado Frizza empezó a estudiar piano de pequeño pero no fue hasta los 14 años que tuvo una revelación cuando asistió por primera vez a un concierto con orquesta. “Fue en la catedral de San Esteban de Viena durante unas vacaciones de Semana Santa. El programa era una misa de Mozart y al escuchar a una orquesta y a un coro se me abrió la mente. Aquello me pareció mucho más interesante que tocar el piano y en ese momento fue cuando decidí que quería ser director de orquesta”, cuenta. Estudió composición en el Conservatorio de Milán, porque, dice, “para entender una partitura hay que saber analizarla y para ello es importante saber cómo se ha escrito y nadie mejor que un compositor puede entenderla”. Sabedor que para ser director de orquesta necesitaba practicar, en 1995 decidió fundar su propia orquesta. “Si no tienes una orquesta a mano lo más fácil es fundar una para poder practicar”, afirma. En Brescia, su población natal, no había orquesta, pero sí la había en Bérgamo, a 50 kilómetros, y solo tocaban seis meses al año. “Pensamos que parte de esos músicos, junto a otros, podrían conformar la orquesta de nuestra ciudad y compensarlos durante los meses que no tocaban. Formamos una orquesta de gran calidad que hacía unos 70 conciertos por temporada”. Frizza la programaba, la dirigía, buscaba patrocinio y se encargaba de los temas administrativos. Tras dirigir en 2000 un concierto con el tenor Juan Diego Flórez, y en 2001 su primera ópera como profesional, decidió dejar la Orquesta de Brescia para emprender su carrera como director free-lance. Al perder su motor, la formación sinfónica acabó cerrando en 2005. “Fue un instrumento importantísimo para mí, una suerte que yo mismo me busqué”, recuerda el director de orquesta. Muy vinculado con España, Riccardo Frizza está casado con la soprano de Gran Canaria Davinia Rodríguez. *L.M  
 
 
 
 
 
 
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