CRÍTICAS

Teatro Real
Recital Felicity PALMER
Obras de Caldara, Giordani, Gluck, Mendelssohn, Horovitz, Chaikovsky y Britten. Simon Lepper, piano. Auditorio Sony, 10 de febrero de 2017.
 
Dentro de las actividades programadas en paralelo a las representaciones de Billy Budd llegó este recital presentado en los actos publicitarios como un homenaje a Benjamin Britten, un homenaje ilusorio por completo ya que solo un par de las más de veinte canciones interpretadas tenían al compositor británico como autor. En cualquier caso la personalidad escénica de Felicity Palmer resolvió un programa confeccionado a su medida pero no por ello sencillo: casi 300 años de recorrido musical a medio camino entre lo íntimo y lo descarnado, con paradas en el repertorio romántico, en el melodrama o en el music hall. Hablar de las características de la técnica vocal de la soprano no tiene demasiado sentido cuando su apuesta es más la de narrar que la de cantar. Su edad le permite abordar el lirismo más melancólico de manera sobresaliente, sustentándose en el terciopelo que aún mantiene en el centro de su registro. Algunas de las canciones de Felix Mendelssohn (Bei der Wiege, Op. 47 Nº 6, o principalmente Auf Flügeln des Gesanges, Op. 34 Nº 2) se atuvieron a ese universo expresivo casi otoñal en el que el tiempo corría despacio. En otras ocasiones la idea era la contraria y Palmer se tomaba el riesgo de coquetear con pasajes de agilidad (la Danza, danza de Francesco Durante), pero ahí los recursos no funcionaron igual de bien.
 
 
El centro real del concierto fue el monólogo de Lady Macbeth de Joseph Horovitz, una pieza de tal empaque y fuerza dramática que solo una gran actriz, con independencia de su estado vocal, podría solucionar. El resultado fue demoledor, y todo el resto del concierto apenas una propina amable a lo ya visto, relajando el lenguaje musical hasta llegar a algún estándar de los popularizados por John McCormack tras la Segunda Guerra Mundial. Simon Lepper acompañó a la soprano con excesiva formalidad y sin apenas colorear hasta bien entrado el recital. La llegada de las obras de Britten, mucho más audaces en su armonía, le hicieron desplegar un buen juego de pedal y un discurso efectivo que mantuvo hasta el final del concierto.
 
 
Cariñoso recibimiento por parte del público a quien fuera una gran dama de la escena y que mantiene hoy día una inteligencia musical que le permite enfrentarse con garantías a un programa que disfruta y hace disfrutar al público. * Mario MUÑOZ
 

 
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