CRÍTICAS

Bilbao
ABAO-OLBE
Mozart DON GIOVANNI
Simon Keenlyside, Simón Orfila, Davinia Rodríguez, Serena Farnocchia, José Luis Sola, Miren Urbieta Vega, Giovanni Romeo, Gianluca Buratto. Dirección: Keri-Lynn Wilson. Dirección de escena: Jonathan Miller. Palacio Euskalduna, 18 de febrero de 2017.
 
Simon Keenlyside, Don Giovanni en Bilbao © ABAO-OLBE / E. MORENO ESQUIBEL
 
La espléndida escena final, la cena de Don Giovanni y el Commendatore, cambió el rumbo de la velada: la voz de ultratumba llena de empaque y rotundidad del bajo Gianluca Buratto dio un giro a la noche, que hasta entonces se estaba desarrollando con cierta sensación de desgana, de languidez. También en esta escena, por fin, la Sinfónica de Euskadi sonó con algo de mordiente, pues en toda la sesión se había mostrado plana, sin brillo, bajo una dirección rutinaria, nada incisiva, sin contrastes dinámicos y corta de fraseo de Keri-Lynn Wilson. Ante un sólido reparto de grandes voces, brilló como Leporello Simón Orfila, que mostró voz poderosa y que cantó afinado y con gusto, caracterizando bien los muy distintos estados de ánimo y de acción. Otro tanto hizo, como Don Ottavio, el pamplonica José Luis Sola, que tiene un innegable carisma en su dicción y un excelente fraseo; así, aún con un timbre muy peculiar, su voz no muy poderosa pero bien proyectada llegó y gustó. La Donna Anna de Davinia Rodríguez y la Donna Elvira de Serena Farnocchia mostraron notas de indudable belleza y ambas buena técnica, aunque sus voces no llegaran a cautivar en sus intervenciones: abundaron momentos de flaqueza en los graves, algo de falta de brillo en los agudos y, por ende, faltó ese fluir suave y continuo que pide y que es característica de la música de Mozart. También se esperaba más del barítono Simon Keenlyside, un actor avezado y cantante reconocido como un Don Giovanni de referencia: aquí en Bilbao no tuvo su día más esplendoroso. En cambio Miren Urbieta-Vega se defendió muy bien como Zerlina, con expresiva y grata musicalidad, y lo mismo se puede decir de Giovanni Romeo como Masetto. Las breves intervenciones del Coro de la Ópera de Bilbao fueron entonadas y afinadas, pero algo faltas de volumen.
El vestuario de Clare Mitchell, que hacía coincidir sobre el escenario ropajes de los siglos XVIII y XIX –tenía, al menos, esa originalidad– fue vistoso y sugerente: blanco de pureza en Donna Anna y Zerlina, verde de esperanza en Donna Elvira. La puesta en escena de Jonathan Miller se basaba en un solo ámbito, mostrando una plaza que poniendo el espectador su propia imaginación también valía como salón y hasta como cementerio. Si Keenlyside, Sola y Orfila se movieron bien en el escenario, hubo de ser culpa de su atinado piloto automático, pues fue inexistente la dirección de actores; ello restó gracia y vida al dramma giocoso y penalizó singularmente las actuaciones de Zerlina, Masetto, y los figurantes. Muy correcta la iluminación de Antonio Jesús Castro y muy poco imaginativa la coreografía de Terry John Bates. En resumen, la bellísima y genial obra de Mozart, en una versión poco fulgurante. * José Miguel BALZOLA

 
 
 
 
 
 
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