Teatro Massimo Bellini

Bellini LA STRANIERA

Francesca Triburzi, Sonia Fortunato, Emanuele D’Aguanno, Enrico Marrucci, Riccardo Palazzo, Alessandro Vargetto, Maurizio Muscolino. Dirección: Sebastiano Rolli. Dirección de escena: Andrea Cigni. 29 de enero de 2017.

 

Algunos de los intérpretes de La straniera en Catania © Teatro Massimo Bellini / Giacomo Orlando

 

Inauguración conflictiva la de la temporada del Massimo Bellini de Catania con La straniera, como lo fuera –al menos en el reparto de los papeles– el estreno absoluto en La Scala el 14 de febrero de 1829. Entonces Bellini, al no poder contar con Rubini, gran triunfador con Il pirata dos años antes, tuvo que conformarse con un modesto Domenico Reina; lejos de conformarse con ello, al reescribir la obra en 1830, el autor la readaptó para la vocalidad de Rubini. Ahora volvía a Catania la ópera en la edición crítica de Marco Uvietta, que propone la versión de 1829. Gestión dificultada esta por toda una serie de sustituciones que hasta el último momento estuvieron en un tris de impedir la representación. El primer cambio en producirse fue el del director de orquesta, Fabrizio Maria Carminati, al que reemplazaría el muy válido Sebastiano Rolli, que sin embargo tuvo que hacer un esfuerzo titánico para hacerse con el dominio de una partitura que no solo desconocía, sino que había sido saludada en su tiempo por público y crítica como un camino nuevo para su autor. Para el papel de Alaide estaba prevista Daniela Schillaci, una soprano de Catania de brillante carrera, pero una indisposición obligó a su sustitución en esta función de tarde por la intérprete que se encargaba del segundo reparto, la soprano bergamasca Francesca Triburzi, obligada así a cantar en dos funciones seguidas una obra en la que protagonista está siempre en escena. El impacto causado fue notable. Se trata de una artista que posee un timbre particular, con cuerpo en el registro central, robustez en los graves y una extensión y facilidad grandes en el agudo. Sabe respetar el estilo belcantístico, con riqueza de color y canto matizado, propiedad en el fraseo y un gran nivel interpretativo. Tuvo un éxito clamoroso con puntas de vibrante entusiasmo en un público que aplaudió todas y cada una de sus intervenciones en los pezzi chiusi. Afortunadamente exento de indisposiciones oportunas, el joven tenor de Como Emanuele D’Aguanno mostró la mejor de las disposiciones para un papel de las dificultades de Arturo, no rehuyendo los sobreagudos y exhibiendo una línea de canto seductora y apasionada sin renunciar a los acentos heroicos necesarios para su desafío a Valdeburgo. Un color vocal de grato efecto y una emisión viril completaron el cuadro. El papel baritonal que estrenara Tamburini, uno de los más interesantes de toda la galería belliniana, había sido asignado en principio a Vittorio Vitelli, pero durante los ensayos tuvo que renunciar y ocupó su lugar Enrico Marrucci, previsto para el reparto alternativo, un profesional de mucho respeto que una vez más pudo demostrar su notable preparación musical y su madurez interpretativa, delineando con fuerza el personaje. En el papel menor –aunque no secundario, especialmente en la edición crítica– de Isoletta, la triste prometida de Arturo, los problemas fueron más graves, ya que las dos mezzosopranos en cartel, Anna Pennisi y Gabriella Colecchia, cayeron víctimas de la gripe. Afortunadamente otra cantante local, Sonia Fortunato, acudió a salvar la situación, primero cantando desde el foso y ya en esta función de domingo desde la escena, en ambos casos con una participación positiva. Osburgo tiene solo unas pocas frases, saliendo indemne de la prueba el bajo Alessandro Vargetto. Algo más canta el Señor de Montolino, y a tal fin se aplicó el tenor Riccardo Palazzo, de voz vibrante pero técnicamente mejorable. Mejor Maurizio Muscolino, que superó con autoridad la escena del juicio. Pudo apreciarse la buena cuadratura musical obtenida por el maestro Rolli, más admirable aún dado el continuo baile de intérpretes, con cantables bien sostenidos y ocasionales ímpetus verdianos, firmando en definitiva una estimable versión que será publicada en Dvd por Bongiovanni.

 

La vertiente visual tuvo luces y sombras. Minimalismo escénico combinado con una regia sustancialmente convencional con los tres principales protagonistas siempre en escena y esta inundada de agua como en el último Lohengrin de La Scala. El vestuario de Tommaso Lagattolla, que en otras ocasiones ha convencido en este aspecto, carecía de distinción –especialmente en ese coro masculino en mangas de camisa– y no reflejaba época reconocible alguna. La coreógrafa Isa Traversi instruyó en sus movimientos a algunos figurantes y miembros del coro y las luces de Fiammella Baldisseri contribuyeron al aspecto grisáceo de la representación. El teatro registraba una asistencia considerable y el público demostró estar interesado en la ejecución, y eso es lo que cuenta. * Andrea MERLI

 

 

 

 

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