CRÍTICAS

Teatro Lirico
Respighi LA BELLA DORMENTE NEL BOSCO
Veta Pilipenko, Angela Nisi, Antonio Gandía, Vincenzo Taormina, ShouShik Barsoumian, Lara Rotili, Claudia Urru, Nicola Arrau, Enrico Zara. Dirección: Donato Renzetti. Dirección de escena: Leo Muscato. 3 de febrero de 2017.
 
Leo Muscato presentó su propuesta escénica para La bella dormente nel bosco en Cagliari © Teatro Lirico / Priamo Tolu
 
 
Encargada por Vittorio Podrecca para su teatro de marionetas (I piccoli di Podrecca), que en los años sesenta visitó el Teatro Romea de Barcelona, la ópera La bella dormente nel bosco se estrenó en el Teatro Odescalchi de Roma el 12 de abril de 1922 con los cantantes en el foso de la orquesta. La obra supuso un paréntesis en el ámbito de una más opulenta producción teatral de su autor, y sufrió posteriormente diversas revisiones e incluso incorporaciones de música de otros autores hasta llegar a la forma en que ahora se presentó en la temporada de Cagliari para completar la línea iniciada con la más compleja Campana sommersa, también propuesta aquí hace un año. La partitura de La bella dormente es una verdadera delicia por su levedad, su ingenio y su poesía, y su corta duración la hace más apetecible que la mucho más pretenciosa Campana. Aquí Respighi se muestra irónico y hasta cierto punto sarcástico en las citas y en la parodia, y resulta un placer para el melómano experto ver reflejados no solo a Debussy, Stravinsky o Verdi, sino alusiones al minueto o al fox-trot, como en ese final con el beso tras trescientos años de sueño del Príncipe, aquí una especie de Sigfrido en figura de marioneta.
 
En Cagliari todo esto tomó cuerpo gracias a un equipo de espléndidos cantantes-actores y sobre todo merced a la maravillosa y divertida puesta en escena de Leo Muscato, que adoptó el lenguaje de la fábula sin tener que acudir a resabios o experimentos psicofreudianos, transportando al espectador a los años de su infancia, con todo su universo de hadas –buenas y malas–, animales que hablan, príncipes y princesas y embajadores con plumas en el sombrero. Hay que agradecer también el trabajo variopinto de la escenógrfa Giada Abiendi y del vestuario lleno de gusto y de fantasía de Vera Pierantoni Giua, junto con las bien distribuidas luces de Alessandro Verazzi. Una mención especial la merece la coreógrafa Luigia Frattaroli, que proponía momentos de inefable encanto con su cuerpo de baile infantil. Todos ellos merecieron sobradamente el cerrado aplauso que recibieron del público.
 
Desde un punto de vista musical las cosas funcionaron de modo admirable gracias a la lectura de Donato Renzetti, que con la orquesta y el coro que prepara Gaetano Mastriacono supo subrayar la vertiente mágica y misteriosa de la acción, haciendo resaltar los preciosismos dinámicos y armónicos de una partitura que debería definitivamente entrar en el repertorio.
 
De la larga relación de cantantes, casi todos al servicio de varios papeles, han de ser citados el gracioso Embajador y luego Rey de Vincenzo Taormina, las dos hadas –la Azul de la soprano de coloratura ShouShik Barsoumian y la malísima Hada Verde después Gato y Duquesa de la Bandolière de Lara Rotili–, la Princesa de buen nivel lírico de Angela Nisi, la Reina, Rana y Viejecita de la Rueca de Veta Pilipenko, el Ruiseñor de Claudia Urru, el Guardabosque del barítono Nicola Arrau y el Bufón que sería también Mister Dollar de Enrico Zara. Mención especial merece el tenor español Antonio Gandía, que entró en escena solo en el último de los tres breves actos pero al que correspondió cantar una parte heroica al estilo del Bacchus straussiano, en una tesitura agudísima pese a tratarse de una ópera para marionetas. Éxito calurosísimo por parte de los espectadores de un teatro prácticamente lleno, estimulados por una programación estimulante, que supera con ventaja a la de muchos otros teatros italianos. * Andrea MERLI
 
 
 
 
 
 
 
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