Metropolitan Opera
Verdi RIGOLETTO
Zeljko Lucic, Stephen Costello, Olga Peretyatko, Andrea Mastroni, Oksana Volkova. Dirección: Pier Giorgio Morandi. Dirección de escena: Michael Mayer. 30 de enero de 2017.
 
Zeljco Lucic y Olga Peretyatko, Rigoletto y Gilda en Nueva York © Metropolitan Opera / Karen Almond 
 
Esta producción, conocida como Las Vegas, ya cuenta con más de cuarenta funciones a su haber desde su première en 2013; esta vez regresó en una reposición olvidable por su nivel artístico. Zeljko Lucic presentó por enésima vez una somnífera interpretación del rol titular: su voz impresiona solo por volumen, pero en lo actoral su Rigoletto sigue sin encontrar su raison d’etre (y eso que él estrenó este montaje). Olga Peretyatko lució juvenil y relativamente inocente en el escenario, pero la limitada proyección de su instrumento –aunque ha crecido en volumen y color desde sus últimas apariciones como Gilda– sigue careciendo de solvencia técnica, lo que se hizo evidente en su precario e ineficaz registro agudo. Stephen Costello, por su parte, sigue siendo un enigma: posee una atractiva voz de tenor que nunca llega a florecer, especialmente en los desesperados agudos. Y si bien su interpretación desde el punto de vista vocal fue apenas aceptable, su actuación dramática fue poco convincente.
 
Afortunadamente, el aquí debutante bajo italiano Andrea Mastroni aportó un sonoro instrumento como un gran Sparafucile mientras Oksana Volkova no convencía como Maddalena. Maria Zifchak se reafirmó como la Giovanna du jour y Nelson Martínez tuvo un vocalmente desgraciado debut como Monterone, viéndose además incómodo en el vestuario árabe.   
 
La producción del galardonado director de Broadway Michael Mayer, que traslada la acción a una Las Vegas de los años 60 del siglo pasado, deslumbra con la creatividad visual iconográfica de Christine Jones y la iluminación inventiva de Kevin Adams. La puesta en escena presenta a los personajes como si fueran los integrantes del famoso Rat Pack y, si bien no siempre está muy claro quién es quién, el vestuario de Susan Hiferty es excelente en el detalle, convirtiendo al Duque de Mantua en un Frank Sinatra de frac blanco o haciendo de la Condesa de Ceprano un remedo de Marilyn Monroe.
 
El decorado hace recordar al Caesar’s Palace o el Hotel Sahara, llenos de máquinas tragaperras, bares, ascensores y neones de todas formas y colores, que incluso llegan a formar espléndidamente la lluvia y los relámpagos del último acto. Este es el más logrado, a pesar de la escena final, en la que Gilda muere en el maletero de un iconográfico Cadillac. Desde el podio, el debutante Pier Giorgio Morandi intentó imponer características estilísticas con un efecto más esforzado que naturalmente musical.  * Eduardo BRANDENBURGER
 
 
 
 
 
 
 
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