CRÍTICAS

 Opéra Royal de Wallonie
Berlioz LA DAMNATION DE FAUST
Paul Groves, Nino Surguladze, Ildebrando DArcangelo, Laurent Kubla. Dirección: Patrick Davin. Dirección de escena: Ruggero Raimondi. 2 de febrero de 2017.
 
Ildebrando d’Arcangelo y Nino Surguladze, Mefistófeles y Margarita en el montaje de Ruggero Raimondi © Opéra Royal de Wallonie / Lorraine Wauters 
 
Podría pensarse que Ruggero Raimondi, con una dilatada y excelsa carrera como cantante, muy similar a la de los grandes divos de antaño, fuera alguien con un gusto conservador por las puestas en escena. Cansado de directores excesivamente experimentales, habría renegado siempre de concepciones alejadas de lo señalado por el compositor en el libreto. Nada más alejado de la realidad. En esta Condenación de Fausto presentada en Lieja emerge un director de escena trabajador, imaginativo, que concibe con intención. Lo deja claro en el programa de mano. Para él, Fausto es un trasunto de Prometeo, alguien que contravino la voluntad de los dioses para beneficiar a los hombres, y por ello pagó con la condenación eterna. En esa figura romántica encaja como un guante Nikola Tesla, uno de los mayores científicos e inventores del último siglo, pero que no ha sido reconocido como tal hasta hace bien poco. Entre otros avances, inventó la manera de poder iluminar las ciudades. Y su motor de corriente alterna lo ve tras una puesta de sol en un verano de Budapest. La visión le lleva a citar unos versos de Fausto. Precisamente.
 
En la primera escena de esta producción se puede ver al protagonista con un pequeño bulto luminoso entre las manos que recuerda esa fotografía con Mark Twain en la que el escritor empuña una de esas misteriosas luces generadas con electricidad. Para esta aventura, Raimondi se rodeó de un equipo escénico muy conocido por el aficionado español. Daniel Bianco se hizo cargo de la escenografía, mientras Albert Faura se ocupaba de la iluminación y Jesús Ruiz de los figurines. Los tres hicieron suya la idea central en torno a Tesla. Todo el espacio estaba dominado por una estructura central, que recordó al concepto escénico de La Fura del Baus para aquel lejano Festival de Salzburgo de Gerard Mortier. Lejos de ser una cita, se inspira en la torre Wardenclyffe, una torre-antena de telecomunicaciones inalámbricas diseñada por Tesla de forma pionera para facilitar la telefonía comercial transatlántica y las retransmisiones de radio entre los años 1901 y 1917. La torre se desmontaría durante la Gran Guerra. El proyecto resultó ser muy costoso y aquello significó el principio del fin del científico. Aquejado de crisis nerviosas, Tesla vivió sus últimos años recluido en habitaciones de hotel. Solo, con aspecto descuidado y asolado por las deudas.
 
Esta puesta en escena ambiciosa, de poderosos claroscuros, gira sobre ese momento clave, el de su condenación, que se ve subrayada al mismo tiempo por el estallido de la Gran Guerra. Sobre fotos de la contienda pudo escucharse la marcha húngara y todos los personajes vestían ropas militares. Mefistófeles era uno de ellos, al que prestó solidez y cavernosidad Ildebrando DArcangelo, cuya apostura recordó en cierto modo a Don Giovanni. Nino Surguladze fue una Margarita no demasiado angelical, cómoda y segura en sus partes. Paul Groves acusó algunas tiranteces en su Fausto, pero fue convincente en su interpretación fatalista del personaje. Peor suerte corrió un coro dubitativo en sus entradas y con dificultades de afinación y empaste. La orquesta comenzó con un fatigoso sonido mate, sin proyección ni redondez, pero fue mejorando en la segunda parte y, sobre todo, en el final, merced a la buena elección de los tempi por el director, Patrick Davin.  * Felipe SANTOS
 
 

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