Teatro Real
Benjamin Britten BILLY BUDD
Jacques Imbrailo, Toby Spence, Brindley Sherratt, David Soar, Thomas Oliemans, Clive Bailey. Dirección: Ivor Bolton. Dirección de escena: Deborah Warner. 31 de enero de 2017.
 
Dos detalles de la escenografía de Billy Budd en el montaje de Deborah Warner © Teatro Real / Javier del Real
 
Es infrecuente ver sobre escena el compendio de aciertos necesario para que una ópera haga honor a la utopía de planteamientos bajo la que nació. Billy Budd es uno de eso extraños casos. El montaje de Deborah Warner y su equipo daba cabida al mundo opresivo y angustioso que prefiguraba Melville en su texto. En esta ocasión no hubo barco en escena y tampoco hizo falta. El reto era transmitir la sensación de suciedad marítima e inframundo con unos pocos elementos: unas cuerdas de evidente simbolismo carcelario, unas velas rectangulares, sacos, algo de agua y un movimiento de plataformas que multiplicaba los espacios. El lúcido movimiento de escena permitía transitar del castillo de proa al entrepuente, donde estaba ubicado un mar de hamacas. Así la realidad ponzoñosa y la crueldad casi rutinaria fueron evidentes sin necesidad de mayores manifiestos. El rayo de luna en la celda o el amago de motín final fueron imágenes que permanecerán largo tiempo en la retina de muchos.
 
En lo vocal el equilibrio en el trío protagonista era estratégico. Brindley Sherrat, el maestro de armas John Claggart, posee una voz que sustancia a la perfección la problemática de su personaje. Es el hombre que, desbordado por una belleza que no entiende, se entrega a la violencia; un villano a pesar suyo, que opta por el mal por desconocer los mecanismos interiores que le lleven a otro lugar. Sherrat lo cantó monolíticamente, sin subniveles. Un registro central sin fisuras y un cuidado desaliño en los agudos perfilaron su personaje. Jacques Imbrailo se enfrentaba a un rol imposible: Billy Budd, un individuo cuya verdad interior se impone a la podredumbre del mundo que le acecha. Es un personaje demasiado bello como para que exista, con lo que cualquier cantante está eximido de llegar a tanto. Con todo, lo conseguido por el barítono sudafricano fue mucho: emisión cuidada y de no gran volumen pero con el fraseo suficiente para que se entendiera la ingenuidad de Billy, además de una vitalidad actoral ilimitada. El Capitán Vere (Toby Spence), ese Hamlet metido a marino, precisa de una voz ambigua con el trasfondo suficiente para imponer la norma y no detentar el odio. Sin brillo pero con solidez, el tenor encontró su lugar en el triángulo equilátero del drama.

En último término el mejor personaje fue el coro, compacto, imaginativo, puntual en sus intervenciones y sin reservar nada para más adelante. El barco fueron ellos. La orquesta acompañó sin querer quedarse atrás, mucho más certera que en otras ocasiones y con un color instrumental sugerente. Ivor Bolton dirigió con intensidad e intención, sin mostrar hastío en frase musical alguna. Éxito de primer orden que se anota el Real y que se acerca a lo que la ópera debería ser: un microcosmos que no tendrá todas las respuestas pero sí todas las preguntas. * Mario MUÑOZ
 
 
 
 
 
 
 
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