Teatro Campoamor
Verdi RIGOLETTO
Celso Albelo, Juan Jesús Rodríguez, Jessica Pratt, Felipe Bou, Alessandra Volpe, Ricardo Seguel. Dirección: Marzio Conti. Dirección de escena: Guy Joosten. 26 de enero de 2017.
 
Juan Jesús Rodríguez encarnó a Rigoletto en Oviedo © Ópera de Oviedo / Iván Martínez
 
El Teatro Campoamor cerró su temporada de ópera con uno de los títulos más populares del canon lírico y una de las obras que está presente en la historia del Campoamor, de manera continuada, a lo largo de sus 125 años de historia: Rigoletto de Giuseppe Verdi.
No escatimó esfuerzos la Ópera de Oviedo y apostó por un elenco de altura encabezado por un Juan Jesús Rodríguez en estado de gracia –pese al aviso al inicio de la velada de estar recuperándose de una afección gripal–, que tiene plenamente dominado al bufón verdiano, aportando a su hermosa línea de canto una más que notable prestación dramática. La capacidad de desarrollar el papel con entrega apasionada y rotundidad vocal le convirtieron en justo triunfador. No se quedó atrás Celso Albelo, que cantó un duque de Mantua que tuvo su punto fuerte en una intensidad vocal arrolladora. De agudo seguro, firme e interminable, convenció por su canto valiente y generoso. Muy matizada y en la búsqueda continua de la exquisitez vocal, Jessica Pratt encarnó una Gilda de muchos quilates, magníficamente cantada. Buen Sparafucile el de Felipe Bou; correcta la Maddalena de Alessandra Volpe –aunque un tanto justa en el cuarteto– y entre el resto del elenco, muy presente el Monterone de Ricardo Seguel. Junto a ellos, el Coro de la Ópera de Oviedo trazó una adecuada prestación, consiguiendo entre todos, un alto nivel global, ese estándar de calidad que tanto cuesta a veces encontrar en el repertorio más conocido.
Sin duda el hacedor de este empeño fue, desde el foso, el maestro Marzio Conti. Al frente de su formación, Oviedo Filarmonía, concertó con detalle, cuidó a los solistas y, a la vez, buscó y consiguió una versión contrastada, llena de energía, matizada y lírica en muchos pasajes, tempestuosa en otros. Una lectura la suya profunda que le dio a la obra el necesario fuego expresivo que va más allá de una mera estandarización.
Lástima que no se hubiese optado por una propuesta escénica de mayor calado. Se trajo una veterana producción de la Ópera de Saint-Étienne firmada por Guy Joosten, muy vinculado a Oviedo en estos últimos años, de escaso valor dramatúrgico. Un armazón narrativo convencional y monótono envolvió la acción sin apenas posibilitar alguna audacia, más allá de epidérmicas decisiones que convirtieron en risibles algunas de las escenas, restando capacidad emotiva en otras. * Cosme MARINA

 
 
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