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Con mucho tiempo de retraso se estrena por fin en Madrid uno de los monumentos musicales del siglo XX: Billy Budd. La ópera de Britten llega al Teatro Real entre el 31 de enero y el 28 de febrero con Ivor Bolton en el podio y en una nueva producción de Deborah Warner.
 
Mario MUÑOZ
ÓPERA ACTUAL 199
(FEBRERO 2017)
 
 
Es tal vez la ópera más brillante e inspirada de Benjamin Britten. Billy Budd se podrá ver por primera vez sobre las tablas del Teatro Real con todo el peso de su libreto descarnado, una música sublime y uno de los repartos más llamativos de la temporada. El equipo artístico se completa con la dirección escénica de una especialista en la dramaturgia de la palabra, Deborah Warner, con Ivor Bolton en el podio.
La puerta tras la que se parapeta todo el equipo de la directora de escena permanece cerrada, a pesar de que ya han pasado cinco minutos respecto a la hora prevista para la finalización de la reunión.
 
Cuando se abre la sala de trabajo, buena parte del equipo abandona el recinto con prisa y la mirada perdida. Faltan varios días para el estreno, pero la tensión y el aroma a gran evento se perciben de inmediato. La directora de escena inglesa afronta con este su cuarto montaje sobre obras de Britten, aunque de todos tal vez sea Billy Budd el que más complejidades manifiesta a la hora de subirlo a un escenario. “Esta producción es una enorme responsabilidad para mí”, comenta Deborah Warner a ÓPERA ACTUAL. “Creo que mi mayor reto radica en no juzgar a los personajes, al igual que no fueron juzgados por Herman Melville, [el autor de la obra en la que se basa la ópera]. Intentar huir de la dialéctica del ring de boxeo (el bien contra el mal, el blanco contra el negro) es lo que más tiempo me está consumiendo”.
 
 
Billy Budd arranca, efectivamente, de mimbres que pueden parecer maniqueos a primera vista. Con una trama que transcurre a bordo de un barco de la marina británica y en plena eclosión de los ideales libertarios de la Revolución Francesa, el riesgo de no dar suficiente relieve a los personajes es inmediato. “Mi trabajo se inicia empatizando con cada personaje. No solo con Billy (defendido por Jacques Imbrailo), sino también con el Capitán Vere de Toby Spence y el Suboficial Claggart de Brindley Sherratt, magníficos cantantes con los que en la mayoría de los casos he trabajado con anterioridad. Me siento en familia con ellos.
 
Con todo, debo encontrar la oscuridad del primero y la luz del segundo, y plasmar lo humano de estos personajes en toda su complejidad”, continúa. “En realidad no es tan difícil porque Britten me lo sirve todo en bandeja. Hago tanto Britten por el espacio maravilloso de trabajo que me ofrece. Sé de antemano que salto a una piscina muy, muy profunda, en la que habitan todos los misterios. Pero incluso en los momentos más oscuros Britten no deja que te rindas. Siempre hay una posibilidad de salvación”.
 
La escenografía de esta nueva producción corre a cargo de Michael Levine, con quien Warner ya trabajó en 2015 en la ópera Between Worlds de Tansy Davis y del que Madrid guarda un más que grato recuerdo gracias a sus Dialogues des carmélites con Robert Carsen. En este caso Levine y Warner han querido moverse en el terreno de lo simbólico: “Nuestro acercamiento a Billy Budd no podía ser una mera representación”, explica la directora inglesa. “No se verá ningún barco, pero crearemos la sensación de un barco o, si se prefiere, de una jaula viviente en movimiento. Habrá un muro de cuerdas que dificulte cada paso. Tendremos tres plataformas móviles independientes que harán posible el movimiento y una ambientación oscura, difícil, compleja. Ese entramado de sogas aporta una enorme carga metafórica, con toda su asfixia y perversión”. Su habitual figurinista, Chloe Obolensky, e iluminador, Jean Kalman, completan el equipo artístico.
 
Fuerza y palabras
En cualquier caso, el principal valor de la ópera, más allá de la propia música, radica en la palabra. La mezcla entre la concepción del mal absoluto concebido por Melville y la esperanza difusa impuesta por Britten dan como resultado una de las mejores parejas músico-literarias de la historia, adaptadas por Edward Morgan Foster y llevadas al lenguaje teatral por Eric Croizer. En una obra en la cual lo que ocurre bajo la superficie trasciende la sencilla acción sobre cubierta, Debora Warner encuentra “luz... Extrañamente, mucha luz. Hay oscuridad, claro, pero ¡es que el drama es oscuro! ¡Shakespeare es oscuro! Hay algo insano y ambiguo en sus personajes, probablemente por el carísimo precio que tuvo que pagar en su vida el propio Britten, pero adoro su idea de la inocencia. El material de partida puede estar repleto de oscuridad, pero lo que construye con ello es pura redención”, sentencia.
A nivel musical, la partitura de Billy Budd presenta hallazgos orquestales de primera línea y algunas dificultades que no parecen tener fácil solución. Ivor Bolton finaliza un ensayo con algunos cantantes sin dar muestras del cansancio que acarrea dar salida a alguno de estos conflictos. La música de Britten forma parte de su repertorio de cabecera y se mantiene muy vinculado a ella: “Me pongo celoso cuando veo a algún compañero dirigir Death in Venice”, bromea. Esta afinidad con el compositor inglés le ha convertido en un referente involuntario en sus interpretaciones, habiendo dirigido cerca de media docena de sus títulos operísticos en los últimos años. Es un britteniano. “Resulta curioso eso del director especializado. He hecho muchísimo repertorio alemán, pero esa vinculación que me otorgan con lo barroco o con lo contemporáneo no desaparece.
Me parecen más estrategias propias del marketing que comentarios con trascendencia real. En mi caso, mis elecciones artísticas se ajustan en buena medida a mis momentos vitales, nada más”.
 
 
Sin voces femeninas
 
Uno de los puntos clave de esta ópera es la ausencia de voces femeninas. Capitanes, suboficiales y marineros en general se han de mover en tesituras similares sin que la sensación de variedad se resienta. “No es una debilidad sino una oportunidad expresiva”, asegura Bolton. “Para un músico con la capacidad de caracterización de Britten, con su facilidad para mostrar lo polifacético, un reparto masculino lejos de suponer una limitación lo que hace es disparar su creatividad. Es capaz de perfilar los personajes con multitud de elementos musicales: bitonalidad, diatonismo, patrones rítmicos, distribuciones orquestales, etcétera. Los pentagramas no se alinean con ningún personaje, sino que es una combinación de ópticas dispares”. Parte de la genialidad de la obra se encuentra en la manera en la que Britten conculca las reglas establecidas con su habitual juego de sutilezas en la asignación de roles.
 
Al protagonista de belleza plena (Billy Budd) lo defiende un barítono, y son precisamente las tesituras extremas (tenor y bajo) en las que tendrán cabida los personajes con mayor presencia de sombras. “Problemas de reparto aparte, esta es una de las partituras más exigentes para un director de ópera”, confiesa Bolton. “Se cambian las texturas y la atmósfera cada veinte compases y la atención al detalle ha de ser continua. Aunque al principio la arquitectura general de la obra parezca centrarse solo en el dolor psicológico o la humillación, cuando contemplas el cuadro general entiendes que está inundado por la luz del sol. No es un sitio inhóspito. El problema es que los protagonistas no están allí voluntariamente. Es una jaula del sistema”. Este Billy Budd se complementa con un reparto eminentemente anglosajón y especializado (Thomas Oliemans, David Soar, Torben Jürgens, Duncan Rock y Christopher Gillett). El Coro Titular del Real, dirigido por Andrés Máspero,tiene ante sí una nueva oportunidad de reivindicarse, esta vez junto a los Pequeños Cantores de la Comunidad de Madrid. La Orquesta Titular del Teatro Real volverá a situarse tras los atriles. “Está en un gran momento de forma”, comenta su director titular. “Mantiene la curiosidad y el ánimo de mejorar, me siento orgulloso de su versatilidad y de que pueda realizar lecturas de cualquier obra con tantas garantías”.
 
 

 

Dos diseños escenográficos de Michael Levine para Billy Budd, un montaje de Deborah Warner con figurines de Chloe Obolensky e iluminación de Jean Kalman
 
 
La hora de Britten
 
Para el director artístico del Real, Joan Matabosch, “por fin llegó la hora de Billy Budd”. Lo asegura argumentando que, en sus tempordas, “no se trata de incluir necesariamente a Britten, sino de que la programación contribuya a ampliar el repertorio del teatro. Su caso ha sido uno de los más escandalosos dentro de las lagunas culturales de España: hasta hace apenas veinte años casi todas sus óperas permanecían inéditas en el país, siendo una figura esencial. Vamos mejorando”.
 
ÓPERA ACTUAL: ¿No hay un punto de afinidad personal?
Joan MATABOSCH: Eso no tiene nada que ver. Se trata de la responsabilidad de un director artístico que ha de tener claro para qué tiene sentido que exista un teatro de ópera. Si no me gustara Britten, seguiría considerando que es mi obligación programar sus óperas. Pero, por suerte, no es el caso: las adoro.
 
Ó. A.: En todo pentagrama de Britten anida una buena porción de oscuridad.
J. M.: Más que oscuridad, toda su obra operística pivota sobre la crueldad con que el hombre es capaz de destruir lo que no puede poseer. En Billy Budd aparece además otro de sus temas recurrentes: el recelo maligno ante la singularidad que hace a un miembro de la comunidad diferente, no asimilable. En este caso, en lugar de tratarse de una figura desagradable (como aquel desheredado social que era Peter Grimes), se trata de un joven atractivo, inconsciente de la fascinación –y, finalmente, del recelo– que provoca en los demás.
 
Ó. A: ¿En qué se centra este montaje?
J. M.: Decía Robert K. Martin que Billy Budd es un estudio de los mecanismos de represión que Melville describe en su novela con profundo pesimismo. Los hombres razonables al servicio de empresas irracionales seguirán permitiendo que los Billy de todas las épocas renuncien y mueran sin remedio, repletos Dos diseños escenográficos de Michael Levine para Billy Budd, un montaje de Deborah Warner con figurines de Chloe Obolensky de lealtad a un falso sistema que escapa e iluminación de Jean Kalman a su entendimiento. Pretendemos mantener ese enfoque pacifista del texto que se opone a cualquier forma de violencia. Al final solo quedará el silencio de una pregunta no formulada: ¿cuándo será posible un mundo en el que Billy Budd no tenga que morir?
 
Ó. A.: El reto es difícil.
J. M.: Pero es que en este caso a un montaje excepcional se añadirá el descubrimiento de una obra excepcional. Hemos juntado a dos de los mejores defensores de este repertorio para darle forma, Ivor Bolton y Deborah Warner. Veremos cómo resulta.
 

 

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