Opéra-Bastille
Wagner  LOHENGRIN
René Pape, Jonas Kaufmann, Martina Serafin, Tomasz Konieczny, Evelyn Herlitzius, Egils Silins. Dirección: Philippe Jordan. Dirección de escena: Claus Guth. 18 de enero de 2017.
 
Jonas Kaufmann y Martina Serafin protagonizaron Lohengrin en París © Opéra National de Paris / Monika Rittershaus
 
 
La dulzura de los violines se vio rápidamente cubierta por las maderas, roncas, a las que vinieron a reforzar los metales. Unos y otras evocaron las aguas de un río caudaloso por el que seguramente descendería el preciado cisne tirando de la barquichuela del héroe. Philippe Jordan no dudó en dar a la orquesta, de aquí en adelante, el papel del fuerte, del poderoso y no el –también posible– del soñador de cuentos de brujas y de princesas cautivas. Ello forzó a los solistas y al coro –que lo respetó menos– a mostrar más potencia que lirismo. Fue una opción muy acertada que gustó a los artistas en el escenario y al público que llenaba a rebosar la sala de la Bastille. El regreso a los escenarios del tenor Jonas Kaufmann era un evento que justificaba la presencia masiva de los parisinos.
Egils Silins (Der Heerrufer) hizo los anuncios protocolarios de las entradas de los magnates y de los torneos con aplomo, sin temblores, con voz de trueno y gran determinación. René Pape (Heinrich der Vogler) marcó con decisión y autoridad los contornos del poder –la defensa de la patria y la de la viuda y el huérfano– con emisión clara, bien contorneada, viril y generosa. La voz de Martina Serafin (Elsa) cubrió con creces el inmenso volumen de la sala; su emisión, por ser algo estrecha, dio la perfecta impresión de la fragilidad congénita de la bella brabantina. Mantuvo idéntica emisión durante el resto de la velada, incluso en aquellos momentos de victoria en los que hubiese podido mostrar fuerza y hasta virilidad. No fue así y la decisión fue justa, puesto que el personaje quedaba de este modo totalmente definido, con continuidad y precisión: Elsa, vestida de blanco, debía de ser y fue todo lo contrario de Ortrud, vestida de negro. Tomasz Konieczny (Telramund) declaró a Heinrich y a todos los presentes su falsa acusación contra Elsa con prontitud, tranquilidad y refinada elegancia. Fue el traidor maquiavélico, cínico por excelencia. Emitió el barítono, con algún metal en la voz, siempre en forte, con grandísima corrección y un gran respeto de la lengua alemana.
La expectativa de la sala estaba centrada en la actuación de Jonas Kaufmann tras sus problemas de salud. El tenor alemán cantó sin llegar al límite de sus posibilidades, pero con honradez y sin disimulos ni protecciones de ninguna clase. Su trabajo convenció: abrió su actuación, recién desembarcado del cisne, con una dulce melodía cantada por momentos a cappella. En la inmensa sala no se oyó el más mínimo ruido durante la introducción del héroe. Cambió luego de expresión aumentando el volumen, sin querer en ningún momento compararse en términos de intensidad con Telramund. Concluyó su actuación el tenor alemán con el célebre y esperado final (“In fernem Land”) dando al personaje el matiz lírico –en principio contra los designios del foso– que endulzó la dureza de los decires y las acusaciones de la pareja diabólica, que no dejó de acusar, con arte y malevolencia, a unos y a otros. La presencia de Kaufmann fue decisiva esta noche en la que nada le fue perdonado, vista la actitud, más bien dura de la orquesta y la calidad de sus comprimarios todos.
Un sombrío violoncelo abrió el negrísimo segundo acto. Se repitieron los planteamientos vocales del primero. Algo más de furia vocal apareció en el personaje de Elsa en su primera confrontación con Ortrud, quien llevó la voz cantante en este acto genialmente interpretada por Evelyn Herlitzius, con voz muy oscura en los momentos de reflexión, mucho más suave cuando se trataba de convencer a su marido o de tentar a Elsa, voz, al contrario, brillante, fuerte y decidida frente a la joven noble, al acercarse ésta al altar. Herlitzius dio en sus apariciones una lección de canto y de interpretación dramática dignas de las mejores.
La escenografía de Christian Schmidt contribuyó también a endurecer la atmosfera: una pared en el fondo al estilo de las de los teatros romanos, reflejaba las voces y la orquesta dando así una mayor impresión de volumen acústico. La escena recordaba una calle, o tal vez un patio, de una ciudad al sur de Estados Unidos –probablemente Nueva Orleans– con sus balcones sostenidos por columnas de hierro. Vistió el propio Schmidt al coro y a los solistas varones con uniformes nordistas de la guerra de Secesión, momento peregrino en el que Claus Guth situó la acción. El director de escena dobló las acciones de unos y otros con historietas en segundo plano que trazaban el pasado de Elsa y de su hermano o que aludían al cisne transportador del héroe. Si la mayoría fueron banales, una de ellas, la visión alucinada que Telramund y Ortrud vencidos tuvieron de Lohengrin al inicio del segundo acto, estuvo muy lograda. Guth trató al héroe como alguien venido de otro planeta, descalzo y rehusando constantemente la etiqueta impuesta por la sociedad que le acogía. Para mayor desentendimiento, el regista mató al héroe con las bayonetas de los propios soldados nordistas de Heinrich, a Elsa de pura pena y, naturalmente, al pérfido matrimonio.
Los artistas en el escenario, incluyendo al coro –dirigido por José Luis Basso–, y el foso fueron muy aplaudidos. Kaufmann saludó con humildad mientras el equipo de la puesta en escena recibió una clara división de opiniones.  * Jaume ESTAPÀ
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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