Théâtre de La Monnaie
DeFoort DARAL SHAGA
Michaela Riener, Maciej Straburzyński, Tiemo Wang. Músicos: Fabian Fiorini, Lode Vercampt, Jean-Philippe Poncin. Dirección de escena: Fabrice Murgia. 12 de enero de 2017.
 
Daral Shaga se presentó en Bruselas en la producción de Fabrice Murgia / Théâtre de La Monnaie
 
 
La noche anterior al salto, el miedo suele atenazar el cuerpo y dejar la consciencia en una duermevela pesada y frágil a un tiempo, como quien trata de no despertar del todo ante la pesadilla que se avecina. Pero la promesa de un tiempo mejor insensibiliza al dolor y al frío. Por eso, desearían que ese salto fuera tan sencillo y limpio como el de un acróbata. Quizá sea ese el sueño de los que logran dormirse esa noche.
La fantasía de Daral Shaga convierte la odisea de Nadra –una joven emigrante–, de su padre y de un refugiado desengañado que vuelve a casa en la proeza de unos acróbatas. Caídas en el vacío salvadas en el último instante, golpes que no consiguen romper los miembros de quien lo intenta. La intención de Philippe de Coen, fundador de la compañía de teatro circense Feria Musica, fue introducir este lenguaje en la narración de un camino incierto, más propio de una tragedia que de un divertimento. Pero los acróbatas que participan en esta producción le dan un aire expresionista a sus movimientos. Son piruetas desesperadas, hechas para sobrevivir.
La música de Kris Defoort juega con las dos historias paralelas para otorgarle una textura más lírica a la odisea del padre y la hija, y deja los sonidos más rítmicos, sincopados, con cierto aire de jazz, a la peripecia de salvar los obstáculos del camino y escalar las vallas. Parte para ello de una instrumentación reducida. Violonchelo, clarinete –que se cambia por un clarinete bajo en ocasiones– y piano, que necesitan tres músicos notables para conseguir compenetrarse desde los tutti a los pasajes para solista. La primera nota de la obra es ya una declaración de intenciones. El clarinete emite un sonido bronco, desasosegante, que poco a poco evoluciona hasta convertirse en algo puro y evocador, como si recordara al comienzo de Rhapsody in Blue, de Gershwin.
El papel de Nadra lo cantó la mezzosoprano Michaela Riener, una intérprete con una gran capacidad teatral que consiguió momentos de intimismo en sus diálogos con el padre, interpretado por el bajo-barítono Maciej Straburzyński. El barítono Tiemo Wang se mostró introspectivo y sombrío como el refugiado que trata de volver a un hogar que habrá cambiado ya para siempre. El libreto está escrito por el novelista francés Laurent Gaudé a partir de una novela suya, Eldorado, publicada en 2006, que cuenta el drama de la inmigración a partir de las historias entrelazadas de varios protagonistas.
Fabrice Murgia ya había tratado el tema de los emigrantes en Exils, una pieza teatral que se pudo ver en el Festival de Otoño de Madrid hace algunos años. Allí ya dejó claro gran parte de la capacidad de su dirección de escena, que se basa en el uso del vídeo para lograr puntos de vista simultáneos ―que ofrecen dos caras de la misma narración― y un sentido admirable del ritmo y la unidad dramática. * Felipe SANTOS
 
 
 
 

 

 
 
 
 
 
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