Metropolitan Opera
R. Strauss  SALOME
Kirsten Chambers, Zeljko Lucic, Gerhard Siegel, Nancy Fabiola Herrera, Kang Wang, Carolyn Sproule. Dirección: Johannes Debus. Dirección de escena: Jurgen Flimm. 13 de diciembre.
 
La producción de Salome de Jürgen Flimm volvió a subir al escenario del Met © Metropolitan Opera / Ken Howard
 
 
Esta función finalizó con ovaciones de un público puesto en pie. Buena parte de ellas fueron destinadas a la debutante Kirsten Chambers, que se hizo cargo del rol titular a última hora y que ofreció una de las mejores y más completas interpretaciones en décadas en la Metropolitan Opera de la impetuosa adolescente. La soprano, de timbre brillante, dio vida a Salome con total naturalidad desde su primera aparición, haciendo del rol algo fascinante. Y lo hizo en la estilizada y confusa producción de Jürgen Flimm, que desde su estreno en 2004 nunca había contado con una Salome tan convincente.
La propuesta del regista alemán se basa más en un concepto estético que histórico: la acción se traslada a una atractiva y moderna terraza felliniana en torno a 1940, con los personajes transformados en un colectivo sin una clara identificación social. Entre ellos destacó el Juan el Bautista de Zeljko Lucic, que en una de sus más comprometidas actuaciones –como un criminal medio demente– impactó con su voz heroica de barítono sin llegar, sin embargo, a captar la santidad esencial del predicador. Gerhard Siegel fue un Herodes fuera de serie con una voz extraordinariamente segura y una prestación dramática perfecta en todas las facetas emotivas del tetrarca. A su Herodías le dio vida la española Nancy Fabiola Herrera, que supo exprimir la esencia decadente del personaje y se apropió del escenario en todas sus intervenciones con un instrumento expresivo y arrollador. Kang Wang, por su parte, fue un Narraboth ideal en el aspecto vocal, pero dramáticamente no se le vio del todo cómodo. Como los cinco judíos, Allan Glassman, Mark Schowalter, Noah Baetge, Alex Richardson y David Crawford estuvieron estupendos, pero los dos nazarenos de Mikhail Petrenko y Paul Corona dejaron mucho que desear, desperdiciando uno de los momentos más especiales de la obra.
La orquesta tocó enérgicamente bajo la batuta de Johannes Debus, quien ofreció una lectura más cuadrada y rimbombante que estilizada, luciéndose más en las partes instrumentales. Así ocurrió en la danza de los siete velos, que contó con una coreografía de Doug Varone inspirada en Chorus Line que culmina en desnudo total; Chambers ejecutó la danza con gran erotismo y sin ninguna vulgaridad.  * Eduardo BRANDENBURGER
 
 
 

 

 
 
 
 
 
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