Teatro alla Scala
Puccini  MADAMA BUTTERFLY
María José Siri, Annalisa Stroppa, Nicole Brandolino, Bryan Hymel, Carlos Álvarez, Carlo Bosi.
Dirección: Riccardo Chailly. Dirección de escena: Alvis Hermanis.  13 de diciembre.
 
Alvis Hermanis firmó la puesta en escena de Madama Butterfly en la inauguración de la temporada del Teatro alla Scala © Teatro alla Scala / Brescia & Amisano
 
Por mucho que se le dé vueltas, esta primera versión de Butterfly, abucheada sin piedad en su hasta ahora única aparición en el Teatro alla Scala el 17 de febrero de 1904, no deja de ser hoy por hoy una curiosidad para los melómanos más empedernidos, para los musicólogos y, cómo no, una ocasión inmejorable para el lucimiento de Riccardo Chailly, que se ha propuesto llevar a cabo un muy loable Tutto Puccini en el coliseo milanés. Así, la Orquesta de La Scala pudo demostrar su calidad superior bajo una batuta inagotable en matices e incansable a la hora de buscar todos los alardes tímbricos, tonales y melódicos con que se prodigó Puccini en esta partitura. Una composición que, tras cinco revisiones, acabaría tomando su forma definitiva en 1922.
Esta reseña hace referencia a la tercera de las funciones previstas en la inauguración de la temporada de La Scala, en las cual se anunció que la protagonista, la soprano María José Siri, si bien resfriada, afrontaría igualmente su parte. Lo hizo con profesionalidad impresionante, sin rebajas de ningún tipo, incluyendo el Re bemol –broche de oro de su entrada–, encandilando al público con una interpretación de altísimo nivel. La voz de la intérprete uruguaya, que debutaba el rol, se adapta especialmente a las exigencias de la pequeña japonesa, casi una niña con sus quince años en el primer acto, ingenua e ilusionada, y, más tarde, mujer y madre. El dramatismo controlado –sin exceder en tonos veristas–, la dulzura en el canto, con pianissimi y legato de gran escuela, se sumaron a un acento y a un fraseo bien expresados. Fiel a una regia –firmada por Alvis Hermanis– que le impuso movimientos estilo teatro kabuki –a veces excesivos, sobre todo en el segundo acto–, sin embargo llegó al corazón del auditorio con una emotividad palpable.
La presencia de un Sharpless de la categoría de Carlos Álvarez añadió interés a la función, pese a que en esta versión se le quite protagonismo en beneficio de la episódica Kate Pinkerton, que aquí tiene mayor posibilidad de lucirse. Todo un lujo asiático disponer de una vocalidad tan vigorosamente baritonal, con un timbre aterciopelado y agradecido por color, con un canto bien proyectado, en principio cómplice y campechano hacia el lugarteniente y paisano, luego poderosamente paternal y afectuoso con la desdichada Cio-Cio-San. Tuvo, como era previsible, un merecido éxito personal. El que arriesgó, y mucho, fue Bryan Hymel, y no solo por la inevitable antipatía que provoca el personaje de Pinkerton entre el público, aún más manifiesta con frases decididamente racistas en esta primera version. Resultó estirado y chillón en el agudo, siempre forzado.
Muy buena la Suzuki de Annalisa Stroppa, una mezzo ya consolidada, eficaz y de grandes medios. Entre los tenores especializados en las llamadas parti di fianco a Carlo Bosi le espera, sin duda, la muy honorable condición de heredero de Piero Di Palma, el inolvidable rey de los comprimarios; su Goro fue no menos que perfecto por las intenciones en la actuación ejemplar, por la precisión musical y por una voz bien proyectada in avanti al punto que en más de una ocasión superó con creces la del tenor protagonista. Adecuados los otros intérpretes; entre ellos destacaron el bien cantado Bonzo de Abramo Rosalem, el borrachín tío Yakusidé de Leonardo Galeazzi y la Kate Pinkerton, preciosa de aspecto y efectiva como cantante, de Nicole Brandolino* Andrea MERLI.
 
 
 
 
 
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