Teatro Real
Wagner  EL HOLANDÉS ERRANTE
Evgeny Nikitin, Ingela Brimberg, Kwangchul Youn, Nikolai Schukoff, Kai Rüütel, Benjamin Bruns. Dirección: Pablo Heras-Casado. Dirección de escena: Àlex Ollé (La Fura dels Baus).  17 de diciembre.
 
 Evgeny Nikitin e Ingela Brimberg encarnaron a El Holandés y Senta En el Teatro Real en el montaje concebido por Àlex Ollé © Teatro Real / Javier DEL REAL
 
El buque fantasma del Holandés errante atracó de nuevo en el Teatro Real y, como era de esperar, no le faltó ni un ápice de la prosopopeya que le acompaña allí donde va, aunque sea en un lugar tan poco dado al alto voltaje lírico como la ribera del Manzanares. También hay que tener en cuenta que las pasiones desbordadas y la fe en la redención por el amor, aunque sea a cargo de un personaje al borde siempre de la alucinación como Senta y a costa del pobre –en todos los sentidos– Erik, casan mal con los espíritus postmodernos. Por eso la música, en algún momento tan prosaica como una canción de cervecería, sigue exigiendo un esfuerzo por revivir la desmesura romántica.
Hasta esas alturas se alzó la magnífica Senta de Ingela Brimberg, soprano con voz ancha, segura, limpia, muy expresiva aunque le falte –es un pero secundario– algo de la fragilidad que padece su personaje. Fue la gran triunfadora de la velada. Muy bien el bajo Kwangchul Youn, habitual ya del Real, en su papel de Daland, que requiere una voz potente, pero también capacidad para expresar pasiones nada heroicas como la codicia. El Holandés del barítono Evgeny Nikitin tiene presencia escénica y un material vocal hermoso, aunque se queda un poco corto, sobre todo por los graves y también en el volumen y la proyección, para un personaje que debe hacerse con el teatro nada más aparecer en escena. Erik, el cazador amante de Senta, es el papel más conmovedor de la obra y habría estado muy bien personificado por Nikolai Schukoff, tenor lírico con una voz casi quebrada, de no haber caído en demasiados desafinamientos. Benjamin Bruns hizo un Timonel casi italiano, lo que no viene mal sobre todo con una voz tan hermosa, y Kai Rüütel compuso una muy convincente Mary.
La Orquesta y el Coro Titulares, auténticos protagonistas, mantuvieron un nivel sobresaliente, sin fallos. Pablo Heras-Casado, que se estrenaba en el repertorio wagneriano, tendió alguna vez a los efectos sin causa, pero supo dominar una partitura compleja y en ocasiones contradictoria, que requiere una tensión que supo encontrar y comunicar al foso y a la escena.
La puesta en escena de Àlex Ollé, de La Fura del Baus, lleva la impronta de la casa: un espectáculo total, un poco circense, con efectos estupendos –el mar desatado del final, la tormenta deshecha durante el festejo de los marineros, la gran ancla del principio–, otros un poco dudosos –lo de los zombis en la ópera se nos está yendo de las manos, como se dice ahora– y alguno inexplicable, como haber situado la escena de Senta y sus compañeras en una playa india, como si estuviéramos en las latitudes de Los pescadores de perlas. En la ópera los disparates no siempre desentonan, pero este, debido al parecer a que por aquellas lejanas costas hay una gran industria de desguace de barcos, se aventuraba demasiado en lo puramente kitsch. Acertada, a pesar del recorte en socialización, la decisión de dar la obra sin cortes. Inmersión total, en dos palabras.  * José María MARCO
 
 
 

 

 
 
 
 
 
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