Staatsoper im Schiller Theater
Puccini MANON LESCAUT
Anna Nechaeva, Riccardo Massi, Roman Trekel, Franz Hawlata. Dirección: Mikhail Tatarnikov. Dirección de escena: Jürgen Flimm. 4 de diciembre.
 
Anna Nechaeva, protagonista de una Manon Lescaut ambientada en los años 20 del siglo XX © Staatsoper / Matthias Baus
 
La de Manon Lescaut es la historia de una adolescente que se inicia en los placeres terrenales de camino a un convento y termina el recorrido por las pasiones y la riqueza como una mujer sola, perdida y deportada por la justicia. Su salvación es la muerte y ese momento es uno de los más bellos y desgarradores de la literatura operística. Manon Lescaut fue el primer gran éxito de Giacomo Puccini, una acogida que la Staatsoper no logró reproducir en el estreno berlinés de esta producción de Jürgen Flimm estrenada en San Petersburgo en 2014.
Aplausos hubo y es muy posible que la propuesta del todavía director artístico de la Staatsoper los mereciera, pues innegable es su destreza en las artes teatrales. Su ingenio, sin embargo, pareció agotado. Visualmente fue una Manon Lescaut con color y brillo hollywoodiense, trajes de satén y estolas de armiño –vestuario de Ursula Kurdrna, más propio de musical cinematográfico años veinte–, una versión despojada no ya de la parafernalia rococó del Turín del siglo XIX, que es innecesaria, sino de dramaturgia.
La soprano rusa Anna Nechaeva cantó el papel protagonista y evolucionó con él. Fue una joven en busca de la suerte del amor, demasiado joven para saber retenerla; fue la mujer vapuleada en su intento por hacer carrera –naturalmente en el mundo del cine–, condenada a morir enferma y sola pero como una heroína. Nechaeva cumplió con todos los requisitos vocales del personaje. Su timbre fue metálico, aterciopelado y voluptuoso. Fue limpio en los agudos y cristalino en los bajos. Ella salvó a esta Manon de las garras de Hollywwod.
Más irregular fue su compañero Riccardo Massi en el papel de Renato Des Grieux. Su voz de tenor lírico es hermosa, pero inestable, y sus dotes de interpretación, endebles. Aun así, ofreció un dueto de amor con Nechaeva sencillamente hermoso. Roman Trekel se metió en la piel del sargento Lescaut con relativa destreza y, pese a que el barítono alemán se siente más cómodo en otro tipo de repertorio, su “Sei splendida e lucente” en el segundo acto fue espléndido. El resto del reparto en papeles secundarios fue adecuado, pero la buena interpretación de Franz Hawlata, Natalia Skrycka, David Ostrek o Dominic Baeberi no suplió las lagunas conceptuales de la escena.
En el foso, bajo la dirección de Mikhail Tatarnikov, maestro titular del Teatro Mikhailovsky de San Petersburgo, la andadura comenzó plana, lenta y sin embargo en fortísimo, un manto pesado de decibelios sobre los solistas. Pero a medida que la Staatskapelle se adentraba en el universo Puccini, la batuta de Tatarnikov perdió realismo analítico, se hizo más sentimental.
El público acogió la producción la opereta hollywoodiense de Flimm con aplausos pero sin entusiasmo, y con algunos abucheos en las primeras filas. * Cocó Rodemann
 
 
 
 
 
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