Ginebra
Grand Théâtre de Genève
Marschner / J. Hoffmann DER VAMPYR
Tómas Tómasson, Jens Larsen, Laura Claycomb, Chad Shelton, Ivan Tursic, Maria Fiselier. Dirección: Ira Levin. Dirección de escena: Antú Romero Nunes y Tamara Heimbrock. 19 de noviembre de 2016.
 
Der Vampyr llegó a Ginebra en una versión de los directores de escena Antú Romero Nunes y Tamara Heimbrock © Gran Théâtre de Gèneve / Magali Dougados
 
Der Vampyr, el de Marschner, se basa en una obra de John Polidori, escritor amigo de Shelley y Byron. A propuesta de este último, los tres autores escribirían sus obras más célebres después de pasar un verano en Villa Diodati, en Ginebra. Marschner se inspiraría en la obra de Polidori para componer una obra musical a medio camino entre el Singspiel alemán y la ópera romántica, muy cercana en estilo y oscuridad romántica a Der Freischütz de Weber, su rival. Hasta Richard Wagner dirigió e, incluso, hizo algún añadido a la obra. Es esta una ópera muy interesante, con preciosos pasajes y grandes escenas como el monólogo de Ruthven, el aria de Malwina y Aubrey, los dúos y escenas o la romanza de Emmy Perth, precursora de la balada de Senta del Holandés wagneriano.
No es la primera ocasión que una dirección de escena mete tijeretazo por lo sano a una partitura. En este caso Antú Romero Nunes redujo la obra hasta los 80 minutos de duración, dejando fuera la obertura y cambiando a su antojo el orden de los distintos números. Para que estas modificaciones no hicieran perder el sentido musical de la obra, le encargaron al compositor Johannes Hoffmann que hiciera las transiciones y hasta la magnificente coda del final de la obra. Aunque, según afirmó el director musical, Ira Levin, él mismo también introdujo cambios en la partitura, convirtiendo el espectáculo en un work-in-progress.
Sacado el corsé y una vez admitido que se está delante de una obra inspirada en el Vampyr de Marschner, la percepción puede ser mucho más estimulante. Si bien el producto final pasó de ser una ópera romántica de terror a un espectáculo grotesco, en el que la carcajada abundaba más que el enmudecimiento de terror. Sangre, vísceras, torpes muertos vivientes y cabezas decapitadas pasando de mano en mano eran elementos que podían parecer desagradables, pero en realidad despertaban la hilaridad del público. El espectáculo merecía la pena. Sobre todo porque supo unir este teatro del absurdo con un elenco musical de primera línea, capitaneado por el estadounidense Levin, que imprimió energía y teatralidad a la parte de la partitura que le tocó dirigir, con esa delicia que es la Orquesta de la Suisse Romande y el coro del Grand Théâtre, que parecía disfrutar de lo lindo con el espectáculo.
El barítono Tómas Tómasson, bien conocido por sus roles wagnerianos, hizo un Ruthven de gran carácter, imponente presencia escénica y entregada musicalidad. Ya en "Ha! Welche Lust" dejó claro que su paso por este personaje no dejaría indiferente. Aubry es un rol para un tenor de ancho instrumento, grave sólido y agudo brillante, a un paso del Heldentenor wagneriano y muy próximo al Max weberiano. Chad Shelton esgrimió una magnífica interpretación, a pesar de que la escena le relegaba a realizar una versión de tontolaba pequeño burgués, en la que desaparecían las dotes heroicas del papel, que sí permanecerían en el apartado musical: sólido, brillante y conmovedor. Por otros lares correría la Malwina de Laura Claycomb, que, a pesar de ponerle muchas ganas, sobre todo teatrales, posee una voz que carece de interés, con agudos gritones y registro medio-grave inaudible. La Emmy Perth de Maria Fiselier fue una muy notable sorpresa por la calidad de su instrumento, de brillante esmalte, y por su sentida interpretación de la bella romanza "Dort an jenen Felsenhang". * Albert GARRIGA

 

 
 
 
 
 
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