REPORTAJES

 La obra maestra de Bellini sube este mes al escenario del Teatro Real de Madrid en una producción de Davide Livermore para el Palau de les Arts de Valencia, con Roberto Abbado en el podio. En las 12 funciones programadas entre el 20 de octubre y el 4 de noviembre, se reparten los papeles principales los tenores Gregory Kunde, Roberto Aronica y Stefan Pop, las sopranos Maria Agresta, Angela Meade y Mariella Devia, Y las mezzosopranos Karine Deshayes, Veronica Simeoni y Ketevan Kemoklidze.
 
 
Roger ALIER
OPERA ACTUAL 195
(OCTUBRE 2016)
 
 
 
Hace ya años de mis discusiones con un alumno –hoy colega– sobre el caso especial que representa Norma,­ de Bellini, en el panorama de la historia de la ópera italiana. Mi alumno sostenía que era una obra plenamente situada en el ámbito de la ópera romántica italiana, en contra de mi opinión, que todavía sostengo, y que aquí presento. Admitiendo que se halla en una posición fronteriza marcada por la estética pre-romántica, precisamente, y por este motivo, sostengo que pertenece al Neoclasicismo, estilo fuertemente marcado por la constante elaboración de los mitos clásicos griegos y romanos –pero en su última fase, más inclinada hacia lo romano–, y aunque son perceptibles en ella alguna de las ideas del naciente Romanticismo, lo fundamental es que todavía se trata de una historia de romanos.
 
Se sabe, por otro lado, que el libretista, Felice Romani, se mantuvo siempre en un terreno transicional, superado en el último título de Bellini (I Puritani, 1835), en el que ya no colaboró. Como libretista que era, Romani se mantenía informado de los estrenos teatrales en los que podía inspirarse para sus argumentos operísticos, que en esta época casi siempre procedían del teatro hablado. Precisamente, en abril de 1831 en el Odeón de París, un autor de características similares a las de Romani, Alexandre Soumet, había estrenado el drama teatral Norma, ou l’infanticide que había sido un rotundo éxito interpretado por una de las grandes actrices del momento, Marguerite-Joséphine Weimer, Mademoiselle Georges. La historia de Soumet establece las bases del drama que más tarde escribiría Romani, pero con una mayor crueldad escénica, ya que como el título indica, Norma acaba matando a sus hijos para vengarse de la infidelidad del romano Pollione. Con ello la obra de Soumet se acerca más a la historia de Medea, que procedía nada menos que de Eurípides, pieza que pocos años antes había regresado al mundo de la ópera de la mano de Cherubini. Medea tiene un carácter más agresivo que Norma, y todos sus engaños están encaminados a recuperar a sus hijos con el único objetivo de matarlos para vengarse de su marido, el infiel Jasón. Cuando éste, desesperado, le pregunta a Medea por qué ha cometido tal crimen, ella se limita a responder “eran hijos tuyos” y se aleja de escena en un carro de fuego.
 
 
 
¿Doble crimen?
 
Romani suavizó el carácter de Norma, que llega a blandir el puñal con el que piensa en un infanticidio que se ve incapaz de cometer; es curioso el retroceso dramático del personaje, y que Romani renunciara al golpe de efecto del doble crimen; como consecuencia de ello, el final de la obra se complica al no quedar claro qué hacer con los niños cuando Norma y Pollione ascienden a la hoguera. La solución de la rápida apelación al padre de Norma, Oroveso, que descubre en tres minutos que tiene nietos, no es nada eficaz teatralmente.
 
La obra de Bellini se hizo famosa en cuanto se interpretó en los principales teatros europeos, comenzando en La Scala de Milán (26 de diciembre de 1831). En Madrid se estrenó en el Teatro del Príncipe, el 16 de enero de 1834, y poco después se dio también en el de la Cruz, aquella misma temporada; al Teatro Real subió por vez primera el 14 de noviembre de 1851, coliseo en el que se ha interpratado en 111 ocasiones. Bastante antes pudo verse en el Teatro de la Santa Cruz de Barcelona, el 4 de junio de 1835, mientras que en el Liceu se estrenó cuando todavía el coliseo se encontraba en su fase previa, el Liceu de Mont-Sion, el 3 de febrero de 1838. También fue la primera obra representada en el Gran Teatre, a cuyo escenario ha subido más de un centenar de veces desde la temporada inaugural de 1847. Esta ópera motivó la publicación de la primera imagen del coliseo barcelonés, en color, y con la famosa e inmensa lámpara en el centro de la sala, única imagen que existe del local original que desaparecería con su primer incendio, en abril de 1861.
 
 
Norma, por sus dificultades vocales­ y por el temperamento dramático que exige de su intérprete principal, ha llegado a convertirse en un mito casi inalcanzable para los intérpretes. Cuando el 8 de enero de 1970 Montserrat Caballé dio el paso definitivo para incorporarse al elenco de las grandes de la lírica, lo hizo cantando Norma en el Liceu, junto a Fiorenza Cossoto como Adalgisa y Bruno Prevedi como Pollione (el papel se había anunciado para Mario del Monaco, que se hallaba casi al final de su carrera y que sospechó que quedaría ofuscada su presencia por las dos reinas de la escena). Aquellas funciones legendarias dejaron un rastro en la prensa realmente importante: en La Vanguardia el crítico Xavier Montsalvatge tituló su reseña Una noche sensacional y un triunfo sin precedentes de Montserrat Caballé y Fiorenza Cossotto: del Monaco tenía razón... Detalle curioso de esas representaciones fue la presencia de Josep Carreras en el papel de Flavio, con unas breves intervenciones en el primer acto que le valieron ser descubierto por la diva catalana.
 
En el siglo XIX, cuando la ópera era un espectáculo habitual en muchas de las ciudades de España, Norma, a pesar de las dificultades de su producción, adquirió una inmensa popularidad que ha dejado rastro en la literatura; el dramaturgo Pedro Antonio de Alarcón publicó su primera novela en 1855 titulada El final de Norma en la que el protagonista, Serafín, iba a parar nada menos que a Laponia siguiendo a una cantante que lo había fascinado en la ópera de Bellini. Lo más curioso es que la tal cantante se llamaba Brunilda, sin que, por supuesto, tuviera entonces Alarcón ningún contacto con Wagner ni con la Tetralogía, todavía en fase de composición.  
 
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