NOVEDAD DISCOGRÁFICA

PUCCINI, Giacomo
Turandot
N. Stemme, A. Antonenko,
M. Agresta, A. Tsymbalyuk, A. Veccia, R. Covatta, B. Nacoski, C. Bosi. Dir.: R. Chailly. Dir. esc.: N. Lehnhoff. Decca 074 3937. 1 Dvd. 2017.
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Se esperaba con gran expectación está Turandot de Puccini en La Scala, que fue la gran apuesta del coliseo milanés para la Exposición Universal celebrada en la ciudad italiana en 2015 y que se retransmitió en directo a los cines europeos en mayo de ese año. Lo mejor, sin duda alguna, es la extraordinaria dirección musical del titular de la casa, Riccardo Chailly, situado en el podio frente a una suntuosa Orquesta de La Scala en la que brillan como nunca todos sus instrumentos solistas, que ofrecen una paleta de colores pocas veces servida con tanta eficacia en esta obra póstuma de Puccini. Chailly, un director que trabaja en profundidad cada resquicio de esta genial partitura, descubre toda la riqueza y modernidad del último Puccini.
 
La dirección de escena, a cargo de Nikolaus Lehnhoff, juega con las ideas de la fábula idealizada y la de la China milenaria, recreadas con un vestuario muy estilizado y moderno. La escenografía utiliza los espacios de la China imperial con toques fantásticos e idealizados, en los que la rojiza muralla de la Ciudad Prohibida está forjada en acero con vistosos remaches.
El reparto cuenta con dos de las más impactantes voces del panoramo internacional actual. Nina Steme, como una Turandot temperamental –quizá demasiado–, hace gala de espectaculares y amplios graves y de gran proyección en el registro agudo. El Calaf de Aleksandrs Antonenko ofrece una voz un punto gutural pero de gran nobleza en el registro central y con impactantes agudos; él es uno de los grandes tenores dramáticos de la actualidad, aunque en ocasiones sea algo rudo en la expresividad. Con Stemme forma una pareja de gran poderío vocal que contrasta con la musicalidad exquisita de la Liù de Maria Agresta, todo un portento en el control del fraseo, excelente dicción y cuidada afinación en una interpretación conmovedora de la joven sirvienta enamorada del príncipe. Liù, en ese sorprendente mundo chino idealizado de Lehnhoff, es uno de los tres personajes más reales junto con los de Calaf y Timur. Este último, el destronado rey tártaro, es interpretado por Alexander Tsymbalyuk con una cuidada pero poco autoritaria voz de bajo que que no casa bien con el personaje. El resto del reparto se mostró a la altura de la producción, desde los tres ministros, que cantan con afinidad y corrección, al gigantesco emperador Altoum, y un tanto gritón Carlo Bosi.
 
La obra se ofrece con el final compuesto por Luciano Berio para el estreno en La Scala, en el que destaca la modernidad de su música pero no su atractivo: le gana por goleada la música del propio Puccini en las diferentes repeticiones de pasajes anteriores. Es esta una grabación que sin duda servirá de referencia dentro del catálogo lírico italiano que está revisando Chailly desde el coliseo milanés. * Fernando SANS RIVIÈRE

 

 
 
 
 
 
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