Opéra Municipal de Marseille 
Gounod  FAUST 
Nicole Car, Jeanne-Marie Lévy, Jean-François Borras, Jean-Pierre Furlan, Nicolas Courjal, Étienne Dupuis, Philippe Ermelier, Kévin Amiel. Dirección: Lawrence Foster. Dirección de escena: Nadine Duffaut. 21 de febrero de 2019.
 
Nicolas Courjal, en el rol de Méphistophèles, eclipsó al protagonista de la ópera de Gounod, interpretado por Jean-François Borras // Opèra de Marseille / Cristian DRESSE
 
La producción de Faust de Charles Gounod puesta en escena por Nadine Duffaut llegó a Marsella. La economía de medios, indispensable para una producción itinerante, condujo a Emmanuelle Favre a imaginar el eficaz reclinatorio-cama que mantuvo al público de manera permanente en el eterno conflicto entre la atracción religiosa y el tabú sexual, fantasmas contradictorios que fueron los del compositor. Dicha cama-reclinatorio, permanente en el escenario, puso un marco de fondo muy ilustrativo (y decorativo también) de la historia.
La dirección musical corrió a cargo de Lawrence Foster, cabeza de la orquesta de la casa. Dirigió con la atención que se le reconoce, enfatizando los momentos más graves del cuento y poniendo especial interés en los pasajes menos conocidos, resaltando así la calidad de la música del compositor francés a lo largo de la velada.
También los solistas en el escenario, con alguna excepción de poca cuantía, parecieron mucho más aplicados en aquellos pasajes ausentes, ignorados, de la memoria del público conocedor de la obra: Jean-François Borras, en el papel de Faust, no brilló particularmente cantando la inefable aria “Salut, demeure chaste et pure...”, Nicole Car, que interpretó a Marguerite, no se esmeró tampoco en el Air des bijoux y a Étienne Dupuis, Valentin, le sobraron medios en sus intervenciones todas, y en cambio, le faltó lirismo en su canción, bellísima, “Avant de quitter”.
En el escenario reinó sin duda alguna Nicolas Courjal en el rol de Méphistophélès. Ciertamente el personaje del diablo es el alma de la acción de la ópera y el bajo francés estuvo a sus anchas tanto a nivel vocal como dramático, desvelando con parsimonia las malignas voluntades del averno. La Marguerite de Car destacó por su tono ingenuo fingido al principio que arrastró el interés y la compasión de la sala y concluyó con un potentísimo “Anges purs, ¡anges radieux!” cinco veces repetido como lo mandaba la partitura, en un “finale” de “órdago a la grande!”. Más heroico que lírico –es difícil ser las dos cosas en una sola noche– Jean-François Borras cantó el personaje de Faust con convicción y un timbre cálido y viril.
También los demás comprimarios aportaron su precioso óbolo en la noche marsellesa: Jeanne-Marie Lévy, en concreto, encarnó a una Dame Marthe bien coqueta– Philipe Ermelier fue un Wagner de voz segura, y Kévin Amiel, en el papel de Siebel, sobresalió por su bello timbre y su aparente fragilidad. Se aplaudió a Jean-Pierre Furlan por su trabajo escénico en el papel (inventado por Duffaut) del viejo Faust.
El coro, dirigido por Emmanuel Trenque, estuvo muy solicitado por la directora de escena y logró distinguirse en cada intervención.  * Jaume ESTAPÀ