Opernhaus
VERDI  Rigoletto
Quinn Kelsey, Rosa Feola, Ismael Jordi, Pavel Daniluk, Marina Viotti, Asahi Wada, Valeriy Murga, Cheyne Davidson, Thomas Erlank, IldoSong, Justyna Bluj, Yuliia Zasimova, Jungrae Noah Kim. Dirección: Gustavo Gimeno. Dirección de escena: Tatjana Gürbaca. 9 de febrero de 2019.
 
Ismael Jordi dio vida a un Duca potente y bien interpretado, que contrastó con la lectura algo más floja del Rigoletto de Quinn Kelsey. La propuesta escénica de Tatjana Gürbaca deslució por completo las voces // Opernhaus-Zürich / Hans Jörg MICHAEL 
 
Sobre el vacío de poder gira el concepto escénico que la regista alemana Tatjana Gürbaca quiso resaltar en este Rigoletto. ¡Y tan vacío! En el escenario había solamente una gran mesa de sala de reuniones y sillas de oficina como único elemento escénico, y de ahí a imaginárselo todo. Sin querer caer en la banalidad de que "una versión concierto sería mejor", es inevitable que este pensamiento acabe pasando por la cabeza, ya que el concepto no merecía ni la categoría de relectura, a pesar de alguna buena idea, como el desprecio constante a lo femenino. ¿Para qué ahondar en lo poliédrico del personaje de Rigoletto? De sus temores y sufrimientos... De ahí que tampoco se le pueda exigir según qué a los cantantes, que llegaron a contagiarse incluso de esta planicie escénica, sobre todo en momentos de mayor intimidad, como la introspección del "Pari siamo". En definitiva, un Rigoletto teatralmente carente de interés.
Musicalmente la cosa iría por otros lares, afortunadamente. Subía al podio operístico de Zúrich por primera vez el valenciano Gustavo Gimeno, actual director musical de la Filarmónica de Luxemburgo y de la Sinfónica de Toronto, quien realizó una lectura vibrante y muy teatral, dotando de dramatismo musical aquello que en escena se decidió prescindir. El maestro estuvo muy pendiente de dar juego a las dinámicas y de frasear elegantemente consiguiendo un sonido muy verdiano en el que todo fluyó fácilmente, de manera vibrante y con gran luminosidad. 
El barítono hawaiano Quinn Kelsey (Rigoletto) goza de un instrumento privilegiado, de carnosa ductilidad, morbideza y color verdiano, amén de una buena proyección; la voz es de calidad, pero la interpretación fue por otro lado: su aproximación al célebre bufón resultó plana, más pendiente de buscar el impacto sonoro que de ahondar en la fuerza interpretativa. Ya desde el "Pari siamo" quedó patente la superficialidad musical, aunque subió peldaños en el dúo con Gilda, cayó en un canto plañidero en"Cortigiani, vil razza dannata" y rebajó a la mínima intensidad la stretta "Sí, vendetta", carente de ímpetu. Sin embargo, en la escena final sí consiguió emocionar, y es que a Kelsey le sentaba muy bien juntarse con la Gilda de Rosa Feola. La joven soprano italiana, dotada de una voz homogénea, bien timbrada y proyectada, hizo gala de un fraseo muy elegante y de una musicalidad exquisita; su Gilda fue pura delicia y delicadeza e hizo una prestación redonda, regalando momentos especialmente sentidos, como un "Caro nome" muy musical o en la escena final. Ismael Jordi fue un Duca de alto calibre, y dejó patente ya en el "Questa o quella" que su Duque iba muy en serio. En "É il sol dell'anima" estuvo dulce y seductor, e igual de inspirada estaría Feola. Pero donde se la juega el tenor en Rigoletto es en el "Parmi veder", una de las páginas más difíciles de todo el repertorio y Jordi lo bordó con elegancia, saber decir y refinamiento. Ni qué decir que anduvo sobrado en "La donna è mobile". Marina Viotti fue una Maddalena muy sólida y de color uniforme que contribuyó muy notablemente al célebre cuarteto "Bella figlia"; no así el Sparafucile de Pavel Daniluk, con un instrumento carente de rotundidad y una dicción ininteligible. * Albert GARRIGA