Opéra de Massy
Händel  AMADIGI DI GAULA
Amel Brahim-Djelloul, Aurélia Legay, Sophie Pondjiclis, Séraphine Cotrez. Dirección: Jérôme Correas. Dirección de escena: Bernard Levy. 16 de febrero de 2019.
 
En este Amadigi, sin el engorro de una puesta en escena apabullante, la parte musical del espectáculo se desarrolló en las mejores condiciones // Opéra de Massy 
 
Según la tradición, Georg Friedrich Händel escribió Amadigi di Gaula (1715) en un solo mes, con un libreto de autor desconocido (probablemente Giacomo Rossi o Nicola Haym), que narra de forma muy libre las aventuras de Amadís de Gaula, personaje principal de la célebre novela de caballerías tan festejada por Don Quijote. En una escenografía sencilla y eficaz, Bernard Levy encerró el escenario con tres tablas sobre las que fue proyectando vídeos de Patrick Garbi con alusiones a los mundos que el héroe iba atravesando: todos ellos irreales, vegetales, pétreos, ígneos, misteriosos e indefinidos. E director de escena resumió eficazmente y con pocos medios el conjunto de lugares extraños, propios de las novelas del género, y dirigió a sus actores con el mismo afán de sencillez y eficacia, dejándoles libertad para que expresasen a sus anchas la multitud de sentimientos presentes en la obra. Así, sin el engorro de una puesta en escena apabullante, la parte musical del espectáculo se desarrolló en las mejores condiciones.
La primera sensación agradable de la noche fue la original acidez de la orquesta Les Paladins dirigida por su fundador, Jérôme Correas, gracias a la cual se desprendieron del foso sonoridades poco o nunca oídas, que por su calidad rústica e inacabada, dieron una gran sensación de veracidad: sin ninguna duda la mejor sorpresa de la velada. La dirección de Correas, digna y justa, tuvo en cuenta al máximo las características más bien sonoras de la sala, pues el chef mantuvo a sus huestes en los límites justos dejando libre el campo a los cantantes.
Amel Brahim-Djelloul fue Oriana, el único personaje, con el del protagonista, que aparece en la novela. Con tesitura de soprano lírica o lírico-ligera, aportó dulzura en aquel mundo invadido por la magia y la brutalidad resolviendo sin dificultad los pasajes de coloratura, expresó con tino amores, desengaños, penas y alegrías. Si tal vez le faltó algo de volumen en pasajes líricos, no se culpe a la orquesta sino a las dimensiones de la sala. Aurélia Legay fue la maga Melissa, su rival en amores; mucho más dramática, y que mostró su arte en los momentos de rabia y de furia que no fueron pocos; su voz, algo cansada esta noche, no alcanzó a dar toda la importancia y los valores musicales correspondientes a las notas de pequeña duración y fuera de la categoría del forte, convenció sin embargo al público y al cabo de su intervención final se llevó la ovación de la noche. La mezzo Sophie Pondjiclis (Amadigi) fue la artista más equilibrada, la que mejor llevo a cuestas su cruz durante toda la representación; no rehuyó los adornos y matizó con precisión y talento; varió su timbre según la situación vivida y cuidó con eficacia su acento italiano. Séraphine Cotrez, como Dardano, príncipe de Tracia, sorprendió positivamente por la contundencia de sus recitativos; por lo demás, su corto papel no dio tiempo a llevar un juicio a su trabajo.  * Jaume ESTAPÀ