Opéra de Monte-Carlo 
Händel  ARIODANTE
Peter Kálmán, Kthryn Lewek, Cecilia Bartoli, Norman Reinhardt, Christophe Dumax, Sandrine Piau, Kristofer Lundin. Dirección: Gianluca Capuano. Dirección de escena: Christof Loy. 22 de febrero de 2019.
 
Cecilia Bartoli deslumbró, demostrando que continúa en plena forma, en el papel de Ariodante. La mezzosoprano eclipsó a un reparto que, sin embargo, demostró estar a la altura de la diva // Opéra de Monte-Carlo 
 
Christof Loy propuso una lectura divertida y novedosa de la obra de Händel. Se acogió a un texto de la novelista americana Virginia Woolf que delata la ambigüedad sexual del héroe medieval para vestir a la Bartoli primeramente de guerrero barbudo, protegido de flechas y porrazos con una armadura reluciente, para transformarla luego en fémina, lisa y monda, imberbe y con faldas. Añadió gags en cantidad, la mayoría de ellos sobre temas sexuales entre los personajes principales todos. No escatimó el ballet –barroco por supuesto– en una coreografía de Andreas Heise, rigurosa con el género, aunque también con variantes sorprendentes, de buen gusto y en perfecta ósmosis con la puesta en escena. La escenografía de Johannes Leiacker, pulcra y sencilla, dejó libre toda la superficie del escenario permitiendo a los bailarines bailar y al director de escena trabajar sin trabas ni engorros: un verdadero trabajo de equipo.
Les Musiciens du Prince-Monaco –orquesta creada bajo los auspicios de Bartoli y de Jean-Louis Grinda, director de la Opéra de Monte-Carlo y del festival Chorégies d’Orange–, al mando de Gianluca Capuano, rindieron un justo homenaje a la música de Händel con pureza y arte. Sobre el escenario brilló Cecilia Bartoli en su papel masculino-femenino. Vocalmente perfecta, asombró una y otra vez con florituras desgranadas nota por nota, emitidas por momentos a velocidad de vértigo. Pero también emocionó en otros pasajes, controlando la respiración en frases largas, atacando finamente cada nota, dándole su tiempo de desarrollo y su color, antes de pasara la nota siguiente, con gran calma. Más allá de su simpatía personal, la diva romana evolucionó en perfecta conformidad con una actuación dramático-cómica de gran valor.
Aunque en estas condiciones fue difícil para sus compañeros de reparto compartir tablas, todos los intérpretes lograron sobresalir a su manera. El contratenor Christophe Dumaux, en el papel de Polinesso –el malo de la película– sorprendió por su porte y su canto; fue sin duda el mejor actor de la representación. Kethryn Lewek en el rol de Ginevra –la enamorada de Ariodante–, se llevó muchos y merecidos aplausos; al final de la obra no pareció sorprendida por el cambio de sexo de su amado(a). Sandrine Piau se ganó el aplauso del público por el conjunto de su trabajo, pues dio del personaje de Dalinda, la inocentona criada de Ginevra, una caracterización completa y de gran clase. El público premió igualmente al bajo Peter Kálmán en el rol del rey de Escocia, padre de la princesa Ginevra.  * Jaume ESTAPÀ