Teatro Real 
Recital Bryn Terfel
Obras de Wagner, Offenbach, Boito, Weill, Rodgers / Hammerstein, Loewe / Lerner y Brock / Harnick. Dirección: Josep Caballé Domenech. 22 de febrero de 2019.
 
El bajo-barítono galés se metió al público del Real en el bolsillo con un programa compuesto por obras dispares por las que el intérprete se paseó sin problemas // Teatro Real / Javier DEL REAL
 
Por fin cantó el gran Bryn Terfel en el Teatro Real, después de haber dado vida al Holandés errante en el Auditorio Nacional. Lo hizo con un recital que no hay más remedio que llamar ecléctico, cuyo programa, sobre todo, ofrecía una excelente oportunidad de ganarse al público por su amplitud de miras. Y como si hubiera optado por empezar con lo más difícil, Terfel abrió la velada con una buena exposición del monólogo de Hans Sachs de Los maestros cantores, una pieza que requiere sutileza, ironía y una profunda seriedad. Casi inmediatamente el bajo-barítono galés se permitió lucirse considerablemente más con la despedida de Wotan de La Valquiria. Su voz ha perdido la amplitud de otro tiempo y alguna que otra nota apareció raspada y un poco justa. Pero ahí estaba su Wotan, un dios plenamente humanizado con toda su melancolía, la conciencia de su limitación y su dependencia, y el esfuerzo por dar sentido a lo que para él es una humillación suprema. Carácter, color y expresión en su justa medida, un momento difícil de olvidar.
La segunda parte arrancó con un bloque entre burlesco y humorístico, con un Mefistófeles (“Son lo spirito che nega”) sarcástico y con más ganas de divertirse que de negar a Dios, y un Mackie Messer (de La ópera de los tres centavos) golfo y gamberro, como de película costumbrista. A estas alturas, no apetecen demasiado los dramas. El concierto culminó con tres canciones de musicals muy populares, entre ellas “If I Were a Richman” de El violinista en el tejado. Terfel invitó a participar al público –que ya se había sumado al recital de silbidos de la extraordinaria aria de Boito– dando la opción a que los asistentes pudiesen pasar un buen rato. Siendo tan gran actor como buen cantante, y con una simpatía arrolladora, se metió a los asistentes en el bolsillo. Hasta el punto que solo dio una propina, una canción de su país natal, Gales, con el tono sentimental y nostálgico que se presuponen a las melodías populares de este país. En lo orquestal, se ofreció el Preludio del tercer acto de Lohengrin y la Cabalgata de las valquirias en versiones imprecisas y confusas bajo la dirección de Josep Caballé Domenech. Algo mejor estuvo la obertura de La belle Hélène en la que la orquesta pudo lucir un sonido muy hermoso y muy finas sutilezas cromáticas y rítmicas.  * José María MARCO