Donizetti  ANNA BOLENA
Shelley Jackson, Edgardo Rocha, Mika Kares, Ketevan Kemoklidze, Daniel Golossov, Cristina Segura, Aurélien Reymond-Moret. Dirección: Roberto Rizzi Brignoli. Dirección de escena: Stefano Mazzonis di Pralafera. 13 de febrero de 2019.
 
Edgardo Rocha logró lucir su pirotecnia vocal en el papel de Percy. El montaje coproducido por la ópera de Wallonie-Liege, la ROH de Mascate y la ABAO de Bilbao apostó por un concepto tradicional // Opéra de Lausana / Alan HUMEROSE
 
La segunda ópera de Donizetti dedicada a la dinastía Tudor, Anna Bolena (1830) –la primera fue Il Castello di Kenilworth–, subió al escenario de la Opéra de Lausanne en una lujosa coproducción con Wallonie-Liège, la ROH Muscat y la ABAO de Bilbao, firmada por Stefano Mazzonis di Pralafera. El director de escena italiano apostó por un concepto tradicional, en el que pudo entreverse también la relación incestuosa de Bolena con su hermano y donde imperaron unos espectaculares decorados a lo Zeffirelli y un riquísimo y colorido vestuario. Los cambios de escena, a vista, también gozaron de cierta espectacularidad. Lástima de un movimiento escénico algo antediluviano que recordaba aquella escuela operística de brazos mecánicos y apoyos a columnas, símbolo del gran sufrimiento de los protagonistas. Por lo demás un gozo visual de gran nivel.
Musicalmente la cosa fue un poco insalata mista. Roberto Rizzi Brignoli, frente a la Orchestre de Chambre de Lausanne planeó entre la lectura anodina y rutinaria, en mayor parte, hasta momentos de inspirada dinámica y fraseo, como el dúo de Bolena y Seymour, o la gran escena final, con un cuidadísimo recitativo, o la garra de la cabaletta. También jugó a su favor ese cristalino sonido al que tiene acostumbrada la orquesta, de cuerdas de gran finesse y metales y maderas de cálida luminiscencia.
Edgardo Rocha fue sin duda el intérprete belcantista de la velada, aunque arriesgó demasiado en coloraturas casi imposibles en sus dos grandes arias, ya de por sí muy difíciles. El tenor uruguayo gustó mucho por su elegante línea y su saber decir en la cavatina "Da quel di che, lei perduta" y quiso mostrar su pirotecnia vocal en "Ah! Così ne dì ridenti" que le valió algún desajuste en la proyección del registro agudo; también tendió a engrosar la voz en los pasajes concertantes. Con todo, su Percy fue pura gallardía, además de sensibilidad.
Ketevan Kemoklidze posee un instrumento muy carnoso, de sonora proyección, casi más adecuado para otros repertorios, pero es una cantante de gran musicalidad y que supo apianar y frasear a su gusto, ofreciendo una muy sentida página en "Per questa fiamma indomita". En el gran dúo "Sul suo capo aggravi un Dio" estuvo sencillamente maravillosa; lástima de una dicción algo ininteligible. Por su parte, la Bolena de la soprano norteamericana Shelley Jackson posee algunos rasgos para dejar huella: buena dicción, fraseo y portamenti elegantes, intencionalidad y buena proyección. En su contra, unos puntos flacos demasiado notorios, y es que su voz, además de poseer un vibrato excesivo y un fiato reducido, tuvo algunos problemas de afinación y de control de coloratura, además de un registro agudo estridente. Hizo una muy correcta cavatina "Legger potessi in me!" y estuvo contundente en "Giudici ad Anna", además de en el gran dúo con Seymour, pero anduvo muy apurada en el terceto con Percy y Enrique VIII y, sobre todo, en la escena final, cuando el cansancio evidenció la falta de fiato y la técnica irregular le hizo pasar algún que otro escollo en la cabaletta. De gran clase y saber decir estuvo el Smenton de Cristina Segura a quien se la ve muy sólida en el repertorio belcantista. La nota más negra la puso el bajo Mika Kares como Enrico VIII, con serios problemas de afinación y proyección, dibujando, y nunca mejor dicho, una burda caricatura del soberano británico.  * Albert GARRIGA