Théâtre du Capitole
Donizetti  LUCREZIA BORGIA
Annick Massis, Éléonore Pancrazi, MertSüngün, Andreas Bauer Kanabas, Thomas Bettinger, Galeano Salas, François Pardailhé, Jérémie Broccard, Rupert Grössinger, Julien Véronèse, Laurent Labarba, Alexandre Durand, Jean-Luc Antoine. Dirección: Giacomo Sagripanti. Dirección de escena: Emilio Sagi. 24 de enero de 2019.
 
Annick Massis brilló en su interpretación de Lucrezia Borgia en un montaje de Emilio Sagi // Théâtre du Capitole / Patrice NIN
 
El prólogo veneciano fue de mal presagio: la orquesta abandonó al coro en más de una ocasión, los solistas estuvieron poco audibles, y los extras se desplazaron con movimientos difíciles de anticipar. Fue una bacanal triste. En el primer acto, tras la impresionante intervención del bajo alemán Andreas Bauer Kanabas como Alfonso, el profesionalismo de unos y otros fue ganando terreno y se pudo oír en particular la voz sin mácula de Annick Massis en todo su esplendor. Su dúo final con Mert Süngün, Gennaro, y en particular su cabaletta conclusiva, arrancaron merecidos aplausos.
Al inicio del acto segundo, el dúo entre Gennaro y Maffio Orsini –Éléonore Pancrazi– marcó un paso atrás en el nivel artístico de la noche que recuperó la intervención de los amigos de Gennaro y, sobre todo, la actuación de Annick Massis. La intérprete permitió al tenor de origen turco lucirse de nuevo a su lado. Las merecidas salvas de aplausos cerraron la noche tolosana.
Emilio Sagi dispuso una puesta en escena inteligente y leíble. Algo paradójica también, puesto que pintó el prólogo veneciano –escenografía de Llorenç Corbella, vestuario de Pepa Ojanguren– de negro y enmarcó en un cuadro, entre mínimo y abstracto, la Ferrara de la época. Dirigió a sus actores de forma coherente con los diálogos de Felice Romani, dando así al canto la importancia requerida, sin desviar de lo esencial la atención del público.
Se esperaba con gran interés la vuelta de Massis al Capitole, donde había empezado su trayectoria. El público, que llenaba el teatro, aplaudió el trabajo de la artista con ganas y sinceridad al brindar una lección de bel canto con un timbre de gran pureza, fuerza y flexibilidad, sin escatimar los adornos ni esquivar las notas en el registro grave. Superó pasajes comprometidos con la tranquila simplicidad del circense y, vestida de rojo vivo –en un mundo de negrura, como viene dicho–, declaró emocionada, emocionante, el inmenso amor que sentía por su hijo reencontrado al umbral de la muerte.
Mert Süngü brilló en los diálogos con Lucrezia; su interpretación romántico-verista del ingenuo personaje –justa, expresiva y concluyente– desplazó por momentos el centro de interés de la velada, focalizado en el bel canto. Se aplaudió con justicia la interpretación de Bauer no solo por su intervención salvadora del acto primero, sino también por la tranquilidad con la que realizó su trabajo. La mezzosoprano Éléonore Pancrazi interpretó el papel de Maffio Orsini con un timbre muy agradable y desplegó un fraseo de gran calidad, pero no encontró esta vez el volumen necesario para superar el foso, que dicho sea de paso no parecía representar una gran muralla fónica. Poco se dirá de los múltiples comprimarios que integraron el resto del reparto, sino que cumplieron con su labor. Cítese en particular la presencia vocal del tenor FrançoisPardailhé (Oloferno).
La dirección de orquesta no destacó demasiado. Giacomo Sagripanti, algo enfadado con el coro a lo largo de la representación, y en cambio muy al tanto de los solistas, que respetó en todo momento. El coro masculino, bien instruido por Alfonso Caiani, arremetió una y otra vez apoyando a los solistas o alternando con ellos con ciencia y arte.* Jaume ESTAPÀ