The Metropolitan Opera
Cilea  ADRIANA LECOUVREUR
Anna Netrebko, Piotr Beczala, Anita Rachvelishvili, Ambrogio Maestri, Maurizio Muraro, Carlo Bosi y otros. Dirección: Gianandrea Noseda. Dirección de escena: David McVicar. 8 de enero de 2019.
 
Netrebko y Beczala conquistaron con sus interpretaciones en el ostentoso montaje de David Mcvicar que cosechó un gran éxito de público // The Metropolitan Opera / Ken HOWARD 
 
La majestuosa y tradicional producción de David McVicar estrenada en la Royal Opera House del Covent Garden en 2010 en coproducción con el Liceu barcelonés llegó al Met como una visión de la época de oro en la que las producciones y todos los artistas se ponían al servicio del compositor y los cantantes solistas podían concentrarse en recrear con sus estampas individuales a los grandiosos personajes dentro del estilizado género operístico. En este caso se sumaron, además, algunas de las mejores figuras de la lírica de la actualidad. 
Esta producción la capitanea la genial escenografía de Charles Edwards, que concibe un escenario completo sobre el escenario; con proscenio, teletas y bambalinas que se mueven y giran para representar los diversos espacios escénicos con ángulos visuales que permiten apreciar diversos momentos de la trama a la vez. Se trata de una propuesta que enfatiza la importancia del drama teatral en la sociedad de la protagonista, a la que dio vida una Anna Netrebko que reconfirmó su posición de diva internacional y prima donna assoluta de la compañía neoyorquina con una incomparable presencia escénica y su total compenetración con su personaje, presumiendo de un dominio absoluto de la expresividad vocal. A su mismo alto nivel, como la Principessa di Bouillon, se consagró Anita Rachvelishvili como la heredera universal de las más grandes mezzosopranos dramáticas, título que se ganó con el dúo de confrontación de ambos personajes, convirtiendo ese pasaje de la ópera en una explosión emotiva de proporciones sísmicas. Piotr Beczala proyectó en Maurizio, su personaje, un exquisito fraseo y se convirtió en una elegante figura, natural y convincente, capaz de engañar al espectador y hacerle creer que se trata de otra víctima más de la trama en lugar de ser el gran causante de la tragedia. Ambrogio Maestri estuvo insuperable como Michonet con un fraseo de sensibilidad palpable. Maurizio Muraro y Carlo Bosi estuvieron excelentes como el Principe di Bouillon y el Abbe. El complementario cuarteto de amigos resultó sobresaliente a cargo de Sarah Joy Miller como Mlle. Jouvenot, Samantha Hankey como Mlle. Dangeville, Tony Stevenson como Poisson y Patrick Carfizzi como Quinault, a quienes se les sumaron algunos extras inventados como Snezhana Chernova como una extrovertida Mlle. Duclos. El único momento poco convincente fue el ballet de El juicio de Paris que, con la coreografía de Andrew George, parecía burlarse de toda la grandiosidad de la producción con movimientos incongruentes y actitudes que resultaron contraproducentes a pesar del increíblemente detallado vestuario de época de Brigitte Reiffenstuel. La orquesta supo sumarse a la magia de la función que dirigía con estilizada suntuosidad Gianandrea Noseda sosteniendo en todo momento las voces de los artistas en el escenario. Las ovaciones finales fueron genuinamente entusiastas, como si el público se negara a romper el hechizo de una función que le trasladó por un momento a la época de oro de la lírica.  * Eduardo BRANDENBURGER