Staatsoper im Schiller Theater
Bizet LOS PESCADORES DE PERLAS
Olga Peretyatko-Mariotti, Francesco Demuro, Gyula Orendt, Wolfgang Schöne. Dirección: Daniel Barenboim. Dirección de escena: Wim Wenders. 24 de junio de 2017. 
 
 Wim Wenders debutó en la lírica con Los pescadores de perlas © Staatsoper / Donata Wenders 
 
Años setenta. Atardecer en San Francisco. Un joven director de cine apura un vaso de whisky mientras echa una moneda en la máquina de discos del bar que ha convertido en el salón de su casa. Vuelve a la barra, cansino, como el ventilador que mantiene en movimiento el aire denso del local. Se escucha un aria. El joven realizador se emociona y rompe a llorar. Esa es la escena que el cineasta alemán Wim Wenders recuerda de sí mismo y de la ópera que le acompañó en los tiempos cuando todo estaba aún por suceder, Les pêcheurs des perles. Con esa obra de Bizet, 39 años después, Wenders ha debutado como director de escena lírico. Ha sido en la Staatsoper, arropado por Daniel Barenboim y la Staatskapelle.
Cuenta Wenders que cuando el maestro argentino-israelí le-español llamó hace tres o cuatro años para proponerle hacer algo juntos, lo primero que le vino a la memoria fue el Tosca Bar y una música que todavía le pone la piel de gallina, especialmente el aria de Nadir. Porque para Wenders ese fragmento, inmortalizado por Enrico Caruso, tiene todo aquello de lo que él adolecía en esos años de aventura americana: amor, identidad, un hogar.
Wenders eligió para su primera incursión en la narrativa de la música teatral una escenografía tan reducida que incluso a Barenboim le sorprendió por su vacío. Y no porque el cineasta se sintiera desbordado por la tarea, sino porque entendió que su papel en la producción era secundario. Creyó que la tarea principal recaía en Barenboim, en los músicos, en los solistas y en un coro de 86 cantantes, “un gigante de 86 cabezas”, en palabras de Wenders. Con el coro arrancó su propuesta. En una playa virgen a la que luego fue añadiendo maravillosos acentos de luz como solo un cineasta experimentado y familiarizado con la técnica 3D podría hacerlo. Se sentía la brisa del mar, se olían sus olas, se imaginaban las perlas.
Se amó y se sufrió con la soprano Olga Peretyatko-Mariotti en el papel de Leïla, una de las interpretaciones destacadas en la noche del estreno, pese a las vibraciones de su voz. La rusa, que debutaba en el papel y en el coliseo, cantó su personaje con el ardor y la cadencia de Violetta o Gilda. Se mostró poderosa, que no engolada, estática en los pianísimos, enigmática en la interpretación. Frente a la sacerdotisa, el tenor italiano Francesco Demuro encarnó a un Nadir de voz ardiente, limpia y flexible, pero pequeña y muy justa en los agudos. Su aria “Je crois entendre encore”, una de las perlas de esa pieza, sonó a falsete. 
Con Gyula Orendt en el papel de Zurga la Staatsoper ganó un excelente barítono. Su actuación fue sobresaliente; su vocalización en francés, impecable; minucioso en el recorrido por los sonidos nasales, abiertos y sostenidos. Compartió ovación con el coro y con la Staatskapelle,  con Wenders y Barenboim, quien nunca antes había dirigido esta ópera, aunque también él conoce el Tosca Bar.  * Cocó RODEMANN