Teatro Calderón
Poulenc LA VOZ HUMANA
Ana Fernández, Ángeles Blancas. Dirección y piano: Irene Alfageme. Dirección de escena: Eduardo Vasco. 6 de mayo de 2017.
 
Ángeles Blancas, interpretando La voix humaine © Teatro Calderón / Gerardo Sanz
 
La interpretación primero de la obra de teatro de Cocteau La voz humana y, sin solución de continuidad, pasar a la ópera homónima con música de Poulenc permitió al espectador plantearse no pocas cuestiones desde perspectivas que se complementan. No se trata de realizar una comparativa, que sería a buen seguro inútil, sino quedarse con lo que la voz hablada y cantada sugieren o directamente expresan con toda su crudeza en relación a la soledad del ser humano.
La actriz Ana Fernández interpretó su papel –en español– con una dicción clara, de variados matices. Representó los diversos estados por los que pasa la protagonista: nerviosa en los momentos más trágicos, buscando sentirse esperanzada, confusa, cuando la línea falla y se entrecruzan las conversaciones, y con una desesperación que se va haciendo cada vez más presente, en cierta forma contenida, lo que posiblemente dio más veracidad a su desaliento final. Ella representó un verdadero diálogo, en el que aunque al teléfono solo se escucha a la actriz, se presupone la conversación que mantiene con su interlocutor, el ser amado.
 
En el caso de la ópera y de la intervención de la soprano Ángeles Blancas, desde el primer momento se estableció más bien un monólogo en el que la música condujo directamente a plantear la soledad de un personaje condenado a sentir cómo se rompe el hilo que le ata a la vida. Con una voz amplia en todos los sentidos y una manera de declamar contundente, su perspectiva del personaje resultó impactante. Presentó un estado de desesperación poco propicio a los términos medios, con un canto que a veces incidió voluntariamente en sonidos desabridos, aunque no renunció a un espacio para pasajes más cantabili.Sus parlamentos en francés, tan sugerentes, fueron los propios de una actriz-cantante en su madurez.
En esta representación, en versión con piano, hubo otro personaje fundamental, encarnado por la pianista Irene Alfageme: fue la acompañante de la actriz que ponderó con sus intervenciones el texto con un sonido matizado y se convirtió en la otra voz del personaje cuando intervino junto a la soprano. Precisamente en el momento en que comenzó la ópera Alfageme levantó la tapa del piano y dejó que salieran libres todos los armónicos y el sonido en toda su plenitud. En la puesta en escena, que suponía una nueva producción del Calderón realizada por Eduardo Vasco, predominaron las luces tenues y los espacios amplios, con unas pantallas cuyas imágenes a veces describen y otras simbolizan. La presencia de la cantante en escena mientras le correspondía el turno a la actriz y viceversa, concluyendo las dos solas de espaldas, consiguió destacar ese continuo enfrentamiento con la soledad, el caminar hacia la pérdida que supone una despedida mortal que no se acepta.  * Agustín ACHÚCARRO
 

 

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