Komische Oper
Musorgsky La feria de Sorotschinzi
Jens Larsen, Agnes Zwierko, Mirka Wagner, Tom Erik Lie, Alexander Lewis, Ivan Tursic. Dirección: Henrik Nánási. Dirección de escena: Barrie Kosky. 2 de abril de 2017.
 
 
Dos instantes de la representación Der Jahrmarkt von Sorotschinzi de en Berlín © Komische Oper / Monika Rittershaus
 
No sin razón se trata de una ópera poco conocida y representada. Su arquitecto, el compositor ruso Modest Musorgsky, solo alcanzó a componer a causa de la alcoholemia tres cuartas partes de sus dos primeros actos, mientras que del tercero únicamente dejó escrito el libreto. En resumen, una construcción inacabada que otros compositores quisieron rematar dando lugar a distintas versiones. La elegida para la puesta en escena ahora estrenada por el intendente de la Komische Oper, Barrie Kosky, es fruto de una recopilación hecha en 1932 por Pavel Lamm y Vissarion Schebalin. 
Basada en un cuento del escritor Nikolai Gogol, maestro del relato corto, esta ópera en fragmentos arranca en la feria del pueblo ucraniano de Sorotschinzi. Un trovador gitano entretiene a los campesinos, entre ellos al borrachín Tscherevick, con historias sobre el diablo, quien supuestamente ha acudido a la feria anual para hacer de las suyas disfrazado de jabalí. Mientras, Parasia, hija de Tscherevick, coquetea con Grizko, un marido ideal a ojos del padre de la muchacha, pero no a los de la madrastra, Chivria. Lógicamente el amor juvenil termina en nupcias, después, eso sí, de que el diablo, disfrazado de cerdo, como aventuró el gitano, sorprendiera a Chrivria con su amante Afanasi y le obligara a permitir la boda.
Entre los mejores momentos de la producción, recibida con éxito, destacó una larguísima escena, grotesca y genial, en la que Chrivria, en la cocina de casa, intenta liberarse de la presencia de su marido ante la llegada del amante. Triunfo pues del amor en una noche de verano que arrancó entre melones y calabazas y terminó con un vistoso baile en una gran zahúrda. Solistas, coros y figurantes acaban con cabezas, hocicos y orejas de cerdo en un desfile a caballo entre Stravinsky y Chaikovsky. Y con claras referencias a Rimsky-Korsakov, pues suya es la canción de amor “Hebräische Lied”, Op. 7 Nº 2 elegida por el director del coro de la Komische Oper, David Cavelius, para tematizar lo que en esta ópera aparece como abstracción: la existencia misma, como país y como ser humano. Ucrania, país libre hasta el mar: ningún polaco, ningún judío. En boca del coro: los hombres son cerdos, las mujeres también.
Canción hebraica, folclore ruso y melancolía eslovaca en una partitura de dos horas y media de duración dirigida a tempo festivo y explorando el romanticismo del fagot y la tuba por el director musical del coliseo, Henrik Nánási. Una opereta grisácea servida en idioma ruso y con un planteamiento escénico que no dejó nada al azar. Los cantantes solistas, miembros del muy compacto y versátil ensemble del teatro, encarnaron sus roles con holgura y contagioso entusiasmo. Vocalmente dominante fue el bajo Jens Larsen, una elección sin riesgos para el papel de Tscherevick. Apuestas igualmente seguras fueron las de Kosky por la mezzo Agnes Zwierko (Chivria),  Ivan Tursic (Afanasi Ivanovich) y la lírica Mirka Wagner en el papel de Parasia. Claro que no hay referentes cercanos. La primera y última vez que esta ópera se representó en Berlín fue hace 70 años, en 1948. También en la Komische Oper. * Cocó RODEMANN