Teatro dell’Opera
Donizetti MARIA STUARDA
Marina Rebeka, Carmela Remigio, Valentina Varriale, Paolo Fanale, Alessandro Luongo, Carlo Cigni. Dirección: Paolo Arrivabeni. Dirección de escena: Andrea De Rosa. 24 de marzo de 2017.
 
Carmela Remigio y Marina Rebela, Elisabetta y Maria Stuarda, respectivamente, en Roma © Teatro dell’Opera / Yasuko Kageyama
 
Dos reinas rivales, Elisabetta Tudor y Maria Stuarda, son las protagonistas absolutas de esta ópera de Donizetti. Sopranos en ambos casos –y no una soprano y una mezzo como prete7nde una tradición errónea–, pero muy distintas entre sí. Elisabetta se presenta imperiosamente por medio de un dramático recitativo y un aria de agilidad y fuerza. Aquí Carmela Remigio se encontró en el límite de sus posibilidades vocales, que consiguió superar con determinación y temperamento. Su cometido posterior es menos comprometido vocalmente pero se hace más original e interesante, confrontando a la reina con los demás personajes, y aquí la Remigio firmó una gran interpretación y, aun manteniendo el carácter frío y altivo de Elisabetta, llevó la situación dramática a una temperatura incandescente.
 
Maria es un personaje más complejo, que evoluciona en el curso de la ópera. En las primeras escenas, en que se presenta como una joven mujer dulce y melancólica, Marina Rebeka la interpretó con una vocalidad refinada a base de pianissimi, reguladores y agudos. Demostró, sin embargo, que sabe expresar también con gran vigor la furiosa e irrefrenable cólera de Maria en la famosa escena de la violenta invectiva contra Elisabetta. En la parte final de la ópera, con la confesión y su despedida de la vida, la soprano de Estonia no pareció encontrar el canto etéreo y transfigurado que la situación parece requerir, si bien con sus agudos a pleno pulmón consiguió muchos aplausos a scena aperta.
 
Leicester es un personaje pálido en comparación a los que representan las dos reinas, pero vocalmente comprometido, y Paolo Fanale lo interpretó con técnica y estilo irreprensibles. Bien en los papeles menores Alessandro Luongo (Lord Cecil), Carlo Cigni (Talbot) y Valentina Varriale (Anna Kennedy). Paolo Arrivabeni acompañó con experiencia a las voces pero en conjunto su dirección pareció más bien pobre.
 
Al poner en escena la ópera de Donizetti Andrea De Rosa tuvo también presente la tragedia de Schiller en que aquella se basa, enriqueciendo el contenido con las implicaciones políticas, religiosas, sentimentales y psicológicas de la trama, drásticamente simplificadas en el libreto. La dirección escénica no fue espectacular, pero puso en valor el drama interior de las protagonistas. La escenografía casi abstracta de Sergio Tramonti prescindió de referencias históricas, con la única excepción del trono, convertido aquí sin embargo en una butaquita dorada, símbolo del poder, aún no definitivamente establecido, de la soberana. Sí era conforme a la realidad histórica, en cambio, el hermoso vestuario de Ursula Patzak. * Mauro MARIANI
 

 

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