Gran Teatre del Liceu
Verdi RIGOLETTO
Àngel Òdena / Leo Nucci, Antonino Siragusa, María José Moreno, Enrico Iori, Ana Ibarra. Dirección: Riccardo Frizza. Dirección de escena: Monique Wagemakers. 22 y 25 de marzo de 2017.
 
Àngel Òdena y Leo Nucci también protagonizaron Rigoletto en el Liceu junto a la Gilda de María José Moreno © Gran Teatre del Liceu / Antoni Bofill
 
No lo tenían fácil los intérpretes del reparto alternativo de este Rigoletto a la vista del resonante éxito de sus colegas en la función del día anterior, pero el milagro se produjo una vez más, en una proporción menor pero igualmente estimulante y con una respuesta del público no menos entusiasta. Àngel Òdena, en un gran momento vocal, ofreció un Rigoletto de poderosa presencia, susceptible aún de ser ulteriormente trabajada al buril en el fraseo pero perfectamente viable ya en sus propios términos. Respetó, como lo había hecho su antecesor, los criterios de la dirección musical en relación con la renuncia a las puntature espúreas de su parte y subrayó siempre con talento las gradaciones dramáticas.
Antonino Siragusa es un tenor de voz algo engolada cuyo timbre no gustará a todos, pero su gallardía en el enfoque del registro agudo y su suficiencia en el manejo de la línea de canto merecen todos los respetos. También él accedió a cantar la canzone del tercer acto rodilla en tierra y apasionadamente agarrado a la mezzosoprano. Hay genialidades de regista que no solo caen en el ridículo sino que suponen una incomodidad para el cantante y esta fue una de ellas.
Perfecta bajo todos los puntos de vista la Gilda de María José Moreno, bien definida como personaje e impecable en la gestión de las agilidades en su “Caro nome”. Nítida siempre en la emisión, protagonizó con el barítono –con los barítonos, pues también acompañó en la página a Nucci– una versión de la siempre agradecida Vendetta de poderoso impacto. Ana Ibarra evitó los entubamientos que perjudicaron a la Maddalena de Kemoklidze y sonó siempre con suculencia, mientras Enrico Iori, aun sin llegar al deficiente nivel de su Zaccaria del año anterior, fue un Sparafucile demasiado irregular.
El caso de Leo Nucci, protagonista de la obra en una sola representación (25 de marzo) sigue dando motivos al asombro: a una edad que para un cantante es más que provecta es capaz aún demostrar una firmeza en la emisión y un poderío en el registro agudo que tumban de espaldas. Sus detalles interpretativos –distintos en cada función y no fue esta una excepción a la regla– acreditan al artista de raza, y si la lógica fatiga asoma en algún momento, no lo hace –y eso es importante– en los momentos de mayor intensidad dramática. Concedió el bis de la Vendetta –¿alguien lo dudaba?– y la reacción del público volvió a certificar la excepcionalidad del evento. Un fogonazo para los anales del teatro. * Marcelo CERVELLÓ

 

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