Madrid
Teatro Real
Panisello LE MALENTENDU
Anna Davidson, Edna Prochnik, Gan-ya Ben-gur Akselrod, Kristjan Johannsson, Dieter Kschwendt-Michel. Dirección: Walter Kobéra. Dirección de escena: Christoph Zauner. Teatros del Canal, 20 de marzo de 2017.
 
El Teatro Real programó el estreno español de Le malentendu en los Teatros del Canal © Neue Oper Wien
 
Del buen número de nuevas composiciones operísticas que se han estrenado estos meses, tal vez sea este Le malentendu la que más haya conseguido afinar la mirada sobre cada aspecto que importa a la hora de contar una historia. Sobre la base del texto homónimo de Camus, Juan Lucas ha reorganizado la palabra sin aditamentos para que la mezcla entre tragedia griega y sordidez de postguerra no se desvanezca. La trama se sustenta exclusivamente en la degeneración que conlleva la maldad cotidiana en una pensión que bien podría estar dibujada por Alfred Hitchcock o Stanley Kubrick. El escenario se plantea en términos de funcionalidad, con una habitación central situada tras una pantalla traslúcida en la que se suceden las proyecciones. Un quiosco lateral a modo de recepción y una pasarela en primer término completan el montaje. Los instrumentistas y el director musical se sitúan tras la escena, fuera de la vista del espectador. No hay ningún elemento estrafalario ni tampoco atisbo de belleza. Sobrevuela la escena una especie de herrumbre moral sin elementos particulares que impide que el oyente se sienta cómodo en ningún momento. Las proyecciones sumaron desasosiego a lo que ya era de por sí desasosegante.
Sobre este entramado físico Fabián Panisello construye con acierto un sinnúmero de paisajes sonoros que desnudan a cada personaje y rellenan todo ese texto que el libreto ha restado sin mermar el peso de los caracteres. La palabra casi matemática del escritor francés se rehace gracias a la fusión entre el sonido analógico y el electrónico diseñado por el compositor argentino conjuntamente con el CIRM de Niza. La ecuación repleta de incógnitas del apartado vocal se resolvió con un acercamiento limpio y claro, con esa literalidad silábica que consigue la plena inteligibilidad.
Dentro de un reparto sin fisuras, la protagonista absoluta fue Anna Davidson, cuyo complejo papel –una Martha carente de cualquier rasgo de humanidad– oscureció a todo el que compartió escena con ella. Con una escritura endiablada, repleta de saltos incómodos y sobreagudos mantenidos, la soprano norteamericana expresó su demencia a ras de suelo, con intención en cada fraseo y sin que el ritmo se le trastabillara en ningún caso. El Jan de Kristjan Johannsson, mitad confuso mitad atormentado, tuvo una emisión sólida y la expresividad suficiente como para despertar la empatía del público. Perfectas en su cometido de víctimas propiciatorias Edna Prochnik y Gan-ya Ben-gur Akselrod. Los miembros de la Orquesta del Teatro Real realizaron una labor impecable gracias a las entradas marcadas con sabiduría por Walter Kobéra.
En definitiva un espectáculo completo, aterrador, desesperanzado en último término como le toca a cualquier obra que pretenda ser respetuosa con la prosa descarnada de Camus. * Mario MUÑOZ
 

 

 
 
 
 
 
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