París
Opéra National de Paris
Bizet CARMEN
Clémentine Margaine, Roberto Alagna, Aleksandra Kurzak, Roberto Tagliavini, Vannina Santoni, Antoinette Dennefeld, Boris Grappe, François Rougier, François Lis, Jean-Luc Ballestra, Alain Azérot.
Dirección: Giacomo Sagripanti. Dirección de escena: Calixto Bieito. La Bastille, 16 de marzo de 2017.
 
Clémentine Margaine y Roberto Alagna fueron Carmen y Don José en la Bastilla © Opéra National de Paris / Vincent Pontet
 
Llegó a París la versión de Carmen de Georges Bizet que Calixto Bieito realizó para el Festival de Peralada en 1999 y versionada más tarde en el Liceu. El director ha introducido cambios aunque, por fortuna, pocas diferencias notables respecto de la primera versión. Por fortuna, pues es este uno de los mejores trabajos de Bieito en el género lírico: paseó en calzoncillos al legionario castigado –y por qué no, en porreta como el extra que citó a un toro imaginario, al inicio del tercer acto–, añadió gestos chabacanos de los legionarios hacia las cigarreras –que no escandalizaron a nadie–, evitó el contrabando de seres humanos optando por el de banales mercancías anónimas en el tercer acto –sin duda para evitar la alusión al reciente problema sirio–, y poca cosa más. Carmen es, sin duda, uno de los personajes de ficción más populares en Francia. No en balde su historia viene representándose unas cuatro veces al año en París, en promedio, desde su creación en 1875. La gitanilla, medio prostituta, medio contrabandista, parece espontánea y sincera cuando se enamora. Su inconstancia provocará su perdición y se supone, que la de Don José también.
 
Roberto Alagna caracterizó una vez más a Don José, con sus cualidades todas de cantante y de actor. Hubo una duda sin embargo en la nota aguda del pasaje “La fleur que tu m’avais donnée”, que el cantante resolvió gracias a su enorme talento y al profundo conocimiento del personaje también. Clémentine Margaine interpretó a Carmen con voz firme, timbre cálido y oscuro y, si de vez en cuando, olvidó alguna nota grave, su voz fue siempre potente, de amplio espectro en el registro medio, y muy firme en el registro agudo. Contrariamente a las declaraciones del director de escena –Bieito la define como una “mujer de su época”–, actuó claramente como una meretriz de bajos fondos. Aleksandra Kurzak fue una Micaëla suave, perseverante y emotiva. Vocalmente fue su trabajo impecable, solo que la cantante no posee la dimensión vocal de la Bastille: le faltaron decibelios para llenar el espacio. Poco se dirá de Roberto Tagliavini (Escamillo) sino que no llegó a convencer en su papel del chulo matador. Antoinette Dennefeld y Vannina Santoni (Mercédès y Frasquita) trabajaron con ahínco y eficacia sus personajes y merecieron los aplausos del público. En los papeles de Dancaïre y Remendado –no se olvide la importancia de los papeles secundarios– Boris Grappe y François Rougier, inexistentes, hicieron echar de menos a Francisco Vas y Marc Canturri, pletóricos, divertidos, imaginativos y escénicamente presentes en idénticos papeles, en el Liceu de Barcelona en 2010. Jean-Luc Ballestra y François Lis (Moralès y Zuniga) demostraron haber olvidado los gestos de base de la llamada “instrucción cerrada”, practicados durante el servicio militar. El coro (José Luis Basso) y la orquesta (Giacomo Sagripanti) cumplieron. * Jaume ESTAPÀ
 

 
 

 

 
 
 
 
 
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