Múnich
Bayerische Staatsoper
Giordano ANDREA CHÉNIER
Jonas Kaufmann, Anja Harteros, Luca Salsi, Elena Zilio, Doris Soffel. Dirección: Omer Meir Wellber. Dirección de escena: Philipp Stölz. 15 de marzo de 2017.
 
Jonas Kaufmann y Anja Harteros, Andrea Chénier y Maddalena, respectivamente, en Múnich © Bayerische Staatsoper / Wilfried Hösl
 
Recurriendo más de una vez a la estética del grand-guignol, Philipp Stölz se encargó de lacrar el horror y la decepción por todo aquello que se vio traicionado en la Revolución Francesa. Lo hizo subrayando los contrastes entre nobles y miserables; construyendo figuras de insurrectos que terminan por ser mendaces y asesinos, y demostrando cómo el furor por la sublevación devino en disfrute por la muerte de los otros. Imaginó para su abigarrada puesta en escena –tal como en la Cavalleria rusticana de Salzburgo– cuadros simultáneos, de modo que en el escenario pudieran coexistir los empolvados bailes de gavota con el empuje subterráneo de los pobres, la cárcel con los tribunales, el amor lírico de los protagonistas con el sexo sucio que resulta del hambre y el miedo. Es probable que esta profusa actividad teatral distrajera a algunos de lo esencial y que resintiera por momentos a las voces, pero el resultado dramático supo describir la impotencia frente a la brutalidad, el pavor, la entrega resignada de los inocentes, la tozudez de los jueces, la felonía de los increíbles y la “corrupción no espontánea” de las maravillosas. Una puesta controvertida, sí, pero viva; lo que se agradece. Stölz tuvo un gran aliado en este cuadro interpretativo-histórico, pues la batuta de Omer Meir Wellber fue muy teatral: buscó el impacto sonoro desde el foso, cuidando sin embargo a las voces. Fue elegante y encantador en el primer acto, que condujo quizás más rápido que lo necesario, y luego su sonido se volvió amenaza y furia, rematando con un último acto de refinada expresividad. Un verismo, el suyo, fino incluso en su descontrol.
Los protagonistas fueron la corona de este espectáculo magnífico. Jonas Kaufmann es un artista de estatura histórica y, tal como en su debut en Londres en este papel, fue apabullante en comprensión del sentido poético de su canto, irrigando de emoción y sentido a cada frase. En “Un dì all’azzurro spazio” estuvo modélico, pero cuidado; el disgusto social de su Chénier fue poco a poco cobrando vigor, hasta abrir totalmente las posibilidades de un personaje que se mueve primero por la arrogancia y más tarde por el amor y las virtudes heroicas. En Kaufmann, la fuerza y el impacto vocal son solo parte de una miríada de matices que le sirven para expresar deseo, duda, miedo, valor. Viril y vulnerable a la vez, fue desafiante en “Si fui soldato” y arrebatador en “Ora soave”. Su “Come un bel dì di Maggio”, cantado sin ningún remate verista, dejó a la sala sin aliento. Únicamente Kaufmann se permite apenas musitar la famosa frase que anticipa la muerte: “Ella vien col sole”.
Anja Harteros fue otra gran triunfadora. Su instrumento, cristalino y radiante, se adecuó a la perfección a Maddalena di Coigny. En el primer acto, por voz y presencia física, resultó una suerte de exhalación romántica, y “La mamma morta”, tomada a tempo muy lento, fue un crescendo de tensión expresiva. Estuvo espléndida en el dúo final y en la escena con Gérard, rol que parece hecho para el barítono Luca Salsi, quien exhibió el papel y su poderosa voz con placer sibarítico, confianza y rotundez. El lujo alcanzó también a los personajes secundarios: Doris Soffel fue la Condesa; J’Nai Bridges, una notable Bersi, y la vecchia Madelon, la incombustible Elena Zilio. * Juan A. MUÑOZ

 
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