Théâtre de La Monnaie
Puccini MADAMA BUTTERFLY
Alexia Voulgaridou, Ning Liang, Marcelo Puente, Marta Beretta, Aris Argiris. Dirección: Roberto Rizzi Brignoli. Dirección de escena: Kirsten Dehlholm. 31 de enero de 2017.

Dos detalles de la escenografía de Madama Butterfly en la propuesta de Kirsten Dehlholm © Théâtre de La Monnaie / Baus
 
Madama Butterfly es una ópera que esconde varias trampas mortales. La obra es presa de su propio pasado, que pesa como una losa sobre los miembros que deben levantar cada producción. La soprano tiene que sacudirse las adherencias de las grandes Cio-Cio-San de épocas pretéritas; y la lista es larga e intimidatoria: Callas, De los Ángeles, Scotto o, en disco, Freni. Con el tenor ocurre otro tanto. Y la dirección orquestal ha de pelear por salir del lugar común, de las lecturas rutinarias y efectistas. Alguien que se atreva a estudiar bien esta partitura se dará cuenta de su dificultad, en sus inextinguibles posibilidades de expresión: refinamiento, fraseo, contraste.
La dirección de escena no asume un reto menor. La historia de la bella geisha parece lineal, pero hay algo oculto, velado, que invita a la exploración. La directora danesa Kirsten Dehlholm, al frente de su compañía Hotel Pro Forma, exploró en la intimidad de la protagonista y en esa larga espera que le hace enloquecer, ayudada por la bella escenografía del noruego Jon R. Skulberg. La idea resulta interesante: Cio-Cio-San es un fantasma que cuenta su historia una y otra vez, aquella que le empujó al seppuku por desesperación, y parece condenada a volver a contarla una y otra vez al público del teatro, de todos los teatros del mundo, hasta el fin de los tiempos.
Para ilustrar este concepto, Dehlholm sitúa a la protagonista en la corbata del escenario, alejada de la escena. En el centro, sobre un inmenso tatami, evolucionan diversas figuras, inspiradas en el manga, el teatro noh y los muñecos infantiles occidentales. Mientras Cio-Cio-San canta, su figura se encarna en una marioneta japonesa que interactúa con los demás personajes, en otra imagen poderosa de la heroína pucciniana. La puesta en escena alcanza momentos de gran belleza visual, pero el conjunto se resiente por la narración, a la que le falta fluidez.
Alexia Voulgaridou fue muy aplaudida como Cio-Cio-San, pero su canto se vio lastrado por un vibrato amplio que afeó los agudos. Su decir, sin embargo, fue de gran lirismo y expresividad. El tenor Marcelo Puente cantó un Pinkerton con un timbre muy propio para el rol y un volumen adecuado, aunque le faltó fluidez en el fraseo. Muy en el papel y en la tesitura estuvo la poderosa Suzuki de Ning Liang, mientras que el Sharpless de Aris Argiris, por el contrario, anduvo algo desubicado con un vestuario extraño para un cónsul. Su forma de cantar se dejó contagiar por la irrelevancia del personaje sobre el escenario.
Roberto Rizzi Brignoli gusta de direcciones detallistas, transparentes, como fue la de esta Butterfly de La Monnaie. No obstante, la propuesta musical adoleció de empaste y conjunción en los dúos y en los números corales, como ese coro a boca cerrada que en realidad pareció bastante abierta. * Felipe SANTOS
 
 
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