Auditorio de San Lorenzo de El Escorial
Festival de Navidad
Chueca EL CHALECO BLANCO
Guiomar Cantó, Daniel Busquier, Carolina Moncada, Alberto Aliaga, Lourdes Zamalloa, Robert Matchez, Máximo Esteban, Carmen Romero, María Cabrera. Dirección: Jordi Navarro. Dirección de escena: Rita Cosentino. Teatro-Auditorio del Escorial, 22 de diciembre de 2016.
 
Dos detalles de la producción de El chaleco blanco en el Teatro-Auditorio del Escorial © Teatro-Auditorio del Escorial / Bernabé Cordón
 
 
Siempre que se procura adaptar una zarzuela chica al mundo escénico de hoy los responsables de los montajes se topan con algunos aspectos sencillos de darles nuevos significados y otros bastante más complejos. Entre los primeros está la picardía, el espíritu de la crítica social sin mordente y la peripecia en sí misma, casi siempre simpática aunque pase el tiempo. Entre los lugares complicados se encuentra un dialecto humorístico en ocasiones desfasado y un relieve de los personajes por lo general plano. Para intentar luchar contra todo ello esta nueva puesta en escena de El chaleco blanco se sirve en realidad de una única herramienta: la juventud dentro y fuera del foso.
En lo escénico el montaje se defiende bien sin necesidad de grandes dispendios: una serie de cartones en blanco y negro con las siluetas de los edificios o los elementos arquetípicos de una lavandería dispuestos en segundo término. El blanco y negro remite a la vez a la niñez –parecen recortables infantiles sin pintar– y a la imagen tradicional de una España que parecía estar más cerca del maniqueísmo monocromo que del pensamiento colorido. La propuesta es más que suficiente pero no arriesga, con lo que tampoco llega a cautivar por completo. La acción se mantiene en la época del libreto original gracias al tópico artificio de la abuela que cuenta su historia. Partiendo de la base del público hacia el que se orienta la propuesta –público familiar–, podía resultar contraproducente buscar una contextualización más elaborada.
También hay un traslado estilístico en la música, que está adaptada por Julio Awad cambiando el paisaje popular de la zarzuela de Chueca por el dialecto del musical de Broadway, con coreografías propias del género. Con este canje se incurre en ocasiones en rupturas de carácter, pasando de un número en tono music hall a un coro de lavanderas o un rataplán sin solución de continuidad. En este territorio fronterizo en el que se movió El chaleco blanco, el perfil todoterreno de Daniel Busquier –entre el teatro, la música y la danza– cuadraba a la perfección, y su David fue el mayor beneficiario al conjugar su presencia escénica con una clara afinidad con el mundo del musical. Giomar Cantó supo encontrar en su fraseo el espacio necesario entre la candidez y la rebeldía del personaje de Tecla. Carolina Moncada dibujó una Casta tan desagradable como se debe, con la voz llevada al límite del esperpento. Más que meritoria presencia de la Lavandera de Carmen Romero, el personaje más puramente castizo de toda la obra. El Joven Coro de la Comunidad de Madrid consiguió en su sección femenina su momento feliz con el coro de lavanderas “Pa sortijas y gracia”. Los miembros de la JORCAM, en número poco nutrido, sirvieron esta mezcla con gusto y los tropiezos lógicos de la complicada apuesta. * Mario MUÑOZ
 
 
 
 
 

 

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