París
OPÉRA - BASTILLE
Mascagni CAVALLERIA RUSTICANA
Elina Garanca, Yonghoon Lee, Elena Zaremba, Vitaly Bilyy, Antoinette Dennefeld.
 Hindemith SANCTA SUSANNA
Anna Caterina Antonacci, Renée Morloc, Sylvie Brunet-Grupposo. Dirección: Carlo Rizzi. Dirección de escena: Mario Martone. 30 de noviembre de 2016.
 
Elina Garanca y Anna Caterina Antonacci, las protagonistas de Cavalleria rusticana y Sancta Susanna, respectivamente, en París © Opèra National de Paris / Elisa Haberer
 
 
Resonó a gloria el inicio de la obertura de Cavalleria rusticana, confirmando que las grandes dimensiones de una sala sirven sobre todo en los momentos musicales que respiran paz y lirismo. Carlo Rizzi encontró los acentos musicales que caracterizan el más puro verismo de Pietro Mascagni y, en contraste, el estilo inconfundible de Paul Hindemith. Acompañó a los cantantes en escena a pesar de las dificultades de comunicación impuestas por la escenografía de Sergio Tramonti durante la ejecución de Sancta Susanna y también dosificó convenientemente las intervenciones del coro –se contaron más de cien integrantes en escena–, muy bien preparado por José Luis Basso.
 
Mario Martone, temeroso de la posible polémica que tanto perjudicó en su día a Nicolas Jöel cuando presentó Mireille de Charles Gounod en el Palais Garnier (ver crítica en ÓPERA ACTUAL 125), suprimió pura y simplemente toda, o casi toda, la escenografía de Cavalleria. Al inmenso escenario de la Bastille llegaron los pueblerinos, cada uno con su silla, y fijaron lo que sería la superficie de la iglesia. Se sentaron y se quedaron así, mirando al público al principio, volviéndole la espalda después, durante la misa, hasta la escena final, “A casa, a casa”. Entonces dispusieron las sillas de forma circular: se estaba en la plaza del pueblo. Por una vez no hubo grandes distorsitrones en la interpretación litúrgica de la misa de Pío V –celebrada casi en tiempo real, con el cura de espaldas a la plebe–, por lo que se ha de felicitar al consejero eclesiástico de turno.
 
Elina Garanca reinó muy por encima de los demás artistas en el escenario, a pesar de la flojedad de su fonética italiana. A su lado el tenor coreano Yonghoon Lee, viril y brillante, estuvo algo enfadado con el registro grave. Y, en definitiva, ya fuera por las dificultades que todos los artistas tuvieron con la lengua de Dante o por la simplicidad de la escenografía –casi todo el drama se desarrolló durante la misa celebrada en una iglesia con paredes transparentes o inexistentes–, la mayonesa no cuajó del todo y, en definitiva, el público no se apenó demasiado por la muerte del compare Turiddu.
 
Otra cosa fueron los 20 minutos de diálogo entre Anna Caterina Antonacci (Susanna) y Renée Morloc (Klementia) en un alemán perfecto. Cierto que las dificultades vocales no eran las mismas, pero la gravedad del sujeto tratado, lo etéreo y a la vez realista de la música de Paul Hindemith y la brevedad de la acción contribuyeron a redondear la noche parisina.  *Jaume ESTAPÀ
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