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Borja Quiza: en el Real, La zarzuela y el Liceu

Metropolitan Opera
Verdi. LA TRAVIATA
Diana Damrau, Juan Diego Flórez, Quinn Kelsey, Kirstin Chávez, Scott Scully. Dirección: Yannick Nézet-Séguin. Dirección de escena: Michael Mayer. 4 de diciembre de 2018.
 
Diana Damrau y Juan Diego Flórez, pareja de enamorados en La Traviata de Nueva York. Quinn Kelsey interpretó a Germont père en la nueva producción estrenada por el Met concebida por Michael Mayer // The Metropolitan Opera / Marty SOHL- Jonathan Tichler
 
Durante casi una década la Metropolitan Opera ha programado La Traviata utilizando la lúgubre y monocromática producción de Willy Decker; ahora la compañía neoyorquina ha pasado página y acaba de estrenar el nuevo montaje de Michael Mayer, que impacta con una explosión de color casi revolucionaria y con una gran imaginación en cuanto a diseños y texturas. La propuesta, sin llegar a definir exactamente un período concreto para la historia, establece la atmósfera festiva de la sociedad parisina dentro de la trama con un estilo infantil de excepción que recuerda al universo Disney y al de Broadway. Con un solo espacio escénico rodeado de aperturas y algunos añadidos que ayudan a definir los diferentes cuadros, el escenario lo domina desde el centro una cama estática sobre la cual se lleva a cabo gran parte de la acción mas íntima; si en la producción de Decker el simbolismo se centraba en un reloj, aquí lo hace en el lecho de la protagonista. La producción tiene puntos desdichados, como el de incorporar al personaje de la hija de Germont en un papel mudo a la confrontación con Violetta, lo que no sumó nada a la escena excepto confusión, o el incongruente baile de los matadores con coreografía de Lorin Latarro, que encajaría mejor como espectáculo de entretenimiento en un crucero o en un hotel de Las Vegas.
 
La elección de los solistas pareció responder a la búsqueda de un reparto más ligero desde el punto de vista vocal y supuestamente juvenil. El cast lo encabezó una Diana Damrau que con sus considerables recursos histriónicos y astuta musicalidad encarnó a una Violetta de alto nivel artístico, aunque en algunos momentos –especialmente en su “Sempre libera”– se mostrara menos cómoda de lo que debería estar una soprano de coloratura; su última aria, “Addio del passato”, y su posterior agonía, constituyeron los momentos más acertados de su interpretación. Juan Diego Flórez cantó su primer Alfredo con buena línea y poco volumen, pareciendo algo forzado en las partes más dramáticas. La única voz verdaderamente verdiana fue la de Quinn Kelsey, quien, en su regreso como Germont père, lució al máximo su rica voz de barítono de noble expresión.
 
Cuanto menos se diga de los roles comprimarios, mejor: Kirstin Chávez (Flora) y Scott Scully (Gastone) estuvieron muy desafortunados, mientras que el canto de Maria Zidchak (Annina) y Jeongcheol Cha (Marqués) fue ininteligible.
Yannick Nézet-Séguin dirigía por primera vez en el Met como director musical oficial de la compañía, y su lectura fue ligera y cuidadosa, con preferencia por tiempos más bien lentos que no siempre favorecieron a los solistas. Los aplausos finales también estuvieron acompañados de algún abucheo que el equipo creativo supo recibir con elegancia.  * Eduardo BRANDENBURGER