Gran Teatre del Liceu
Rossinu L`ITALIANA IN ALGERI
Maite Beaumont, Simón Orfila, Edgardo Rocha, Manel Esteve, Toni Marsol, Sara Blanch, Lidia Vinyes-Curtis. Dirección: Riccardo Frizza. Dirección de escena: Vittorio Borrelli. 14 de diciembre de 2018.
 
Simón Orfila y Sara Blanch fueron Musatafá y Elvira en el segundo elenco de L’italiana in Algeri en el Liceu. La pareja en la ficción la conformaron Maite Beaumont (Isabella) y Edgardo Rocha (Lindoro) // G. T. del Liceu / Antoni BOFILL 

Organizada o no, L’italiana in Algeri de Gioachino Rossini es siempre una locura que solo un milagro puede encauzar. Esta vez el prodigio se produjo y sin nombres espectaculares en el reparto también este elenco alternativo pudo atribuírselo. El mérito no podrá estar en otra cosa que en la buena dinámica de todos los implicados, en el rigor de los ensayos que puede adivinarse, en el caso de este segundo cast, por la precisión de los resultados en las vertientes escénica y vocal y por la planificación musical de un Riccardo Frizza que empieza ya a asumir la etiqueta de rossiniano y belcantista emérito sin la menor vacilación.
Maite Beaumont carecerá, probablemente, de esa effronterie de la diva en plena posesión de todos sus poderes que en cierta manera el personaje exige, pero canta divinamente y su bien calibrada emisión le permitió hacer flotar en la sala un “Per lui che adoro” de muchos quilates. Simón Orfila, estentóreo cuando la situación lo requiere y fino estilista en la administración del sillabato, aun no contando con los graves que hicieran pensar en Filippo Galli para este papel, supo aportar una vocalidad precisa y expresiva a la vez. Edgardo Rocha, de timbre muy atractivo y agudos bien asentados, ofreció un fraseo adecuado y definió magistralmente su aria del segundo acto –que en esta edición era la compuesta para Milán en 1814 y no la “Oh, come il cor di giubilo” original–, integrándose además perfectamente en los concertantes. Manel Esteve ofreció una intepretación de Taddeo de gran nivel, aun ayudándose de una gestualidad excesiva, contribuyendo decisivamente al frescor de un Rossini que el autor hubiera agradecido.  * Marcelo CERVELLÓ