Teatro alla Scala 
Verdi. ATTILA
Saioa Hernández, Fabio Sartori, Ildar Abdrazakov, George Petean, Francesco Pittari, Gianluca Buratto. Dirección: Riccardo Chailly. Dirección de escena: Davide Livermore.  11 de diciembre de 2018.
 
Ildar Abdrazakov y Saioa Hernández fueron Attila y Odabella en la inauguración de la temporada del Teatro alla Scala. Foresto fue interpretado por Fabio Sartori // Teatro alla Scala / BRESCIA e AMISANO 
 
Montserrat Caballé no iba muy desencaminada cuando le dijo a Saioa Hernández: “Te convertirás en la cantante del siglo, pero en España no se enterarán”. La profecía va camino de cumplirse, a menos que ahora empiecen a llegarle a la madrileña contratos de los teatros españoles. Hernández, la primera soprano española que ha inaugurado una temporada de La Scala, hizo suyo el triunfo de este inicio de curso. Superados la tensión y el nerviosismo de la prima, se confirmó en esta segunda representación, en la que fue saludada con –cronómetro en mano– 19 minutos de aplausos y gritos de entusiasmo. El papel de Odabella lo afrontó con grinta, temperamento y extrema precisión musical, tratándose de una parte que, como la Lucrezia Contarini de I due Foscari, exige un tratamiento que pueda compatibilizar los momentos de fuerza, la agilidad y la suavidad de los pasajes líricos. Saioa Hernández, tras la impetuosa entrada de su primera intervención, lució especialmente en el espléndido terceto y en el cuarteto final, acreditando una prestación en verdad memorable.
Pero fue todo el espectáculo, con las brillantes participaciones de orquesta y coro –este a las órdenes de Bruno Casoni–, lo que contribuyó a reafirmar la fama de La Scala. La dirección de Riccardo Chailly escogió una tinta crepuscular y severa, evitando en cualquier caso la adscripción de la ópera a un momento histórico determinado, bañada en un cierto decadentismo nostálgico, en el que le siguió la orquesta de manera excelsa. Su gran profesionalidad, por otra parte, quedó demostrada en la forma con que supo apoyar a los cantantes. En esta edición crítica de Helen M. Greenwald de la Universidad de Chicago, por cierto, se incluían los compases escritos por Rossini para la introducción al tercer acto y la inédita aria de Foresto del mismo, que Verdi compuso para el estreno milanés con el tenor della bella morte Napoleaone Moriani.
Otra prestación gloriosa fue la de Fabio Sartori (Foresto) por riqueza de armónicos, timbre broncíneo y habilidad de fraseo, factores con los que compensó una figura no precisamente arrogante; su capacidad para el canto a flor de labio y para graduar y reforzar el sonido conquistaron al público de manera especial en su aria del tercer acto. No fue menor el efecto causado por Ildar Abdrazakov, un Attila insólitamente humano y enamorado, menos rudo y “azote de Dios” que en las interpretaciones habituales. Su hermoso color de voz, la nobleza del canto y la facilidad para el registro agudo fueron sus mejores armas, junto a una inteligencia superior que le permite compensar la ausencia de un registro grave para nada abisal.
Muy aplaudido también George Petean, dotado de una voz de rara belleza, que canta con un gusto a la antigua y con una extensión admirable. Correcta la participación de los intérpretes de los roles menores, debiendo mencionarse el hermoso timbre y la buena proyección de Francesco Pittari (Uldino) y la sonora voz del buen bajo que es Gianluca Buratto (Papa León). La producción de Davide Livermore cayó en los excesos de su anterior Don Pasquale, aquí en forma de un auténtico Kolossal de ritmo cinematográfico. El uso de un aparato escénico corpóreo semoviente y de proyecciones Led al máximo nivel tecnológico conformaron un espectáculo admirable en su conjunto y conmovedor con su mensaje a un mundo siempre empeñado en guerras.  * Andrea MERLI