Teatro Real
Puccini  TURANDOT
Iréne Theorin / Oksana Dyka, Gregory Kunde / Roberto Aronica, Yolanda Auyanet / Miren Urbieta-Vega, Raúl Giménez, Andrea Mastroni / Giorgi Kirof, Joan Martín-Royo, Vicenç Esteve, Juan Antonio Sanabria, Gerardo Bullón. Dirección: Nicola Luisotti. Dirección de escena: Robert Wilson. 30 de noviembre y 5 de diciembre de 2018.
 
Robert Wilson llevó su Turandot a Madrid © Teatro Real / Javier del Real 
 
La última ópera de Puccini no volvía al Teatro Real desde hacía más de veinte años, por lo que había expectación por volver a ver una de las obras más populares del repertorio, de la que se programaron, como para compensar la sequía, 18 funciones. Se optó, sabiamente, por el final de Franco Alfano. Por problemas de los cantantes, el primer reparto no era el anunciado, pero resultó convincente. La soprano sueca Iréne Theorin, de voz grande y bien timbrada, estuvo lo suficientemente gélida, y en algún momento incluso un poco forzada de volumen, lo que no le viene mal a la enérgica y secreta Turandot. La Liú de Yolanda Auyanet se mostró insegura en el arranque, pero al final, cuando tiene que desechar algo del sentimentalismo que hace de ella un personaje tan popular y se rebela contra la gélida princesa, se sobrepuso y la voz, suave y lírica, se afirmó, cuajando una buena interpretación. Gregory Kunde sigue maravillando al público, esta vez con un Calaf que –hay que reconocerlo– se ajusta bien a las exigencias de un papel escrito para un tenor enérgico, con agudos fáciles y plenos (también con alguna complicación, asumible, en los graves). El Timur de Andrea Mastroni, aunque bien cantado, adoleció de escasez de volumen, algo que la puesta en escena dejaba a la intemperie. Bien el emperador de Raúl Giménez, colgado en el aire, y excelente el mandarín de Gerardo Bullón. Joan Martín-Royo, Vicenç Esteve y Juan Antonio Sanabria hicieron lo que pudieron en su trío bufo, obligados a saltar sin parar en cuanto aparecían en escena. Fabuloso de expresividad y afinación el Coro Titular del Teatro, que incluso sacó partido de alguna vacilación inicial.
En cuanto a la puesta en escena, los responsables del Real prefirieron no arriesgar. Apostaron por la dirección veterana y predecible de Robert Wilson, que ofreció su repertorio habitual de personajes inmóviles, amenizado con gestos, posturas y saltitos en un escenario desnudo. Exquisitos la iluminación, el vestuario y el maquillaje. Todo muy sofisticado, como si se contemplara durante dos horas y media el escaparate de una tienda de accesorios de lujo.
Siguiendo la línea de hieratismo corporal y exiguo movimiento escénico, el segundo reparto se sumergió con convicción en esta propuesta escénica. La soprano ucraniana Oksana Dyka dio vida a una Turandot de voz redonda, de proyección impetuosa, rica en armónicos y de carnoso color, que convenció en el rol sin destellar. Su Calaf, encarnado por el tenor Roberto Aronica, no llegó a cumplir las exigencias de rol, manifestando una línea de canto un tanto tortuosa y carente de elegancia a pesar de tener medios más que loables para el registro más alto con un agudo firme.
La gran triunfadora de la noche fue sin duda la soprano vasca Miren Urbieta-Vega interpretando el papel de Liù, sobresaliente a nivel canoro e interpretativo, mostrando una musicalidad exquisita de bello timbre y técnica impecable: una cantante que sin duda dará mucho que hablar en el futuro. Repetían los integrantes del trío Ping (Joan Martín-Royo), Pang (Vicenç Esteve) y Pong (Juan Antonio Sanabria), magníficos en la gestualidad y movimientos y estuvieron correctos en el plano canoro, al igual que Raúl Giménez, que regresaba a las alturas como Emperador. Cabe destacar, a pesar de la brevedad del rol, al muy acertado Gerardo Bullón como Mandarín, quien también destacó en el primer cast.
Magnífica prestación la de la Orquesta Titular, que bajo la dirección de Nicola Luisotti, enérgica y precisa, de un lirismo profundo, como quien conoce desde dentro la partitura, quien ofreció en ambas representaciones una gama infinita de colores y dinámicas.
El Teatro Real dedicó la producción de esta Turandot a Montserrat Caballé, pero se echó de menos su humor, su vitalidad y su humanidad.  * José María MARCO / Isabel IMAZ