Théâtre de La Monnaie
Janácek de la casa de los muertos
Willard White, Pascal Charbonneau, Stefan Margita, Ladislav Elgr, Pavlo Hunka, Alexander Vassiliev, Nicky Spence, Peter Hoare, Graham Clark, Ivan Ludlow, Natascha Petrinsky, Ales Jenis, John Graham-Hall, Alexander Kravets, Jeffrey Lloyd-Roberts, Florian Hoffmann. Dirección: Michael Boder. Dirección de escena: Krzysztof Warlikowski. 6 de noviembre de 2018.
 
Willard White encarnó a Petrovic en Bruselas © Théâtre de La Monnaie / Bernd Uhlig
 
A la cárcel se entra, pero es una incógnita saber cómo se sale de ella. Ese tiempo entre rejas transcurre de manera muy diferente a como lo hace fuera. Desde finales del XVIII, la pena de prisión busca una reparación social y un cambio en el delincuente. No siempre lo uno y lo otro van unidos. Como le pasa a Franz Biberkopf en la novela Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin, volver es, a veces, más difícil que estar dentro. Krzysztof Warlikowski retoma esta reflexión para ubicar su “casa de los muertos” en cualquier cárcel contemporánea. Tanto da si es Estados Unidos, que tiene la tasa de reclusos por cien mil habitantes más alta del mundo, que Brasil o Venezuela, donde las condiciones insalubres e inseguras las convierten en todo lo contrario a una experiencia reformadora. Aunque Janácek la escribió en los años veinte inspirándose en una obra autobiográfica de Dostoievsky, las propuestas  de De la casa de los muertos suelen estar casi siempre ambientadas en la Siberia bien zarista, bien revolucionaria o stalinista. Qué extraño y qué lógico que, de todas las estructuras zaristas que los bolcheviques dinamitaron durante la revolución, mantuvieran precisamente los temidos gulags.
El director polaco se apoya en varios testimonios del pensador francés Michel Foucault y de un interno para apuntalar aún más su propuesta. Las citas audiovisuales son una constante en su dramaturgia, como los personajes extraídos de la estética underground o el teatro-cabaret. El resultado es una “casa de vivos” con el águila original transmutado en un joven e inocente jugador de baloncesto. En definitiva, un espectáculo audiovisual de gran potencia dramática, como el cuadro del teatro dentro de la cárcel, un derroche de luz y de imaginación que ahonda aún más en la idea de ese mundo paralelo que pretende replicar las mismas relaciones y estructuras de poder que fuera de sus muros.
Ópera coral, su música expresionista  y la forma de cantar, casi recitando, se encuentran lejos del estilo arioso habitual. Quizá por eso resulta decisivo que sus cantantes cuiden especialmente la parte dramática. Willard White fue un Petrovic muy convincente, de voz profunda,  perfecto para una producción como esta que quiere trascender el emplazamiento habitual en la Siberia rusa. Pascal Charbonneau presentó un Aljeda tibio y dócil, en pleno contraste con su amigo Petrovic. Por su parte, el tenor checo Ladislav Elgr encarnó un Skuratov de gran intensidad dramatúrgica.
Quizá lo más flojo vino del foso, en el que Michael Boder dirigió con escasa mordiente, casi todo en mezzoforte, y sin muchos matices. La orquesta, lamentablemente, no sonó como en las grandes ocasiones.  * Felipe SANTOS